Francisco y Clara, dos enamorados, pero ¿de quién?

Comentario del predicador de la Casa Pontificia sobre los dos santos de Asís

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ROMA, jueves, 25 octubre 2007 (ZENIT.org).- Publicamos el comentario que ha preparado el padre Raniero Cantalamessa OFM Cap. –predicador de la Casa Pontificia— sobre Francisco y Clara, a propósito de la emisión, en la televisión pública italiana, de una miniserie sobre los dos grandes santos de Asís.



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P. Raniero Cantalamessa

Francisco y Clara,
dos enamorados, pero ¿de quién?

Se ha hecho cosa corriente hablar de la amistad entre Clara y Francisco en términos de amor humano. En su conocido ensayo sobre Enamoramiento y amor, Francisco Alberoni escribe que «la relación entre Santa Clara y San Francisco tiene todas las características de un enamoramiento transferido (o sublimado) a la divinidad». «Francisco y Clara», de Fabrizio Costa, la serie televisiva emitida en Rai Uno los días 6 y 7 de octubre, mejor tal vez que «Hermano Sol y Hermana Luna» de Zeffirelli, ha sabido evitar esta cesión al romanticismo, sin quitar nada a la belleza también humana de un encuentro así.

Como cualquier hombre, aunque sea santo, Francisco puede haber experimentado la atracción de la mujer y del sexo. Las fuentes refieren que para vencer una tentación de este tipo una vez el santo se arrojó en pleno invierno a la nieve. ¡Pero no se trataba de Clara! Cuando entre un hombre y una mujer hay unión en Dios, si es auténtica, excluye toda atracción de tipo erótico, sin que exista siquiera lucha. Es como refugiarse. Es otro tipo de relación. Entre Clara y Francisco había ciertamente un fortísimo vínculo también humano, pero de tipo paterno y filial, no esponsal. Francisco llamaba a Clara su «plantita», y Clara llamaba a Francisco «nuestro padre».

El entendimiento extraordinariamente profundo entre Francisco y Clara que caracteriza la epopeya franciscana no viene «de la carne y de la sangre». No es, por poner un ejemplo igualmente célebre, como aquél entre Eloisa y Abelardo. Si así hubiera sido, habría dejado tal vez una huella en la literatura, pero no en la historia de la santidad. Con una conocida expresión de Goethe, podríamos llamar a la de Francisco y Clara una «afinidad electiva», a condición de entender «electiva» no sólo en el sentido de personas que se han elegido recíprocamente, sino en el sentido de personas que han realizado la misma elección.

Antoine de Saint-Exupéry escribió que «amarse no quiere decir mirarse el uno al otro, sino mirar juntos en la misma dirección». Clara y Francisco en verdad no pasaron la vida mirándose el uno al otro, estando bien juntos.

Intercambiaron poquísimas palabras, casi sólo las referidas en las fuentes. Había una estupenda discreción entre ellos, tanta que el santo a veces era amablemente reprochado por sus hermanos por ser demasiado duro con Clara.

Sólo al final de la vida vemos atenuarse este rigor en las relaciones y a Francisco buscar cada vez con mayor frecuencia consuelo y confirmación junto a su «Plantita». Es en San Damián donde se refugia próximo a la muerte, devorado por enfermedades, y está cerca de ella cuando entona el canto de Hermano Sol y Hermana Luna, con aquel elogio de «Hermana Agua», «útil y humilde y preciosa y casta», que parece escrito pensando en Clara.

En lugar de mirarse el uno al otro, Clara y Francisco miraron en la misma dirección. Y se sabe cuál fue para ellos esta «dirección». Clara y Francisco eran como los dos ojos que miran siempre en la misma dirección. Dos ojos no son sólo dos ojos, o sea, un ojo repetido; ninguno de los dos es sólo un ojo de reserva o de recambio. Dos ojos que contemplan el objeto desde ángulos diversos dan profundidad, relevancia al objeto, permiten «envolverlo» con la mirada. Así fue para Clara y Francisco. Contemplaron al mismo Dios, al mismo Señor Jesús, al mismo Crucificado, la misma Eucaristía, pero desde «ángulos», con dones y sensibilidad propios: los masculinos y los femeninos. Juntos percibieron más de lo que habrían podido hacer dos Franciscos o dos Claras.

Si existe una laguna en la serie sobre Francisco y Clara es tal vez la insuficiente relevancia prestada a la oración, y con ella a la dimensión sobrenatural de sus vidas. Una laguna probablemente inevitable cuando la vida de los santos se lleva a la pantalla. La oración es silencio, quietud, soledad, mientras que la palabra «cine» viene del griego kinema, ¡que significa movimiento! La excepción es la película «El gran silencio» sobre la vida de los cartujos, pero no resistiría en la pequeña pantalla.

En el pasado se tendía a presentar la personalidad de Clara demasiado subordinada a la de Francisco, precisamente como la «hermana Luna» que vive del reflejo de la luz del «hermano Sol». El ejemplo en este sentido es el libro publicado el verano pasado sobre «la amistad entre Francisco y Clara» (John M. Sweeney, Light in the Dark Age: the Friendship of Francis and Clare of Assisi, Paraclete Press 2007 ).

Tanto más es de elogiar, en la serie televisiva, la elección de presentar a Francisco y a Clara como dos vidas paralelas, que se entrecruzan y se desarrollan en sincronía, con igual espacio dado a uno y otro. Es la primera vez que ocurre de esta forma. Ello responde a la sensibilidad actual orientada a evidenciar la importancia de la presencia femenina en la historia, pero en nuestro caso corresponde a la realidad y no es algo forzado.

La escena que más me ha impactado al ver el preestreno de «Francisco y Clara» es la inicial, emblemática, una especie de clave de lectura de toda la historia. Francisco camina en un prado, Clara le sigue introduciendo sus pies, casi jugando, en las huellas que deja Francisco, y a su pregunta: «¿Estás siguiendo mis huellas?», responde luminosa: «No, otras mucho más profundas».

[Traducción del original italiano realizada por Zenit]