Familias sin hijos

Los informes revelan cambios en las actitudes hacia los niños

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PISCATAWAY, sábado, 29 julio 2006 (ZENIT.org).- La vida sin hijos es una realidad social en aumento para un creciente número de adultos norteamericanos.



Ésta es la conclusión de la edición 2006 del informe sobre el matrimonio, «El Estado de Nuestros Matrimonios», publicado hace dos semanas por National Marriage Project, que tiene su sede en Rutgers, la Universidad Estatal de Nueva Jersey.

Hasta hace poco tiempo, la mayor parte de la vida adulta trascurría con los hijos jóvenes que formaban parte del hogar. Sin embargo, la combinación de una edad tardía para casarse, menos hijos y una esperanza de vida más larga ha dado como resultado que una parte significativamente mayor de la vida adulta trascurra sin que haya niños en el hogar.

El informe, titulado «Vida sin Hijos», tiene como autores a Barbara Dafoe Whitehead y David Popenoe. Comienzan observando el gran número de recientes publicaciones que se quejan de las dificultades en la crianza de los hijos. Muchas entrevistan muestran también que los padres informan de menores niveles de felicidad en comparación con quienes no son padres. De hecho, un creciente número de parejas casadas ven actualmente a los hijos como un obstáculo para su felicidad marital.

Esto no quiere decir que la mayoría de las parejas rechacen tener hijos. Sin embargo, existe una sensación cada vez mayor de agitación a la hora de adquirir las responsabilidades de la paternidad. Por supuesto que nunca ha sido fácil criar a los hijos, pero hay buenas razones por las que un número creciente de padres sienten que aumenta la presión, explica el informe.

El debilitamiento de los lazos conyugales contribuye a las dificultades de tener hijos. Las mujeres que cohabitan, explica el informe, pueden posponer la maternidad hasta que tengan una mejor sensación del futuro de su relación a largo plazo. Si esperan demasiado, sin embargo, esto las coloca en el riesgo de no tener nunca hijos. Tener un matrimonio infeliz es otra fuente de incertidumbre. Las parejas que se preocupan sobre si se divorciarán son las que más probablemente no tengan hijos.

El cambio en las familias
Citando informes de la Oficina del Censo, Whitehead y Popenoe presentan cuánto han cambiado las estructuras familiares.

- En 1970 la edad media del primer matrimonio para las mujeres era de menos de 21 años. La edad del primer matrimonio ha subido actualmente un poco por encima de los 26. En el caso de las mujeres que han cursado carreras universitarias de cuatro años la edad es incluso mayor.

- En 1970, el 73,6% de las mujeres, con edades entre los 25 y los 29 años, habían entrado en la etapa de edad en que estaban dedicadas a criar a sus hijos, y vivían con al menos un niños menor a su cargo. En el 2000, esta proporción cayó hasta el 48,7%. Para los hombres, en el mismo arco de edades, en 1970, el 57,3% vivían con sus propios hijos en el hogar. En el 2000 esto se ha precipitado hasta el 28,8%.

- En 1960, el 71% de las mujeres casadas tenían su primer hijo en los primeros tres años de matrimonio. En 1990, esta proporción se ha dividido por la mitad, hasta el 37%. Así, tras casarse, las parejas actualmente pasan más años sin tener hijos.

- En 1970, el 27,4% de las mujeres y el 39,5% de los hombres, en edades entre los 50 y los 54 años, tenían al menos un menor a su cargo en su hogar. En el 2000, esta proporción ha caído hasta el 15,4% y el 24,7%, respectivamente.

- Además, un creciente número de mujeres no tienen ni un solo hijo. En el 2004, casi una de cada cinco mujeres en sus primeros cuarenta no tenía hijos. En 1976, era sólo una de cada diez.

- La proporción de hogares con hijos ha descendido desde la mitad de todos los hogares en 1960 a menos de un tercio actualmente – la proporción más baja de la historia de Norteamérica.

En general, por tanto, hace unas décadas la vida antes de tener hijos era corta, con poco tiempo entre el fin de la escolarización y el comienzo del matrimonio y la vida familiar. La vida después de los hijos también era reducida, con pocos años antes del fin de la edad laboral y el comienzo de la ancianidad.

