''Estamos reencontrando la sencillez y el fervor de los inicios''

Palabras del cardenal Comastri al papa. El despiste de los cardenales ante el nombre Francisco. El pontífice presenta a un sacerdote uruguayo que trabaja con toxicómanos

Ciudad del Vaticano, (Zenit.org) H. Sergio Mora | 2589 hits

Concluida la misa celebrada por papa Francisco en la parroquia de Santa Anna, situada en el interior del Vaticano (http://www.zenit.org/article-44916?l=spanish), el cardenal Angelo Comastri, vicario general del papa per la Ciudad del Vaticano y arcipreste de la Basílica de San Pedro, que había concelebrado con el santo padre tomó la palabra: “Cuando usted hizo el discurso --dijo el cardenal Comastri mirando al papa--, a las 19.05 porque miré el reloj, debería haber visto la cara de los cardenales. Desde hace dos mil años nunca había pasado en la Iglesia que un papa se llamara Francisco. Quien estaba a mi lado me preguntó: ¿qué dijo? ¿Francisco?  ¿Tenemos un papa Francisco? Y la voz se esparció a todos los cardenales.

El alto purpurado recordó un hecho de su vida: “A mi personalmente me vino a la mente un episodio. En 1993, Juan Pablo II fue a La Verna, yo era obispo en Toscana y fuimos a acogerlo. En el gran refectorio de La Verna, al concluir el almuerzo, Juan Pablo II conversando con los frailes y obispos dijo: “Aquí en La Verna y Asís, de algún modo nacieron los franciscanos, y también de alguna manera renació el cristianismo, reencontrando la sencillez y el fervor de los inicios”.

Volver a los inicios

“Es de algún modo, santo padre, lo que está sucediendo: estamos reencontrando la llaneza y el fervor de los inicios”, añadió el cardenal Comastri, emocionando así a los fieles.

Contó que “el día de la elección, cuando fuimos a la logia, y vuestra santidad se asomó en el primer saludo, nosotros cardenales estábamos en la logia lateral. Los altavoces apuntan hacia la plaza por lo tanto no veíamos nada, ni oíamos nada”.

Y prosiguió: “Cuando vimos a la gente toda en silencio rezando, no habíamos entendido la invitación y nos preguntábamos: ¿Qué pasó, porqué todos están así en silencio?”.

“Al salir --dijo el cardenal Comastri--, le pregunté al primero que encontré: ¿Qué pasó?, creo que era un operador del Centro Televisivo Vaticano, y me dijo: ¿Sabe lo que sucedió? El papa le pidió a la gente que rezara por él y se agachó para recibir la oración de la gente. Sabe que yo sentí el perfume de Belén, del evangelio, y dos lágrimas me bajaron de los ojos".

El cardenal Comastri confió a los presentes:  “Y yo que me conmuevo fácilmente, también bajaron lágrimas de los míos...”.

“Padre Santo --concluyó Comastri--, el mundo espera el perfume de Belén, el perfume del evangelio. Que colme a la Iglesia del perfume del evangelio, que es el perfume de Jesús evidentemente. Lo seguiremos. Gracias”.

Con los excluidos

A continuación el santo padre tomó el micrófono y se dirigió a los presentes: “Hay algunos aquí que no son parroquianos, como estos curas argentinos que están aquí --y mi obispo auxiliar--, quienes por hoy serán parroquianos”.

De hecho la parroquia de Santa Ana corresponde a las personas que viven dentro del Vaticano. Allí se administran los sacramentos, bautismos y matrimonios, si bien a las misas va mucha gente que vive en la zona y los domingos incluso muchos que viven lejos.

Y el papa Francisco añadió: “Quiero hacerles conocer a un cura que vino de lejos, trabaja con los jóvenes de la calle, con los drogadictos. Para ellos ha hecho una escuela, ha realizado tantas cosas a fin de que conozcan a Jesús. Y todos esos jóvenes de la calle hoy trabajan, estudian, tienen capacidad de trabajo, creen y aman a Jesús. Te pido Gonzalo, ven a saludar a la gente”.

En ese momento el sacerdote relativamente joven se acercó al lado del papa. “Él --concluyó el papa Bergoglio--, trabaja en el Uruguay, es el fundador del liceo Juan Pablo II y hace este trabajo. No sé cómo ha llegado hoy aquí. Lo sabré. Recen por él”.

Los saludos al papa, el llamado besamanos, fueron esta vez en el exterior de la iglesia y en medio de la gente, mientras la multitud coreaba “¡Francesco, Francesco, Francesco!”.

Cerca de cincuenta personas, una a una se acercaron a saludarlo. Lo abrazaban, le besaban la mano... El papa de pie, tenía una palabra para cada uno. También acarició a algunos niños que estaban con sus padres y les pedía que rezaran por el papa...

Después se acercó al público que se apiñaba en las barreras de protección, saludó y cambió apretones de manos. 

Quienes conocen la pequeña iglesia de Santa Ana, saben que el ambiente de la misa de los domingos no es muy diverso del que se vio hoy, en lo que se refiere al tiempo y cantos litúrgicos. Claro que hoy con el papa Francisco sí lo fue.