Frutos en Civitavecchia a los diez años de la presunta lacrimación de la imagen de la Virgen

Habla el obispo Girolamo Grillo, testigo directo del fenómeno

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CIVITAVECCHIA, miércoles, 9 febrero 2005 (ZENIT.org).- «El árbol se reconoce por sus frutos»: así responde monseñor Girolamo Grillo --citando el Evangelio-- a quien le pide un juicio, diez años después, sobre el fenómeno de la imagen de la Virgen que presumiblemente lloraba sangre en la localidad italiana de Pantano, junto a la ciudad de Civitavecchia, localidad situada a unos sesenta kilómetros de Roma.



Fue el 2 de febrero de 1995 cuando el fenómeno se manifestó por primera vez. El obispo de Civitavecchia fue testigo directo de una de las lacrimaciones el 15 de marzo de aquel año. En esta entrevista concedida al diario italiano Avvenire hace un balance de sus efectos.

--¿Qué ha sucedido en estos diez años?

--Monseñor Grillo: Juzgue usted mismo. Desde entonces la presencia de los peregrinos no sólo no ha dejado de disminuir, sino que se ha purificado de todo estorbo de sensacionalismo. Las personas que van a Pantano están impulsadas por una gran necesidad de conversión. Y lo demuestra el hecho de que he tenido que disponer la presencia continua de cinco confesores. Ellos me relatan que han podido reconciliar con Dios a mucha gente que estaba alejada desde hace muchísimos años, no raramente también delincuentes. Cerca de un millar de familias desestabilizadas a causa de divorcios o separaciones se han reconstruido, y al día de hoy no se trata de un hecho habitual. Muchas mujeres han obtenido la deseada maternidad y después vienen a bautizar aquí a su hijo. Muchos, finalmente, han pedido el bautismo, también ex musulmanes. Así que ¿por qué no dar a conocer al mundo estos frutos positivos?

--¿Prevén alguna iniciativa particular por el décimo aniversario?

--Monseñor Grillo: Se ha preparado un dossier que será publicado en breve a nivel nacional. Y además hay 44 libros de registro, llenos de firmas y de pensamientos de los visitantes, que en mi opinión recogen todas las angustias de nuestro tiempo. Pero también todas las esperanzas de quien se dirige a María.

--¿Y en estos días está programada una celebración especial?

--Monseñor Grillo: Cada año, en la noche del 1 al 2 de febrero, los fieles parten del centro de la ciudad y llegan a la localidad de Pantano recorriendo a pié los doce kilómetros del trayecto. Este año fueron 1.500 y desafiaron un frío intenso. Tenga presente que hasta hace 20 años Civitavecchia era considerada «la Stalingrado del Lazio»: el 60% de comunistas, una ciudad anticlerical y anárquica. Hoy creo que este hecho ha dejado huella. Ciertamente, si es verdad que la Virgen ha llorado, no creo que haya llorado sólo por Civitavecchia.

--Desde el punto de vista pastoral, ¿qué ha representado para usted este acontecimiento?

--Monseñor Grillo: Como obispo estoy muy contento porque la parroquia de San Agustín en Pantano se ha convertido en un centro de evangelización no sólo para la ciudad, sino para Italia y el mundo entero. En el último registro de asistencia, relativo a los meses de noviembre y diciembre de 2004, conté doce peregrinaciones externas, desde Sri Lanka a América Latina. Nosotros nos esforzamos para indicar la verdadera devoción a María, que es aquella que lleva a Cristo. Y creo que esta enseñanza es ampliamente acogida. Por lo demás, pienso que estas cosas tienen necesidad de sedimentación, espera y gran paciencia. Lo sobrenatural, especialmente en un mundo que no cree en Dios y que ha perdido los valores, no se puede demostrar si no da frutos.

--¿Y para el obispo Grillo qué frutos ha dado?

--Monseñor Grillo: Después de aquella mañana del 15 de marzo permanecí bajo «shock» durante dos o tres años. La Virgen desbarajustó mi vida y me impulsó a una mayor interiorización; ha aumentado por mi parte el esfuerzo de estar atento y abierto a las necesidades de los fieles. Por ello me he dedicado mucho más a la dirección espiritual, además del trabajo pastoral.

--¿Alguna vez ha hablado de la Virgen con Juan Pablo II?

--Monseñor Grillo: En el curso de la última visita «Ad limina», el Santo Padre me preguntó por la eventualidad de construir un santuario. Le dije que estaba dispuesto a hacerlo, pero también le pedí que me ayudara a abrir en Civitavecchia una casa de las religiosas de la Madre Teresa de Calcuta. Desearía, de hecho, que los frutos espirituales y materiales de un santuario fueran también y sobre todo a favor de los pobres.