Fue un misionero español quien descubrió las fuentes del Nilo

El jesuita Pedro Paéz llegó dos siglos antes que los británicos Burto y Speke

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Por Marco Tosatti

ROMA, martes 22 mayo 2012 (ZENIT.org).- Richard Francis Burton y sobre todo John Hanning Speke han pasado a la historia como los descubridores en 1858 de las fuentes del Nilo, que situaron en el Lago Victoria. Pero, en realidad, fue un jesuita español de Madrid, Pedro Paéz, quien había descubierto, dos siglos antes, cuál era la fuente principal de uno de los más grandes ríos del mundo.

La “reivindicación” la ha hecho el escrito español Fernando Paz, en su libro “Antes que Nadie”, de la editorial Libroslibres. Paz dedica un capítulo al heroísmo del jesuita madrileño, que anticipó en dos siglos la revelación de uno de los grandes mitos de la historia. Burton y Speke en efecto descubrieron el origen del Nilo Blanco, en el punto más lejano de la desembocadura, en el lago Victoria, pero en un río lo que cuenta es el caudal de agua, y en este caso es el Nilo Azul el que lleva el 80% de las aguas, y que recoge las del Nilo Blanco hasta Omdurman.

Y son justo estas aguas las que encontró el padre Paéz. El jesuita nació en 1564 en Olmeda de la Cebolla, estudió en Coimbra, se hizo sacerdote en Goa, e inició un viaje para llegar a la costa somalí. Una odisea que le llevó a todo tipo de aventuras: paludismo, piratas, captura por los turcos, torturas y cárcel, y por último la venta como esclavo al sultán de Yemen.

Y luego la travesía a pie del desierto, alimentándose de langostas. Páez recorrió y describió zonas como el desierto de Habramaut y Rub-al-Khali, de cuyo descubrimiento dos siglos más tarde se atribuyeron el mérito otros europeos.

En 1603, decidió partir para evangelizar Etiopía, se hacía llamar Abdullah y se puso en marcha. Se quedó en Abisinia veinte años y un día, acompañando al rey en un paseo a caballo descubrió las fuentes del Nilo. Era el 21 de abril de 1618. “Confieso que me alegré de ver lo que antiguamente desearon tanto ver el rey Ciro y su hijo Cambises, el gran Alejandro y el famoso Julio César”, escribió en su “Historia de Etiopía” en 1620, donde trata su descubrimiento con desprendimiento. Le interesaban más los bautismos.

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