¿Es necesaria la fe para salvarse? (II)

Responde la teóloga Ilaria Morali

| 2107 hits

ROMA, jueves, 12 enero 2006 (ZENIT.org).-¿Es necesaria la fe para salvarse? Ilaria Morali, profesora de teología en la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia Gregoriana de Roma, especializada en el tema de la Gracia, responde a esta pregunta en la segunda parte de esta entrevista.



El diálogo entre Zenit y la teóloga ha tenido lugar para comprender mejor la intervención de Benedicto XVI en la audiencia general del 30 de noviembre, en la que habló sobre la posibilidad de salvación para los que no son cristianos (Cf. Zenit, 30 de noviembre de 2005).

La primera parte de esta entrevista fue publicada por Zenit el miércoles, 11 de enero (Cf. ¿Basta buscar la paz con buena voluntad para salvarse? (I))

--¿Cuál es la visión católica sobre los no creyentes desde el Concilio Vaticano II hasta hoy?

--Morali: La pregunta me ofrece la ocasión para tocar uno de los aspectos que ha comentado el Papa acerca de la «chispa» de que albergan quienes no tienen la fe bíblica.

El Vaticano II pone entre éstos tanto a personas pertenecientes a otras religiones como a personas específicamente no creyentes. Son dos grupos profundamente diferentes, pero aunados por el hecho de que no tienen la fe de Cristo. Los primeros cultivan alguna forma de creencia religiosa, los segundos afirman que no tienen fe.

En el número 16 de la constitución dogmática «Lumen Gentium» el Concilio, recordando el principio de la voluntad salvadora universal de Dios, afirma que los que «buscan con sinceridad a Dios, y se esfuerzan bajo el influjo de la gracia en cumplir con las obras de su voluntad, conocida por el dictamen de la conciencia, pueden conseguir la salvación eterna».

Esta afirmación refleja indirectamente la enseñanza de Pío IX, pero subraya un aspecto hasta ahora no considerado: el de la gracia. La búsqueda del bien, el empeño y la voluntad de llevarlo son efectos de la acción de la gracia.

Además, el Concilio añade, casi para remachar este principio, que «la divina Providencia no niega los auxilios necesarios para la salvación a los que sin culpa por su parte no llegaron todavía a un claro conocimiento de Dios y, sin embargo, se esfuerzan, ayudados por la gracia divina, en conseguir una vida recta».

Todo esfuerzo, según el Concilio, no puede tener lugar «sin la gracia». Eso significa que Dios está cerca también de quien no le conoce. Esta misma enseñanza se encuentra en la constitución pastoral «Gaudium et Spes», donde el Concilio en el número 22 admite que la gracia trabaja en el corazón de todos los hombres de buena voluntad.

Las personas a las que el Santo Padre alude son, en cierto sentido, las mismas de las que habla el
Concilio. Por otra parte, alguien podría objetar que el Concilio, en el número 7 del decreto «Ad Gentes» sobre la actividad misionera, se subraya el principio de la necesidad de la fe para la salvación, además de la necesidad del bautismo y de la Iglesia.

Se podría subrayar también que en este número el Vaticano II afirma que «no podrían salvarse aquellos que, no ignorando que Dios fundó, por medio de Jesucristo, la Iglesia católica como necesaria, con todo no hayan querido entrar o perseverar en ella».

Ciertamente, según la doctrina católica, la fe es necesaria para la salvación. Este principio, sancionado en la Carta a los Hebreos 11, 6, ha sido acogido por la tradición cristiana desde sus alboradas. Y aquí, en este texto, se vuelve a proponer de modo claro.

--¿Y quién no tiene una fe completa?

--Morali: La misma tradición cristiana admite que no a todos han recibido el regalo de la plenitud de la fe y que también puede haber formas muy imperfectas de fe.

