España: Obispos, ¿el aborto? «Corredor de la muerte» para el no nacido

La Iglesia pide reaccionar ante el olvido de ancianos e inmigrantes

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MADRID, 19 enero 2001 (ZENIT.org).- La sociedad ha hecho del seno de las madres un «corredor de la muerte» para los niños abortados. Esta es la dura denuncia que presenta un documento episcopal publicado con motivo de la Jornada para la Vida, que en España se celebrará el 4 de febrero.



El texto, que ha sido publicado por la Subcomisión de Familia y Defensa de la Vida, presidida por el obispo de Segorbe-Castellón, Juan Antonio Reig, está dirigido «a todos los cristianos y a todas las personas que aman la vida y desean promoverla».

A juicio de los obispos, el ser humano, por estar hecho a imagen y semejanza de Dios, «posee una dignidad sagrada, que sobrepasa de modo absoluto al resto de las criaturas», por lo que «el reconocimiento y respeto de esa dignidad personal es el fundamento de las relaciones verdaderamente humanas».

«Amarás y vivirás»; recuerda la Subcomisión como repuesta «que el hombre debe ofrecer al don de la vida». Dicho mandato, además, «se halla inscrito en el corazón de todo hombre».

El documento con motivo de la Jornada por la Vida toma como reflejo la parábola del Buen Samaritano o la de «el hombre despojado». Para los obispos, el herido en mitad del camino puede ser cualquier persona, que continuamente «está apelando a la conciencia de quien lo encuentra para que reconozca en el rostro desfigurado y en el cuerpo contrahecho» la imagen del otro.

Esa persona despojada, cita el texto, «es hoy uno de los miles de niños --la criatura más débil e inocente-- que son eliminados en el seno materno».

Para los obispos, «la cuna natural de la vida se convierte para él en el "corredor de la muerte"». Más aún, «una sociedad que legitima un crimen tan abominable como el aborto está perdiendo el sentido mismo de la dignidad humana, base de los derechos fundamentales y de la verdadera democracia».

Madres solas
«Esa persona concreta despojada --continúa el mensaje-- puede ser una de las madres que, ante las dificultades para sacar adelante al hijo de sus entrañas, es dejada sola. En ese periodo en el que necesita más ayuda muchas veces no encuentra el apoyo efectivo al que tendría derecho».

Un apoyo que tampoco es mostrado por nuestra sociedad, a juicio de la Subcomisión de Familia y Defensa de la Vida, con «los emigrantes pobres que acuden a nuestras tierras --quizá tras sobrevivir a una penosa travesía-- buscando una oportunidad en la vida». Éstos últimos encuentran al arribar a tierra, «que el bienestar no es repartido entre todos».

Los obispos también denuncian en el citado documento la situación de abandono que sufren muchos ancianos en España y el mundo. «La sociedad --se puede leer en el mensaje episcopal-- los considera cada día más como una carga insoportable», llegando, en algunos casos a «la aberración de la aceptación cultural y legal de la llamada eutanasia», calificada como «forma gravísima de insolidaridad».

Al contrario de lo que hicieron en la parábola sacerdote y levita, «no podemos pasar de largo ante ese hombre que encontramos hoy, despojado, en nuestro camino, en nuestras calles. La Palabra de Dios --dice el texto-- nos llama a un profundo examen de conciencia y revisión de vida».

El Buen Samaritano
Esta figura de la parábola es definida por los obispos como «la persona que vive para los demás, abierto a compartir los sufrimientos de los otros».

«Gracias a Dios --indica el documento--, en nuestra sociedad son muchos, miles --cristianos o no-- los que reviven con infinidad de gestos ocultos la actitud generosa, hondamente humanitaria, del que se acercó al hombre maltrecho».

De este modo, son muchos «los que acogen con amor sacrificado al niño por nacer, a la madre en apuros, al emigrante desamparado, al anciano desvalido».

Este amor, «hecho obras de misericordia, es el que hoy edifica eficazmente la civilización del amor y la cultura de la vida».

La cuestión definitiva no es otra, para la Subcomisión de Familia y Defensa de la Vida, que preguntarse «¿quién fue prójimo del hombre despojado?». La respuesta «debe darla el ser humano con sus obras». El texto finaliza concluyendo que la consecución de la parábola evangélica «requiere, simplemente, que cada uno la convirtamos en norma de vida: "Vete y haz tú lo mismo"».