Globalización: El reto; humanizar el trabajo

El cardenal Tettamanzi, arzobispo de Génova ante la cumbre del G-8

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GÉNOVA, 29 mayo 2001 (ZENIT.org).- Ha llamado a los potentes a la responsabilidad hacia los débiles. Ha condenado la globalización, entendida como nueva forma de colonialismo. Ha tronado contra los riesgos de la explotación que caen sobre la cabeza de los más indefensos. Al mismo tiempo, el cardenal Dionigi Tettamanzi ha tendido la mano a la próxima cumbre de los países más industrializados y Rusia (G-8) que se celebra el próximo mes de julio en la ciudad de la que es Arzobispo, Génova.



Los movimientos antiglobalización han anunciado las típicas movilizaciones, que en ocasiones degeneran en actos de violencia, contra ese acontecimiento. En Génova ya no se habla de otra cosa.

Por este motivo, se esperaban con gran interés las palabras del arzobispo en el tradicional encuentro de la Iglesia en Génova con el mundo del trabajo, con motivo de la peregrinación al Santuario de Nuestra Señora de la Guardia.

En su homilía, el cardenal Tettamanzi citó más de una vez a Juan Pablo II y el hilo conductor de su homilía fue precisamente el trabajo: «Se necesita la convicción de que el trabajo, que nos hace falta para vivir y para ser hombres, debe ser tutelado de las muchas insidias, viejas y nuevas, que incesantemente lo amenazan, si no en su existencia, sí en su dignidad y en su calidad. Y entre estas insidias, hoy están también las relacionadas con el proceso de la globalización».

La relación entre trabajo y globalización es difícil, reconoció el arzobispo de Génova. «Se trata de un fenómeno decididamente nuevo, ambivalente, con muchas implicaciones, con rasgos en
claroscuro, y de todos modos con importantísimas repercusiones sobre la vida de las personas y los pueblos».

El miedo del cardenal es que el trabajo se convierta en una mercancía más, «un objeto de compra, al menor precio posible, en el gran bazar de la llamada "aldea global"».

«De esta manera --añadió--, nacen nuevos riesgos de explotación, especialmente duros para los pueblos más pobres, que son la mayoría de la humanidad, pero visibles también entre nosotros, sin que, en este nuevo contexto, se vea el afirmarse de nuevas reglas».

Por este motivo, el cardenal lanzó una propuesta: «Dado que el trabajo constituye el eslabón débil de la cadena económico-financiera, debe ser tutelado y protegido en esta estación de la globalización».

Por último, en la peregrinación, en la que estaban presentes los sindicatos de Génova, el cardenal animó con palabras de cariño a los empresarios y emprendedores a tratar de poner en práctica ese «modo de hacer empresa que tiene en cuenta el factor humano». Un aplauso sindicalista acogió estas palabras.