El Catecismo romano, que fue compuesto después del Concilio de Trento, en el capítulo concerniente a la fe, admite que existen grados diferentes de fe: hay quien tiene una fe grande y otros que tienen una fe frágil.

Esta enseñanza la saca del Evangelio a propósito de las muchas palabras que Jesucristo pronunció sobre la fe de sus discípulos, de las personas con las que se encontraba.

Sin embargo, no podemos detenernos en esta primera parte de la reflexión del Concilio propuesta en el número 7 del decreto «Ad Gentes»sobre la necesidad de la fe, sino que tenemos que leer también lo que sigue: «Pues aunque el Señor puede conducir por caminos que Él sabe a los hombres, que ignoran el Evangelio inculpablemente, a la fe, sin la cual es imposible agradarle, la Iglesia tiene el deber, a la par que el derecho sagrado de evangelizar».

Esto significa que Dios tiene sus caminos para llevar a la fe a los hombres y ciertamente nosotros no podemos penetrar en la inescrutable acción divina en el corazón de los hombres. En su complejidad, la enseñanza de «Ad Gentes» (número 7) nos ayuda a comprender dos principios.

En primer lugar, no es posible salvarse sin fe. Ciertamente, como la historia nos enseña, han existido y existirán hombres que conscientemente reniegan de Dios, manchándose de culpas atroces. Tendrán que responder ante Dios por haberlo desterrado y excluido de la propia vida, convirtiendo la de otros en un infierno. Es un hecho ineludible que no hay salvación para estos.

En segundo lugar, hay muchas más personas que, incluso declarándose no creyentes, conseguirán la salvación eterna. Se trata de personas que a los cristianos nos dan un ejemplo extraordinario de generosidad y rectitud. Si acepto la enseñanza conciliar, entonces, para mí, creyente, el bien que ellos hacen ya es efecto de la gracia que trabaja ocultamente en ellos y yo tengo que rezar para que esta gracia un día les dé la posibilidad de conducirlos a una fe explícita. Además, tengo que admitir que en esta obra invisible de la gracia, Dios los lleva a la fe de una manera absolutamente misteriosa.

--¿Es necesario dejar que actúe la gracia por sí sola en esas personas en las que se presenta de una manera escondida?

--Morali: Eso no quiere decir que, como cristiano, yo no debo hacer todo lo posible para que esta gracia que actúa ocultamente en estas personas de buena voluntad pueda llegar a plenitud, aunque no siempre lo logre. Mi testimonio y mi oración son un sostén a la obra divina, pero Dios tiene sus tiempos y sus diseños.

Hablando nuevamente de la «chispa» de la que ha hablado el Papa en su discurso, querría recordar una afirmación de Tertuliano: «alma naturaliter christiana» [el alma es naturalmente cristiana, ndr.]. Lo dijo refiriéndose a personas que carecían de educación en la fe, pero que experimentaban atisbos de fe. Esta expresión de Tertuliano ha entrado en la reflexión sobre la fe de los que parece que no tienen fe, pues refleja el anhelo, en lo profundo de cada hombre, de conocer a Dios.

Este anhelo está inscrito en el corazón de la persona y, como diría de Henri de Lubac (1896-1991), es la prueba de que somos creados a imagen de Dios y de que esta imagen es como un signo indeleble. El hombre anhela a Jesucristo porque en su corazón lleva la imagen de Dios, y la imagen de Dios es Jesucristo.

Tertuliano dice también que «fiunt no nascuntur christiani» que significa: «los
cristianos no nacen, se hacen». Significa que este anhelo necesita ser correspondido por el conocimiento de Dios y este conocimiento sólo lo puede dar Jesucristo.

No es suficiente el anhelo del corazón por la plenitud sino que se tiene que llegar de hecho a esta plenitud. Así se comprender la importancia de la obra evangelizadora de la Iglesia, llamada a llevar a los hombres a esa plenitud que se realiza con el bautismo y se perfecciona a lo largo de toda la vida del cristiano.