Estadounidenses, europeos y la Iglesia analizan la cumbre de Johannesburgo

En un congreso organizado en Roma por el Ateneo «Regina Apostolorum»

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ROMA, 10 octubre 2002 (ZENIT.org).- ¿Qué sucedió en la Cumbre mundial sobre el Desarrollo Sostenible que se celebró a finales de agosto e inicios de septiembre en Johannesburgo? ¿Cuáles fueron sus conclusiones?



Para responder a estas preguntas el Ateneo Pontificio «Regina Apostolorum» de Roma, junto al Ministerio del Ambiente italiano, organizaron este miércoles un Congreso sobre el tema «Insostenibilidad del subdesarrollo. Progreso humano y defensa del ambiente después de Johannesburgo».

Giorgio Salina, Consejero de la Fundación «Justicia y solidaridad», promovida por la Conferencia Episcopal Italiana para la condonación de la deuda externa de los países más pobres, explicó que «para garantizar un desarrollo auténtico e integral de los países pobres es necesario que se dé un encuentro entre las personas».

«El problema --precisó Salina-- no consiste tanto en encontrar fondos y tecnologías, sino más bien en entablar una dinámica humana estable para garantizar un desarrollo que amplíe la libertad de las personas».

El embajador de Estados Unidos ante la Santa Sede, James Nicholson, subrayó con fuerza que «la tarea principal tarea de la actual administración de Estados Unidos es la de ofrecer oportunidad, dignidad y esperanza a las poblaciones más pobres».

Explicó que, por este motivo, Estados Unidos ha incrementando de 10 a 15 mil millones de dólares la ayuda al desarrollo.

Por lo que se refiere al rechazo de Estados Unidos de ratificar el Protocolo de Kyoto sobre el cambio climático, Nicholson justificó la postura explicando que «la mayor parte de los científicos estadounidenses no está convencida de la teoría del "calentamiento global". Además, el Protocolo costaría a la economía de Estados Unidos 400 mil millones de dólares y 5 millones de desempleados».

«El presidente Bush --aclaró-- se ha declarado disponible a reducir las emisiones de gas invernadero con inversiones para hacer la tecnologías energéticas y de los transportes más limpias, pero no tiene ningún intención de penalizar a la economía nacional».

Corrado Clini, director del Departamento de Desarrollo Sostenible del Ministerio del Ambiente, intervino para criticar a «quienes siguen proponiendo programas de control de los nacimientos para salvaguardar el ambiente».

Ilustrando los debates de Johannesburgo, Clini explicó que «los países en vías de desarrollo afirmaron que no quieren depender de las ayudas exteriores, al contrario, quisieran aumentar sus actividades económicas, pero para esto pidieron explícitamente que se cancelen las barreras aduaneras y los subsidios agrícolas que reciben los países ricos».

«Parecerá paradójico --comentó Clini--, pero en Joahnnesburgo se formó una alianza conservadora entre organizaciones antiglobalización y algunos países ricos. De hecho, son algunos países ricos los que quieren mantener una política de subsidios en vez de abrirse al mercado».

El obispo Giampaolo Crepaldi, secretario del Consejo Pontificio para la Justicia y la Paz, afirmó que «la historia ha demostrado que todo camino alternativo a la economía de mercado ha fracasado», pero al mismo tiempo explicó que la Iglesia «no comparte la idea de que el mercado lo es todo».

«La Iglesia no está contra el mercado --precisó monseñor Crepaldi--, pero no se puede comprar y vender todo, por esto proponemos el desarrollo integral y solidario del hombre».