Menos divertido
La cultura contemporánea ha reflejado rápidamente los cambios en la vida familiar, observa el informe. Cada vez es más común encontrarse con que los años dedicados al cuidado de los hijos son presentado como menos satisfactorios, comparados con los años anteriores y posteriores.

La vida adulta sin hijos es presentada como si tuviera un significado y un propósito positivo, y como si estuviera llena de diversión y libertad. La vida con los hijos, por contraste, es vista llena de presiones y responsabilidades.

En general, la vida sin los hijos se caracteriza por centrarse en uno mismo. «De hecho, el mandato cultural para los jóvenes sin hijos y los mayores libres de ellos es ‘cuídate a ti mismo’», comenta el informe.

Los años pasados criando a los hijos son justo lo contrario. Ser padres significa centrarse en aquellos que son dependientes y subordinar las necesidades adultas a los requerimientos de los hijos.

Por medio de la compensación, la cultura tradicional celebraba normalmente el trabajo y el sacrificio de los padres, pero esto ahora ha cambiado. Cada vez más, la imagen popular de los padres es negativa. Los nuevos estereotipos van del hiper competitivo padre deportivo que gritan a sus propios hijos, a aquellos que ignoran los problemas que sus hijos indisciplinados causan a otros en los lugares públicos.

La última variante son los así llamados «padres helicóptero», que reciben el nombre de la forma en que supuestamente sobrevuelan sobres sus hijas y descienden para rescatarlos de las consecuencias negativas de su comportamiento.

Los programas televisivos se han reído mucho de los padres, observa el informe. Desde hace poco las madres también están siendo mostradas como inadecuadas, incapaces de sobrellevar sus responsabilidades sin la ayuda de una asistenta, o siendo excesivamente indulgentes y negligentes.

En contraste, algunos de los programas de televisión más populares en Estados Unidos en los últimos años, como «Friends» y «Sex and the City», han celebrado la vida glamorosa de los solteros jóvenes de ciudad.

Prejuicios contra los hijos
Qué puede traer esto en el futuro, se pregunta el informe. Para empezar, menos apoyo político a las familias. En las últimas elecciones presidenciales, los padres formaban menos del 40% del electorado. Menos votos se traducen en menos apoyo a la financiación de escuelas y actividades juveniles. Algunas comunidades a lo largo del país están intentando ya mantener los impuestos de propiedad restringiendo la construcción de casas asequibles para una sola familia.

En términos culturales este prejuicio en contra de los hijos es probable que aumente. El entretenimiento y los pasatiempos para adultos – juego, pornografía y sexo – son uno de los sectores de la economía que más rápido crece y de los más lucrativos.

Por el contrario, ser un padre devoto es cada vez más un motivo de descrédito despiadado, observa el informe. De hecho, la tarea de ser madre es ahora vista por un creciente número de personas como indigna del tiempo y los talentos de una mujer educada. De esta forma los valores clave que apoyan la crianza de los hijos – el sacrificio, la estabilidad, la formalidad y la madurez – reciben menos atención.

«Es bastante duro criar hijos en una sociedad que está organizada para apoyar esta tarea tan esencial», observa el informe. «Considere cuánto más difícil se hace cuando una sociedad es indiferente, en el mejor de los casos, y hostil, en el peor, a aquellos que se ocupan de la siguiente generación», concluye.

La familia, «fundada en el matrimonio indisoluble entre un hombre y una mujer», es el lugar donde el hombre y la mujer «puede nacer con dignidad, crecer y desarrollarse de un modo integral», explicaba el Papa en su homilía en la Misa conclusiva del Encuentro Mundial de las Familias, en Valencia, España, el 9 de julio.

«La alegría amorosa con la que nuestros padres nos acogieron y acompañaron en los primeros pasos en este mundo es como un signo y prolongación sacramental del amor benevolente de Dios del que procedemos», observaba.

Esta experiencia de ser acogidos y amados por Dios y por nuestros padres, explicaba Benedicto XVI, «es la base firme que favorece siempre el crecimiento y desarrollo auténtico del hombre, que tanto nos ayuda a madurar en el camino hacia la verdad y el amor, y a salir de nosotros mismos para entrar en comunión con los demás y con Dios». Un fundamento que cada vez se ve más erosionado en la sociedad de hoy.