Escondido en Dios. Suprema lección de un pontífice

Una decisión coherente cuya única y verdadera clave es la evangélica

Málaga, (Zenit.org) Isabel Orellana Vilches | 1810 hits

El aserto de que todo aquello que se posee termina por no valorarse, o al menos por recibir la estima que conviene, es una realidad que, en lo que concierne al pontífice Benedicto XVI, se constata día tras día. El pulso de los medios de comunicación que se apresuran a dar cualquier noticia relacionada con este hecho histórico, así lo confirman. El sentir de una gran mayoría respecto a su pérdida, recibida con abierto pesar, es unánime. Y ahora, cuando falta poco más de una semana para que se aleje físicamente, que no espiritualmente, de la silla de Pedro, los ojos del mundo están clavados en él y parece que repentinamente su figura se ha agigantado, como ya presupuse hace unos días en este mismo espacio. Se escudriña hasta la saciedad lo que hace y lo que dice buscando la explicación de esta renuncia –que ha sacudido a todos como una tempestad–, en cualquier documento, declaración y gestos de su pasado reciente y remoto. Los sencillos de corazón, aquellos que simplemente vieron en él al hombre que el Espíritu Santo ponía al frente de la Iglesia, rebosantes de ternura dejan traslucir su emoción. Otros que seguramente no repararon antes en su grandeza, ahora calibran de un modo distinto lo que supone su pérdida precisamente porque dentro de poco ya no estará a la cabeza de la Iglesia. Y esto no ha hecho más que empezar.

Puede que nunca llegue a conocerse el trasfondo en el que ha estado envuelta su decisión. O tal vez es más simple de lo que muchos pretenden. Eran previsibles tantos análisis e interpretaciones que pretenden extraer razones que expliquen una determinación de esta envergadura, porque lo habitual es que ante la ignorancia se desaten las cábalas. Lo que ha acontecido en la Iglesia históricamente ha dado mucho juego a todos los niveles. La literatura y la cinematografía, entre otras, siguen bebiendo de su anales para configurar hipótesis de distinto calado. Ahora bien, cualquier hipótesis sin hechos que la corroboren no tiene valor, aunque los oportunistas siempre están al acecho y no tendrían inconveniente en modificar las reglas que convienen a sus intereses. Si algo es noticia, y la decisión del pontífice continúa siéndolo y de primera magnitud, aquellos serían capaces de vender su alma para obtener una primicia que justifique el hecho, búsqueda infructuosa, por cierto, que no encontrarán jamás. La aflicción de un pontífice únicamente queda al descubierto con toda su desnudez a los pies de Cristo. Además, no se trata de indagar para entender solamente, sino para vivir. El papa es el vicario de Cristo en la tierra. Por tanto, punto de referencia indiscutible para los católicos, y eso significa que, por fuerza, conviene meditar en este gesto premeditado porque algo –o mucho, diría yo–, nos quiere decir Dios con él. Si los pliegues de esta determinación pontifical se buscan por caminos erróneos, se pierde lo esencial: el extraordinario trasfondo místico que encierra.

Los hombres de Dios, como es Benedicto XVI, no juegan al despiste. Nítidos en su pensar y actuar, hablan con meridiana claridad. El papa no se ha caracterizado nunca por ocultar ni maquillar nada, aún los hechos más hirientes que ha debido afrontar. Y ahora ha expuesto claramente su deseo de permanecer escondido, dedicado a la oración. Con ello da una suprema lección ya que este anhelo es el rasgo que ha caracterizado la vida de los místicos. Aquí está la llave maestra para interpretar los sucesos. Lo dijo él mismo el 18 de abril de 2012: «La oración nos ayuda a leer la historia personal y colectiva en la perspectiva más adecuada y fiel, la de Dios». De este modo ratifica la autenticidad de una vocación que se remonta en el tiempo y mira hacia una eternidad que, aunque solo fuera por mor de la edad, él cada vez tiene más cerca. Además, la raíz espiritual de este sentimiento contiene matices de gran calado dignos de someter a consideración aunque sea de forma sucinta. Poder dedicarse a la contemplación es una gracia, un privilegio añorado por incontables hombres y mujeres de todos los tiempos. Una necesidad imperiosa, condición sine qua non para todo aquel que aspire a la perfección. Cristo se alejaba y se retiraba a orar. En ese espacio íntimo dialogaba con su Padre, añorante de su voz, sin otro afán que cumplir su voluntad. El pontífice que abandona la notoriedad, los focos y los dictados a los que el mundo quiso someterle con sus peculiares razones, pone de manifiesto el vigor del patrimonio de la fe que cabalga muy por encima de ellos, y da una indiscutible lección sobre la vida mística aún sin pretenderlo, ya que, quien se oculta en Dios se convierte en potente luminaria.

