Francisco, címbalo de Dios

Comentario sobre los seis meses de pontificado del papa Francisco

Madrid, (Zenit.org) Isabel Orellana Vilches | 771 hits

Seis meses se cumplen hoy del fértil pontificado de Francisco que está sembrando de esperanza el corazón de millones de personas. Aunque comenzó a ser oficialmente efectivo el día de san José, inició su andadura el 13 de marzo. Desde el primer instante, como tantos pensamos, yo misma lo hice notar en este medio ante tantas quinielas previas al cónclave, ha sido evidente que tras la renuncia de Benedicto XVI el Espíritu Santo ha dado a la Iglesia la persona que precisaba. Dudar de ello habría sido una temeridad, algo imperdonable, signo de hallarse en las antípodas de la fe que hemos heredado. Indudablemente —y así lo manifesté también en Zenit cuando el actual pontífice ya había asumido la Cátedra de Pedro— Francisco es «sencillamente religioso» (cf.: http://www.zenit.org/es/articles/papa-francisco-sencillamente-religioso), con todo lo que ello conlleva; se ha ido comprobando.

Medio año ha bastado para que el orbe entero haya podido constatar el formidable espíritu de un jesuita, cuya humildad y grandeza pudimos apreciar en el mismo instante en el que saludó al mundo, poco después de conocer la inmensa misión que recaía sobre sus hombros. Hoy, en tan corto periodo de tiempo, estamos en condiciones de corroborar la multitud de gracias que este brevísimo recorrido al frente de la Iglesia está deparando. Sus mensajes claros, inequívocos, profundos, acertados, impregnados del rigor evangélico, en una simbiosis de piedad y rigor sin concesiones, porque comprende pero no justifica, horadan los espíritus más recalcitrantes, obligándoles a replantearse principios y teorías, haciendo que se tambaleen incontables prejuicios que no solo acompañan a los alejados de la fe; también muchos de los que se declaran creyentes transitan con ellos.

Las observaciones sobre la realidad que dan lugar a las continuas exhortaciones del papa brotan de un espíritu orante que no puede quedar impasible ante cualquier falta de caridad. Francisco tiene la capacidad de sacudir las conciencias, de poner sobre el tapete debilidades que socavan la fe acudiendo con frecuencia a imágenes de indiscutible fuerza plástica que quedan grabadas en la retina. Son tan pedagógicas que fácilmente calan en el corazón. Más que ocurrentes, son finos dardos que apuntan certeramente en la diana tanto del creyente como del incrédulo. Su fuerza radica en que invariablemente van cargados de amor. Eso hace que cualquiera de las palabras que expresa, con toda su contundencia, se acojan siempre con gratitud, simpatía, benevolencia, reconociendo en ellas su conveniencia para el bien personal, de la Iglesia y de la humanidad. En suma, el papa posee la gracia de manifestar con la rotundidad que procede mensajes que conmueven y que de ser proferidos por labios distintos perfilados de reproches, como es natural, habrían tenido un efecto distinto. El amor es paciente, servicial, todo lo cree, todo lo espera…, decía san Pablo. Es el amor de Francisco.

Su autoridad moral y coherencia es incontestable, como lo es el magnetismo de sus gestos siempre sorprendentes, con frecuencia inesperados, en ocasiones inusuales y novedosos en alguien que ostenta la máxima responsabilidad de la Iglesia como llamar personalmente por teléfono a personas particulares para darles su consuelo. Va a la cabeza de todo lo que propone. Tiene la humildad de reconocer sus propios errores y debilidades. Y en una sociedad en la que se ofrecen modelos de barro, donde hoy se dice una cosa y mañana la contraria, se engaña y se oculta, en la que se actúa o se habla en función de convencionalismos diversos, siguiendo el dictado de las modas de cualquier tipo, teniendo la provisionalidad por bandera y el compromiso fuera de juego, en este tablero del ajedrez que es el mundo, por fuerza tenía que sorprender un hombre que se sale de cualquier canon que no sea la abnegación, la generosidad y el sacrificio, todo lo cual se sintetiza en el amor, la única fuerza que puede cambiar la faz de la tierra. Es un amor que se despliega en el respeto a la libertad del otro. En su extraordinaria encíclica Lumen fidei ha advertido: «La verdad de un amor no se impone con la violencia, no aplasta a la persona. Naciendo del amor puede llegar al corazón, al centro personal de cada hombre (LF, 34)».

