¿Felices los ricos?

Comentario al evangelio del Domingo 28º del T.O/B

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ROMA, 12 octubre 2012 (ZENIT.org).-Ofrecemos el comentario al evangelio del próximo domingo de nuestro colaborador padre Jesús Álvarez, paulino.

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Por Jesús Álvarez SSP

Un hombre salió al encuentro de Jesús, se arrodilló delante de él y le preguntó: “Maestro bueno, ¿qué tengo que hacer para conseguir la vida eterna?” Jesús le dijo:“¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno, sino solo Dios. Ya conoces los mandamientos: No mates, no cometas adulterio, no robes, no digas cosas falsas de tu hermano, no seas injusto, honra a tu padre y a tu madre”. El hombre le contestó:“Maestro, todo eso lo he practicado desde muy joven”. Jesús fijó su mirada en él, le tomó cariño y le dijo: “Sólo te falta una cosa: vete, vende todo lo que tienes y reparte el dinero entre los pobres, y tendrás un tesoro en el Cielo. Después, ven y sígueme”. Al oír esto, se desanimó totalmente, pues era un hombre muy rico, idólatra de sus riquezas, y se fue triste. Entonces Jesús paseó su mirada sobre sus discípulos y les dijo: “Hijos, ¡qué difícil es entrar en el Reino de Dios para quienes ponen su confianza en el dinero! Es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja que para un rico entrar en el Reino de Dios. Mas para Dios no hay nada imposible”. (Mc. 10,17-30; ndr versión breve 17-27).

El joven rico estaba dispuesto cumplir la ley, las prácticas religiosas y tal vez a dar alguna parte de sus riquezas para ganar el cielo o para acallar su conciencia. Pero Jesús se las pide todas a cambio de la riqueza suprema: la vida eterna que pretende asegurar. Mas él se queda triste con sus riquezas, renunciando a la alegría en este mundo y a la felicidad plena en la eternidad, a donde no se llevará ni un centavo de sus grandes riquezas.

A tantos adinerados de todos los tiempos les sucede lo mismo: están dispuestos a hacer algunas obras, dar unas limosnitas, etc., pero pocos decididos a emplear en el bien sus riquezas y a cargar con amor la cruz inevitable que lleva a la suprema riqueza: el reino de Dios, la resurrección y la vida eterna.

Jesús afirma que es muy difícil que se salven quienes ponen su confianza en el dinero, ricos o pobres, cuando dejan que este ídolo suplante en su corazón y en su vida a Dios y al prójimo necesitado de ayuda.

Viene de nuevo a la mente la definición que del rico verdadero y santo nos ofrece la beata Teresa de Calcuta: Rico no es quien más tiene, sino el que menos necesita”, y se puede añadir: “y que da el resto a los pobres”. El auténtico rico es el que da de lo que tiene y de lo que es, “hasta que duela”. No solo bienes económicos, sino también personales: tiempo, inteligencia, corazón, profesionalidad, testimonio, fe, oración…

El dinero y los bienes materiales no son una maldición, sino bendiciones de Dios para compartir. Sin embargo, el hombre sí puede convertirlos en maldición por el egoísmo, pero también en un cúmulo de bendiciones por el amor. El beato Santiago Alberione comentaba: “Dicen que el dinero es el excremento del diablo..., ¡pero qué bien abona las obras de Dios!

Dios concede el don de la solidaridad y el desprendimiento también a los ricos que se lo piden. Dios escucha al rico que con las riquezas materiales compra la riqueza eterna, que no puede ser roída por la polilla ni arrebatada por los ladrones. Y Él mismo inscribe sus nombres en el Libro de la Vida.

Cuántos reyes, poderosos y ricos, usando sus bienes y su persona como Dios quiere, han llegado a una gran santidad. Pensemos en Moisés, en José, virrey de Egipto; en san Mateo, Zaqueo, Nicodemo, san Esteban de Hungría..., a los que han imitado innumerables reyes, poderosos, empresarios a través de la historia. ¡Felices los que son ricos así, pues con sus riquezas compran el reino de Dios en la tierra y en el cielo, para ellos y para muchos!