¿Esperamos, llenos de confianza y gozo, Su venida?

Catequesis para la familia, semana del 15 de diciembre de 2013

Toledo, (Zenit.org) Luis Javier Moxó Soto | 643 hits

En esta III semana de Adviento, sobre todo a partir del martes 17, se nos invita a una preparación más directa e intensa de la Navidad. En las antífonas vespertinas del Magníficat se invoca de ahí al lunes 23: ¡Oh, Sabiduría!, ¡Oh, Adonai!, ¡Oh, Renuevo!, ¡Oh, Llave!, ¡Oh, Sol!, ¡Oh, Rey! Y ¡Oh, Emmanuel! Estamos ya en la recta final a la celebración de la Solemnidad de la Natividad del Señor. Por eso, hemos de pedir al Señor que finalice la preparación de nuestro corazón para acogerle lo mejor posible, y a Nuestra Madre que avive y asegure nuestra esperanza.

En la oración colecta de este domingo se dice algo que no sólo es petición sino que puede ser tarea a recordarnos, compromiso con la gracia dada: “Estás viendo, Señor, cómo tu pueblo espera con fe la fiesta del nacimiento de tu Hijo; concédenos llegar a la Navidad, fiesta de gozo y salvación, y poder celebrarla con alegría desbordante”.

Las distintas músicas y villancicos navideños que escuchamos estos días pueden ser solo un fondo agradable que nos distraiga, y con los que hagamos nuestras compras y nos afanemos en mil y un detalles. O bien, pueden ser además un ambiente de vida que envuelva nuestro corazón en paz y alegría para recibir como debemos a nuestro Salvador.

¿Cómo está nuestra vida, nuestro corazón -hasta sus últimos recovecos- abierto, disponible, para que entre la Luz de luz y el Amor de los amores, para que pueda llenarnos del todo? Una última revisión, limpieza, orden, en la casa de nuestros sentimientos, afectos, y toda nuestra sensibilidad, puede hacer mucho más real (no solo agradable) en nosotros que Él viva en nosotros esta Navidad. Es tan sencillo como vivir de verdad o en apariencia. Celebramos aquello que vivimos, pero siempre será Su Acontecimiento un recuerdo piadoso si no llega a tocarnos, conmovernos, impactarnos, sacudir nuestra inconsciencia y falta de memoria de Su presencia. Y es impresionante que la gracia divina respete, y confíe, tanto en nuestra libertad, tantas veces ocupada en cosas que ni sirven ni salvan.

Necesitamos al Señor en cada instante de nuestra vida. No terminamos de darnos cuenta del todo. Nos cuesta porque nos pide salir de nuestra inercia, incoherencia y mentalidad dominante. Nos quejamos de tener que repetir mil y una veces, a nuestros niños y adolescentes, la mejora de sus modales, las cosas que han de aprender, la colaboración en las tareas de una casa, los criterios para conducirse maduramente por la vida, pero somos nosotros los primeros a los que nos falta la conciencia de nuestra dependencia de Dios, nuestra necesidad de reconocernos pecadores necesitados de su amor, misericordia, perdón y salvación, fuente de nuestro bien.

En este tiempo de Navidad, especialmente, la liturgia nos recuerda que sin Dios no podemos hacer nada, o lo que es lo mismo que solo con Él podemos cumplir aquello para lo que fuimos hechos, amados, llamados a la vida, a vivir en este mundo. Le necesitamos de verdad, concreto y hecho carne, y no en abstracto, en idea, proyección mental, fantasía o imaginación nuestra. Cuanto menos tardemos en aceptarlo, reconocerlo e integrarlo como fundamento de nuestra vida menos nos quedará para ser humanos y felices de verdad y del todo. Es la felicidad y paz que Él nos da las que el mundo no nos puede nunca dar, por muchas luces, músicas, sorpresas y regalos que se nos ofrezcan. Estamos destinados a un amor que no entiende de caducidades ni de fin, un amor que no solo no nos perjudica ni quita nada sino que se da por entero. Podemos perder el tiempo en mil y un entretenimientos mientras pero Su amor, el único verdadero, siempre se nos da y espera ser reconocido como tal.

¿Cómo puedo tener un corazón hecho pesebre, es decir disponible, para ser usado por el Rey de reyes que, hecho niño, quiere descansar y reinar en él? ¿Cómo puedo ser y sentirme feliz de ser amado con un amor tan dedicado y personal a mí que tenga el convencimiento que si estoy aquí, viviendo, es porque pensó en mí? ¿Conoce otra religión mayor cercanía de todo un Dios que se hace uno como yo, ser humano, que comparte mi suerte en este mundo y me enseña a vivir de modo pleno siguiéndole? ¿Estoy preparado de modo sencillo, humilde y confiado para acogerle del todo? Pidamos todo esto, no dejemos de pedirlo insistentemente, y agradezcamos y secundemos la gracia que nos llega con nuestra apertura y compromiso, de corazón, de verdad.