Fe y ciencia tras el origen del hombre

Entrevista al obispo Raúl Berzosa

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OVIEDO, domingo, 28 agosto 2005 (ZENIT.org).- El joven obispo español Raúl Berzosa (Aranda de Duero, 1957) considera que fe y ciencia están llamadas a entenderse y lo ilustra con un libro sobre los yacimientos prehistóricos de Atapuerca.



Obispo auxiliar de Oviedo, afirma a Zenit que «no estamos aquí por azar o casualidad. Este es nuestra secreto y aquí reside nuestra grandeza y dignidad profundas».

En el libro, «Una lectura creyente de Atapuerca. La fe cristiana ante las teorías de la evolución», editado en España por Desclée de Brouwer, se pregunta si es compatible la fe cristiana en la creación con las últimas hipótesis físico-químicas, además de analizar la relación entre evolucionismo y la doctrina de la Iglesia.

--¿Qué luz aportan los yacimientos arqueológicos de Atapuerca?

--Berzosa: Por un lado, sin duda, el registro fósil humano más importante, a nivel mundial, de lo sucedido en el último millón de años de historia de la humanidad. Allí se han encontrado hasta el momento restos de monínidos del homo heildelbergensis, antecesor, y de los humanos homo neandertal y sapiens. Por este dato ha sido declarado Patrimonio de la Humanidad.

Desde el punto de vista paleontológico, se ha descubierto la nueva especie homo antecesor y, hasta ahora, parece que se ratificaba la tesis de que la cuna de la humanidad, toda ella, tuvo su origen en África.

--¿Qué nos revela una lectura creyente de Atapuerca?

--Berzosa: Primero, que hasta ahora conocemos sólo el «guión» de una película ya escrito, que se remonta, si se confirman las teorías sobre el Big-Bang, a unos 15.000 millones de años, de los cuales Atapuerca es casi el penúltimo episodio. Pero no podemos quedarnos sólo en el guión, maravilloso, de lo ya escrito. Tenemos que preguntarnos por el autor o escrito del guión y por qué se escribió de esa manera y no de otra.

En otras palabras, no podemos quedarnos sólo en datos supuestamente científicos (incluida la hipótesis de la evolución). Tenemos que hacernos preguntas de mayor calado, como por ejemplo: «¿por qué existe algo y no la nada?» o «¿por qué lo existente existe de la forma concreta que existe y no de otra?».

--¿Por qué se necesitan fe y ciencia?

--Berzosa: Por un lado, para responder a las preguntas que nos hacíamos en la pregunta anterior. La ciencia tiene un campo determinado. Debe complementarse con la filosofía y la teología. En la realidad que palpamos hay niveles, y todos son necesarios para complementarse, y todos tienen su razón de ser: el nivel físico, el filosófico, el social, el estético, el ético y el religioso.

Por otro lado, para que la ciencia sea verdadera ciencia siempre debe estar abierta a preguntas más allá de ella misma. La ciencia siempre es lo penúltimo, solían afirmar Laín Entralgo o el propio Ortega y Gasset. Pero a su vez la teología, y la fe, para ser auténticas y no meros fideísmos, deben tener en cuenta los datos de las ciencias, sabiendo su provisionalidad. Ciencia y fe, en resumen, están obligadas a entenderse como buenas compañeras de viaje, no como extrañas o enemigas.

--Usted termina el libro con una especie de decálogo en el que se aboga por una visión finalista de la evolución, en contra de la creencia en la ley universal del azar biológico. ¿Ha tenido alguna respuesta por parte de la comunidad científica?

--Berzosa: Sí, muy positivamente de parte de científicos, no sólo cristianos o creyentes, que están abiertos a la totalidad o al misterio de las trascendencia. He recibido cartas y libros muy interesantes en este sentido. De pensadores españoles. Algunos científicos incluso me han citado en diversos medios de comunicación.

Los que siguen abogando por el azar o las leyes meramente naturales se han dividido en dos bloques: la mayoría, el silencio; y, cuando han salido al paso, algunas veces en tonos muy ofensivos, en lugar de dirigirse a mi persona lo han hecho en conferencias (me consta con pruebas) y en los mass media de una determinada línea editorial.

En cualquier caso, suelo afirmar que sobre este tema de Atapuerca (que en definitiva es el del sentido de la evolución) ni soy el mejor autor ni mis obras serían las más completas. Me ha correspondido hacer un poco de «perro sabueso de caza» que apunta dónde esta la pieza y que alerta de hasta dónde pueden llegar científicos que se entrometen, desde una ideología materialista y biologicista, en el campo de la filosofía, la ética y la religión.

--Escribió esta lectura creyente cuando todavía no era obispo. Desde esta nueva responsabilidad pastoral, ¿cambiaría algo en su discurso sobre el diálogo fe y ciencia?

--Berzosa: En los contenidos, en nada. En las formas tal vez me esforzaría, como tengo que estar haciendo constantemente, en divulgar aún mucho más y hacer mucho más asequible lo que deseo comunicar. Que no es nada mío, sino la fe recibida de la Iglesia. Con una convicción: sólo la verdad recibida nos hacer verdaderamente libres y nos ayuda a vivir en plenitud. Lo expresó bellamente el Papa Benedicto XVI cuando afirmó, en su primera homilía, que somos seres queridos y amados por Dios en Cristo. No estamos aquí por azar o casualidad. Este es nuestro secreto y aquí reside nuestra grandeza y dignidad profundas.