Francisco en Santa Marta: Dios nos salve del espí­ritu mundano y del pensamiento único

El santo padre en la homilí­a de hoy pide que no se negocie con la fidelidad al Señor

Ciudad del Vaticano, (Zenit.org) Redacción | 2031 hits

El papa Francisco ha pedido este lunes que el Señor nos salve del “espíritu mundano que lo negocia todo”, no solo los valores, también la fe. Durante su homilía de esta mañana en la Casa Santa Marta, el pontífice ha advertido también que es necesario estar en guardia ante “una globalización de la uniformidad hegemónica”, fruto de la mundanidad.

El Pueblo de Dios prefiere alejarse del Señor ante una propuesta de mundanidad. El santo padre se ha referido a la Primera Lectura, una cita del Libro de los Macabeos, para detenerse en la “raíz perversa” de la mundanidad. Los guías del pueblo, ha destacado el papa, no quieren que Israel se aísle de las demás naciones, y así abandonan sus propias tradiciones para ir a negociar con el rey. Van a “negociar” y están encantados por ello. Es, ha recalcado, como si dijesen “somos progresistas, vamos con el progreso adonde va toda la gente”. Se trata, ha advertido, del “espíritu del progresismo adolescente”, que “se cree que ir detrás de cualquier elección es mejor que permanecer en las costumbres de la fidelidad”

Esta gente, por tanto, negocia con el rey “la fidelidad al Dios que siempre es fiel”.  “Esto, ha advertido el papa, se llama apostasía”, “adulterio”. No están, de hecho, negociando valores, ha subrayado, “sino que negocian con la esencia de su ser: la fidelidad al Señor”.

“Esta es una contradicción: no negocian con los valores, sino con la fidelidad. Esto es el fruto del demonio, del príncipe de este mundo, que nos lleva adelante con el espíritu de mundanidad. Y después, llegan las consecuencias. Han tomado las costumbres de los paganos, después se va un paso adelante: el rey ordena que, en todo su reino, todos formasen un solo pueblo, abandonando cada uno sus propias costumbres. No es la bella globalización de la unidad de todas las Naciones, cada una con sus propias costumbres pero unidas, sino que es la globalización de la uniformidad hegemónica, es la del pensamiento único. Y este pensamiento único es fruto de la mundanidad”.

A continuación, ha recordado, “todos los pueblos se adecuaron a las órdenes del rey; aceptaron también su culto, sacrificaron a los ídolos y profanaron el sábado”. Paso a paso “se va por este camino”. Y al final, ha relatado el papa, “el rey alzó sobre el altar un abominación de devastación”.

“¿Pero, padre, esto también sucede hoy? Sí. Porque el espíritu de la mundanidad también existe hoy, también hoy nos lleva, con esta voluntad de ser progresistas, hacia el pensamiento único. Si a alguien se le encontraba el Libro de la Alianza y se sabía que obedecía la Ley, la sentencia del rey lo condenaba a muerte: esto lo hemos leído en los periódicos, en estos meses. Esta gente ha negociado con la fidelidad a su Señor; esta gente, movida por el espíritu del mundo, ha negociado con su propia identidad, ha negociado con su pertenencia a un pueblo, un Pueblo muy amado por Dios, que Dios quiere que sea suyo”.

El pontífice se ha referido, después, a la novela de principios del siglo XX “El Señor del mundo” que habla de este “espíritu de mundanidad que nos lleva a la apostasía”. Hoy, ha advertido el santo padre, se piensa que “debemos ser como todos, debemos ser más normales, como hacen todos, con este progresismo adolecente”. Y, ha observado amargamente, “continua la historia”: “Las condenas a muerte, los sacrificios humanos”. “Pero vosotros, es la pregunta del papa ¿creéis que hoy no se hacen sacrificios humanos? ¡Se hacen muchos, muchos! Y hay leyes que protegen esto”.

Lo que nos consuela es que ante este camino que hace el espíritu del mundo, el príncipe de este mundo, el camino de infidelidad, siempre permanece el Señor, que no puede negarse a sí mismo, el Fiel: Él siempre nos espera, Él nos ama tanto y nos perdona cuando nosotros, arrepentidos por haber dado un paso, aunque sea uno pequeño, en este espíritu de mundanidad, volvemos hacia Él, el Dios fiel a su Pueblo que no es fiel. Con el espíritu de hijos de la Iglesia recemos al Señor para que con Su bondad, con Su fidelidad, nos salve de este espíritu mundano que negocia todo: que nos proteja y nos haga seguir adelante, como hizo que anduviera su pueblo por el desierto, llevándolo de la mano, como un papá lleva a su hijo. De la mano del Señor estaremos seguros”.

(RED/IV)