Eutanasia, solución equivocada al problema del sufrimiento

Reflexión de la Pontificia Academia para la Vida tras la decisión holandesa

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ROMA, 12 dic (ZENIT.org).- A pocos días de la controvertida decisión del parlamento holandés de despenalizar la eutanasia, la Iglesia Católica vuelve a subrayar, con nuevas reflexiones, su propio desconcierto por lo que considera una peligrosa desviación de la ética y del derecho.



Un documento de la Pontificia Academia para la Vida, hecho público ayer con el título «El respeto de la dignidad del moribundo», juzga lo sucedido consecuencia de un general «debilitamiento espiritual y moral» respecto a la dignidad del enfermo, y más específicamente de una campaña a favor de la eutanasia desarrollada desde los años setenta con la contribución de numerosos intelectuales y científicos.

En Holanda --recuerda la nota de la Pontificia Academia-- ya desde hace algunos años existía una especie de aval jurídico a la eutanasia, a través de la costumbre que, de hecho, sancionaba la impunidad del médico que la practicase. La reciente decisión de la Cámara, sin embargo, va mucho más allá y configura una verdadera «legalización de la eutanasia a petición», si bien se circunscribe a «casos de enfermedad grave e irreversible».

Una hipótesis que numerosos documentos del Magisterio eclesial condenan sin apelación, en cuanto «deliberada muerte de una persona humana inocente».

Dos son, según el texto, las pretendidas justificaciones para tal conducta: un concepto desmedido de libertad individual, y la percepción de la insoportabilidad e inutilidad del dolor. Sobre estos puntos, la reflexión de la Academia contraataca subrayando que «hoy más que nunca el dolor es “curable” con los medios adecuados de la analgesia y de los cuidados paliativos», acompañados de «adecuada asistencia humana y espiritual», y que las llamadas «peticiones de muerte» son siempre «traducción extrema» de una necesidad de mayor atención y cercanía humana.

El problema se desplaza por tanto de la «apresurada violencia de una muerte anticipada» a la petición de amor y de comprensión social. De aquí la duda de que las argumentaciones pro eutanasia escondan más bien «la incapacidad de los sanos de acompañar al moribundo en su fatiga», el rechazo de la idea misma del sufrimiento, propio de la sociedad del bienestar, y quizá incluso «cuestiones de gasto público, considerado insostenible ante la prolongación de algunas enfermedades».

El documento critica también la «complicidad perversa del médico» el cual, prestándose a las lógicas de la «muerte dulce», abdicaría de una identidad profesional coherente a lo largo de los siglos, que lo llama a ser siempre quien mantiene la vida.

La respuesta a la eutanasia debe ser por tanto la asistencia domiciliaria, el consuelo religioso, el apoyo espiritual de los familiares y especialistas. Sólo en el caso extremo de una muerte inevitable y ya próxima, la reflexión del organismo vaticano admite la renuncia a terapias que conducirían únicamente a precarias y penosas dilaciones de lo inevitable; sin embargo, entre procurar y permitir el deceso --concluye la nota-- hay una diferencia sustancial, porque «la primera postura rechaza la vida, mientras que la segunda acepta su natural cumplimiento».