España: La laicidad de la Constitución continúa vigente, destaca arzobispo

Monseñor Del Río: Si el Estado asume el laicismo, pierde su neutralidad

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SEVILLA, martes 21 de septiembre de 2010 (ZENIT.org).- La laicidad reconocida en la Constitución española continúa vigente y si el Estado asume el laicismo, pierde su neutralidad.

Lo advirtió el arzobispo castrense de España, monseñor Juan del Río en una conferencia titulada Sociedad plural: religión y laicidad, que pronunció en el Colegio de Graduados Sociales de Sevilla el pasado viernes 17 de septiembre.

“Si un Estado asume como propio el laicismo, lo constituye en la confesión estatal, con lo cual pierde su aconfesionalidad, su neutralidad y su laicidad”, dijo.

En el caso español, recordó, esta situación incumpliría el artículo 16,3 de la Constitución, que establece que “ninguna confesión tendrá carácter estatal”.

El arzobispo denunció que “en no pocas ocasiones, 'laicidad' tiene un matiz o acepción en contraposición a la Iglesia y al cristianismo”.

Según monseñor Del Río, “el laicismo es una ideología que se ha transformado en una nueva 'religión' que presume, desde su independencia teórica, de garantizar la pluralidad religiosa”.

“Es más, en ocasiones se presenta como 'eje' que sustenta la 'libertad de conciencia' y la 'libertad religiosa', olvidando que estas libertades, fundadas en la dignidad de la persona, son derechos reconocidos internacionalmente”.

En su conferencia, el prelado afirmó que, a pesar de que “los grandes pronunciamientos teóricos aluden con frecuencia al respeto a la libertad religiosa”, “los hechos demuestran que en muchos casos se niega ésta por motivos religiosos o ideológicos”.

También denunció que actualmente, el derecho a la libertad religiosa se siente amenazado en occidente por el laicismo exacerbado o excluyente que utiliza formas sofisticadas de discriminación cultural, social y política dirigidas especialmente hacia la presencia cristiana”.

Legislación actual

El arzobispo recordó que, “desde el punto de vista legislativo, la normativa española protege ampliamente la libertad religiosa, tanto en la práctica individual como colectiva”.

“No existen más limitaciones que las explicitadas en la actual Ley Orgánica de Libertad Religiosa, que en el artículo tercero alude al acatamiento del “orden público, la sanidad y la moralidad pública”, recordó.

Además, añadió, “la Constitución Española tiene una valoración positiva del hecho religioso por parte de los poderes públicos, estableciendo el principio de cooperación entre el Estado y las confesiones religiosas”.

Respecto a la mención específica a la Iglesia católica en la Constitución, explicó que “no es signo de una relación de privilegio, sino el reconocimiento de un hecho histórico y social” y aseguró que “no perjudica la necesaria igualdad que debe presidir  las relaciones del poder político con las confesiones religiosas”.

En este sentido, recordó que el Secretario de Estado vaticano, el cardenal Tarcisio Bertone, afirmó en Madrid que “el principio de igualdad, en efecto, se vulnera si se tratan situaciones iguales de modo diverso, pero también si se tratan situaciones diversas de igual manera”.

Aclaración de términos

La intervención del arzobispo tenía como objetivo mostrar “cuál es el espacio de la religión en esta sociedad plural y secularizada, donde el Estado se declara no confesional, y donde el hecho religioso, más que estar en declive, como pretende el pensamiento ilustrado, es un dato sociológico relevante”.

Incluyó una exhaustiva explicación de los significados actuales de las palabras “religión” y “laicidad”.

En este sentido, destacó que “la laicidad es un lugar de comunicación entre las diversas tradiciones espirituales y el Estado, lo que también conocemos como 'aconfesionalidad'”.

Señaló que “es una realidad promovida por la Iglesia” y que “significa una garantía de la ausencia de coacciones o presiones religiosas o irreligiosas por parte de los Estados”.

“Laicidad es únicamente el respeto de todas las creencias por parte del Estado, que asegura el libre ejercicio de las actividades de culto, espirituales, culturales y caritativas de las comunidades creyentes -añadió-. Las religiones pueden vivirse de manera libre y pública, precisamente porque no son competencia estatal, porque está vigente el principio de la libertad religiosa”.

En cambio, el laicismo excluyente surge “con la pretensión de liquidar todo vestigio de presencia religiosa”.

“Este laicismo busca expulsar el hecho religioso del espacio público porque quiere la hegemonía cultural y política -explicó-. Este tipo de laicismo tiene como uno de sus enemigos fundamentales a la Iglesia”.

El arzobispo advirtió que “declararse agnóstico, ateo o indiferente no es patente de neutralidad, ni otorga potestad al sujeto para convertirse en el 'árbitro' del espacio y de la vida pública en una sociedad plural y democrática”.

“Me atrevería a decir que es una falacia invocar la laicidad del Estado para negar la presencia de lo religioso en las instituciones públicas y estatales, cuando éstas pertenecen a todos: creyentes y no creyentes”, añadió.

Cuestiones abiertas

También planteó algunas cuestiones para la reflexión. “¿Se acepta que la persona tiene una dimensión trascendente que antecede al Estado? -cuestionó- ¿Es éste el que da carta de ciudadanía a las creencias y religiones en sus manifestaciones públicas, o más bien es el hecho religioso el que precede a cualquier forma de Estado?”.

Y continuó: “¿Es concebible que el creyente tenga que suprimir una parte de sí mismo (su fe) para ser ciudadano democrático?”.

“¿Qué clase de libertad religiosa es aquella que restringe o suprime el símbolo religioso en el espacio público?”.

“¿No está habiendo hoy un vuelco del concepto de libertad religiosa, convirtiéndola en un derecho secundario que se deriva del pluralismo democrático y que se reduce a poder creer o no creer?”, preguntó.

Finalmente, concluyó afirmando que “la religión sigue siendo indispensable en la organización de una sociedad sana y genuinamente democrática”.

“Todo esfuerzo que se haga para que la religión pueda ofrecer su serena contribución al bien común y a la armónica convivencia de todos, nunca podrá se calificado de baldío o inútil -finalizó-. Más bien, ayudará a aprender de las lecciones del pasado, a edificar un presente digno del hombre y a avizorar un futuro luminoso y esperanzado”.