No olvidemos que estamos ante un papa orante que ha dedicado a la oración numerosas catequesis poniendo de manifiesto desde un principio que ésta ha de ser el eje vertebral de la vida de una persona. El sesgo antropológico de su reflexión, sin duda alguna fruto de su experiencia, revela profundos sentimientos que merece la pena recordar, máxime cuando es a lo que quiere dedicar exclusivamente el resto de su vida. Ha apuntado la línea que ha de seguir la oración: «Creer, abandonarse al Señor, entrar en su voluntad: esta es la dirección esencial». Ha puesto énfasis en algunos aspectos cruciales que subrayan, junto al abandono y la confianza, el cumplimiento de la voluntad divina, garante de la plena felicidad. Cuando llega la adversidad, el creyente sencillamente ora, «se pone en contacto con Dios»; no instrumentaliza la oración para bien personal. Así lo ha dicho explícitamente poniendo como ejemplo la conducta de los primeros cristianos que no hicieron de sus reuniones colegiales un ámbito de análisis que les permitiera hallar fórmulas mágicas para resistir en la persecución. En esta oración genuina existe la concordia, la unidad que Benedicto XVI denomina «prodigio» puesto que fortalece los lazos fraternos y brilla de manera esplendorosa justamente cuando mayor alcance tienen las pruebas.

Una comunidad que ora con este prisma es indestructible. Además, la persona orante jamás pretendería manipular la voluntad divina, no persigue el éxito, no suplica quedar libre de las pruebas ni de los sufrimientos. Su máxima aspiración es «poder proclamar con ‘parresia’, es decir, con franqueza, con libertad, con valentía, la Palabra de Dios (cf. Hch 4, 29)». Estos son los testigos suyos. Con su forma de proceder visibilizan la bondad de Dios. Convencidos de que de ella emana la fuerza transformadora de la realidad, la que modifica sustancialmente «el corazón, la mente, la vida de los hombres» van por el mundo predicando «la novedad radical del Evangelio». Ese, y no otro, «es el fruto de la oración coral». Con meridiana claridad el papa ha reconocido que ahí estaba su corazón: «También nosotros queremos renovar la petición del don del Espíritu Santo, para que caliente el corazón e ilumine la mente, a fin de reconocer que el Señor realiza nuestras invocaciones según su voluntad de amor y no según nuestras ideas». Este es el abandono genuino y cualquier lectura que se haga sobre su decisión debería girar en torno a él porque ese gesto está clavado en la cruz que rubrica su entrega. Los signos de autenticidad, las hebras de apertura y cambio que ésta determinación lleva consigo no los intuimos; los estamos viendo. Los grandes hombres y mujeres que se han dejado conducir por la voluntad divina siempre han sacudido con su ejemplar conducta los cimientos de la Iglesia. Sus reflexiones sobre la oración nos incumben a todos. Es uno de los imponentes legados que deja. Él nos pide nuestras oraciones con la inocencia evangélica que le caracteriza. Por fortuna, nosotros sabemos que seguiremos viviendo en el hálito de las suyas que nos sostendrán como lo han hecho hasta ahora.

De una decisión como la que ha tomado se desprenden no solo la humildad, sencillez y valentía, que se han glosado suficientemente estas últimas jornadas. También se aprecia la finura de un espíritu selecto que sabe elegir el néctar de la consagración. Por la senda espiritual, que culmina con el último aliento, únicamente se transita con la oración y la entrega pespunteada por constantes sacrificios. El Santo Padre que reconoce sus fuerzas físicas mermadas se abre paso ante la muchedumbre y se sitúa en el alto pedestal de la historia, simplemente porque no tiene otro ánimo que concluir su periplo vital dedicado únicamente a sostener ese diálogo con Dios, fuente inigualable de salud. En todos los tiempos han existido personas anónimas que han hecho de su vida un holocausto permanente. Ante la escasa, cuando no nula notoriedad que tuvieron, Dios actuó ocupándose de que ciertas existencias ocultas salieran a la luz. Benedicto XVI tiene tras de sí un enjambre de escrutadores de su vida en todos los rincones del planeta y no podrá impedir que ese anhelado retiro al que tiende sus brazos le mantenga recluido en la sombra. Ésta murió para siempre el día que reconoció ante el mundo la gran elección que en realidad ha marcado toda su biografía: su exclusiva pertenencia a Cristo, despertando así el corazón dormido de una multitud que no le entendió.