Extasiarse, leer y venerar a santa Hildegarda de Bingen

Crece la difusión de los conocimientos de la nueva doctora de la Iglesia (II)

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Por Jose Antonio Varela Vidal

ROMA, domingo 9 diciembre 2012 (ZENIT.org).- En un primer artículo, hemos compartido algunos aspectos poco conocidos de santa Hildegarda de Bingen OSB, como fueron sus cualidades para la música, sus dotes culinarios y un conocimiento acertado de la medicina tradicional (cf.www.zenit.org/article-43723?l=spanish).

Con estas aptitudes demostró que, si bien la armonía del hombre con Dios tiene en el estado de gracia su culmen, existe ya en la naturaleza y en la inspiración –-por ejemplo la música--, un camino por recorrer que no solo asegura ese equilibrio, sino que podría ser ya una prefiguracion de la armonía perfecta a la que tiende el alma humana.

Sin embargo, lo que mejor puede llevarnos al pensamiento y sabiduría de esta santa abadesa del siglo XII, proclamada tambien doctora de la Iglesia por el papa Benedicto XVI, son sus escritos místicos. Aunque sea para muchos una gran empresa leerlos en su lengua original –-el alemán, otros en latín--, hay obras traducidas que permitirán entender y gustar de esta también “pobre pía”, como le gustaba llamarse…

Extasiarse con la obra

En un encuentro en la ciudad de Roma, conocimos mejor el pensamiento de Hildegarda de Bingen a través de la profunda y a la vez clarísima explicación que dio la doctora Lucía Tancredi, quien ha escrito una biografía novelada de la abadesa contada para el lector de hoy, disponible en italiano (cf. ‘Ildegarda, la potenza e la grazia’, Ed.Città Nuova, Roma, 2012), y con quien pudimos conversar unos minutos.

Terminada la velada y ya ambos disfrutando de particulares galletas de jengibre y una taza de agua de hierbas mixtas, preparadas todas con la receta de la santa, la primera pregunta surgió como espontánea: ¿cómo acercarse a la lectura de una mística como Hildegarda?

“La clave de lectura más interesante es la felicidad”. Y sí, bastaba ver a todos alrededor de las mesas para entenderlo; era un momento de alegría sana y de satisfacción al haber disfrutado de algunas recetas guardadas por siglos como un tesoro por la Iglesia, tal como se conservaron los textos de Hildegarda, evitando que se destruyeran por los desentendidos de la época.

Esto es comprensible hoy, porque la doctora de la Iglesia rompió los moldes de la reclusión medieval, y de la negación de todo lo que “distrajera” al alma. Según nos confirma la doctora Tancredi, nuestra mística tenía “un extraordinario talento por la felicidad y odiaba la espiritualidad misma entendida como mortificación del corazón, o el ayuno, que para ella más bien era uno de los pecados del orgullo”.

¿Entonces qué otro camino planteaba la monja alemana? Para Hildegarda, explica feliz la doctora Tancredi, “el mejor modo de acercarse a Dios era reconocer la belleza de lo creado, y que para acceder a Dios, se debía estar en buena salud, porque el cuerpo que se nos ha donado es perfecto y debemos conservarlo hasta la muerte, en el mejor modo posible”.

Nos explicó también que la modernidad de Hildegarda fue aceptar poco a poco sus visiones, y no tener miedo de su potencial, muy al contrario de lo que se les pedía a las mujeres de la época, que debían contenerse a menudo. “Las luces que veía en sus visiones le sugerían hacer cosas, como podía ser construir su propio monasterio, que antes era una competencia de los hombres”.

Una de sus visiones fue la montaña de Bingen, por lo que lleva a sus monjas y construye allí entre todos el monasterio. Así, sola, desde un punto de partida que Dios le había “revelado”, establece su propia regla, una de las cuales era no vestirse más de negro…

¿Entonces no usaban hábito?, nos entró la duda… “En sus visiones veía a sus monjas vestidas de blanco y de verde, en una clara atencion a la naturaleza; les enseñaba a no avergonzarse de su belleza o juventud, a no cortarse el cabello, les enseñaba a danzar, a cantar, a estudiar e iban así por el bosque rezando”.