Pues bien, el Santo Padre mueve ficha por los oprimidos, los refugiados, los perseguidos, los pobres, los «sin techo», los maltratados, ancianos, niños, jóvenes, hombres y mujeres de cualquier condición, los que sinceramente juzgan que han echado por la borda su vida y buscan con aflicción la penitencia, a los que el destino o los desaprensivos de turno les han hurtado sus derechos, los que padecen el dolor en carne propia, los presos y los inmigrantes, las víctimas del odio de sus propios congéneres… Frente a tanto oprobio, su voz se abre potente entre las filas de los poderosos y de quienes tienen en sus manos las llaves de la paz. Es un abanderado del cielo. Un címbalo de Dios.

Sí, Francisco es una bocanada de aire fresco, un hombre de oración que porta la cruz de Cristo elegantemente, que ejerce su ministerio con visible alegría, un religioso enamorado de su vocación, testigo ante el mundo de un Dios que le sedujo a temprana edad, un ejemplar sacerdote desembarazado de cualquier inquietud que no sea servirle a Él, amante de la Eucaristía, mariano por antonomasia, pastor, misionero y apóstol, solícito en su caridad, dialogante, incansable buscador de la verdad que es Cristo, allanador de caminos, un hombre austero y justo, defensor de la vida, que abre sus brazos a todos y que invita a la conversión. Agradecido siempre a su antecesor, Benedicto XVI, a quien dispensa gran honor y trata con reverencia y admiración, ha signado sus encuentros con él en medio de un bellísimo y edificante espíritu fraternal.

Pocos a estas alturas dudarán de la fortaleza y el carisma de este papa. Por sus venas religiosas circulan los testimonios de santos y mártires jesuitas: su padre fundador, Ignacio, Francisco Javier y tantos otros que esgrimieron con fuerza la antorcha de la fe y no cejaron en su intento de que ésta brillara en cualquier recodo de la tierra al que pudieron llegar. Esa urgencia del genuino apóstol insta al Santo Padre a actuar. Y así lo vemos todos los días sin desmayar en su afán evangelizador. Buen conocedor de los entresijos de la Iglesia reflexiona y actúa, sin descanso. Es natural que los jóvenes se hayan sentido identificados con él y que le hayan escoltado en Río de Janeiro lanzando a los cuatro vientos su entusiasmo, con el orgullo de ser liderados por un pontífice que les comprende, les exige, que cree en ellos, que les hace acreedores de su confianza, que cuenta a priori con su valiente entrega. Saben que en Francisco tienen un referente sin igual para sus vidas.

En estos seis meses las hemerotecas no han hecho más que verter datos edificantes de la biografía de este gran apóstol que tenía tras de sí un fecundo apostolado en barrios marginales de Buenos Aires, que se presentaba con un sencillo: «Soy Jorge Bergoglio, cura. Es que me gusta ser cura». Por mucho que se hayan empeñado algunos detractores, esos que tanto abundan por doquier, y que en lugar de enaltecer la grandeza de una persona se esfuerzan por hallar cualquier pequeña mácula que la desacredite, nada puede oscurecer la fuerza inusitada, palpable, de este auténtico confesor de Cristo, servidor de todos, que no se cansa de decir desde el primer día en el que fue elegido para regir la Iglesia: «Por favor, les pido que recen por mí». Lo hacemos, amado Francisco, agradeciendo tus desvelos y la multitud de bendiciones y gracias que estás arrebatando con tu vida a lo largo de este Año de la Fe, primero de tu pontificado.