Leer a la doctora

La rigidez de la época no impidió que siguiera “obedeciendo” a las visiones interiores y escribiera sobre esa relacion íntima que aseguraba tener con el mismo Dios. Su primera obra, el Sci vias (Conoce la vía) es rechazada por los eruditos, pero esto no impide que se la envíe a san Bernardo de Claraval, quien le da el “placet” y se la hace llegar hasta el mismo papa Honorio II, quien de este modo pudo conocer esta obra.

Dado que sus escritos comenzaron a circular, muchos la llamaron. Salió con permiso del monasterio y empezó a viajar por todo el imperio para predicar y explicar sus teorías; se dice que llegó hasta el norte de Inglaterra. Es célebre su encuentro con Federico Barbarroja, a quien amonestaría por su posición en contra del papa.

¿Y en que centra su teología mística? Según nos cuenta la doctora Tancredi, la teología de Hildegarda tiene como fundamento al hombre y el cosmos, “donde el hombre es el todo y tiende a la unidad en el microcosmos y en el macrocosmos; esto es lo que conduce a la unidad simbólica para evitar así la dispersión, que es la esencia diabólica”.

Por lo tanto, la armonía no solo está en las grandes visiones, “sino en lo simple, como es recoger una flor, una hierba medicinal, preparar las semillas para las curaciones, o componer música y cantar, ya que donde está todo eso, permanece el símbolo y la unidad”. Es así que para Hildegarda de Bingen, al hombre le ayuda a vivir en gracia cuando recupera su unidad cantando, danzando, cuidando su cuerpo, caminando por el bosque, estudiando bien…

Admirada por los papas

Si bien en su época consiguió que el mismo papa resaltara su obra, lo que llevó a que fuera tomada en cuenta también por el Sínodo de Treviri de 1147, la actual doctora de la Iglesia nació y escribió cuando era su momento. Porque según Tancredi, “si hubiera vivido un siglo más tarde, habría sido quemada como bruja”.

Su camino a los altares tampoco fue fácil, porque como nos ilustra la investigadora, “cuando muere es proclamada santa por aclamación, pero esto ya no funcionaba, por lo que su obra fue enviada a Roma, en un periodo en que la Iglesia y el papa estaban en Aviñón. Esto hizo que el proceso se dispersara –-o fuera sabiamente escondido--, hasta muchos años después”.

Poco a poco, su obra se fue descubriendo, especialmente sus escritos místicos, como el Liber Vitae Meritorum (sobre los méritos de la Vida) o el Sci vias. Otros se perdieron, pero algunos se han recuperado e impreso desde hace poco tiempo, como el Causae et curae o Liber compositae medicinae, en el que ella habla con gran apertura y modernidad de aspectos como la sexualidad. Para Lucía Tancredi, en estos años más maduros, “necesitamos de la obra de Hildegarda, porque hemos traicionado nuestra unidad con la naturaleza, la unidad con nuestro cuerpo, con Dios”.

Y no quisimos finalizar sin preguntarle qué ha sido lo que conmovió al papa Benedicto XVI para “rescatarla” nueve siglos después y proclamarla “Doctora de la Iglesia Universal”… Y nos responde con la seguridad de una estudiosa que agradece el acierto del santo padre: “Hay un aspecto, y es que él es músico y admira la extraordinaria música de Hildegarda. También porque la comprende como una gran santa, una gran científica, una mujer con muchas facetas, una suerte de Leonardo da Vinci ante litteram; es alguien muy cercana a la espiritualidad del papa”.

Y terminado este recorrido con la monja alemana --de la que hoy se apropian todos gracias a sus escritos, su música, los remedios y recetas de ayer y de hoy--, recordamos algo que se dijo en el conversatorio: “Para Hildegarda no solo nos curamos comiendo, sino participamos de la gracia de Dios comiendo”.

Ante esta necesidad, también nosotros alargamos la mano y cogimos otras galletas “bio” para el camino de regreso a casa. Mientras dejábamos atrás un contexto, una atmósfera, un estilo…