Globalización y migración, dos desafíos a la nueva evangelización

¿Cómo integrar respetando identidad, cultura y tradiciones religiosas?

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Por Nieves San Martín

CIUDAD DEL VATICANO, viernes 12 octubre 2012 (ZENIT.org).- En las congregaciones generales y más concretamente en los círculos menores, los padres sinodales e invitados van exponiendo sus preocupaciones y también experiencias que en sus diócesis han sido fructíferas y que bien podrían servir de inspiración a otras Iglesias locales.

Ante la evidente imposibilidad de dar una a una todas las interesantes aportaciones y sugerencias de los participantes, hemos hecho una selección de algunos temas apuntados por quienes vienen de tierras americanas, son de origen hispano y conocen bien aquella realidad o en su calidad de visitadores apostólicos están al tanto de la realidad española.

Uno de los temas que ha despuntado en las intervenciones es el que proponemos a continuación. En días sucesivos, vendrán otros reiteradamente señalados por los participantes en el Sínodo.

Globalización y migración

El arzobispo hispano de Los Ángeles José Horacio Gómez, Estados Unidos, apuntó desde el principio de su intervención al fenómeno de la globalización, como signo de los tiempos que presenta un claro desafío a la nueva evangelización de la Iglesia. La migración masiva en todo el mundo ha producido “un nuevo encuentro y una nueva 'mezcla' de culturas”.

Requiere, en primer lugar “proteger a las poblaciones inmigrantes de ser marginadas y explotadas”. En ello, la Iglesia debe ser “un signo para nuestro mundo de que Dios está con nosotros y que para sus ojos amorosos no hay nadie extranjero y todos somos hermanos y hermana”.

Vista desde el punto de vista positivo, la globalización es “un momento providencial para hacer avanzar la misión de la Iglesia de transformar la humanidad en la única familia de Dios”. Es una llamada “a una nueva proclamación del misterio de la Iglesia como la familia universal de Dios”.

Por ello, la Iglesia debe ser “sacramento” --signo e instrumento- por el cual “la universal familia de Dios es hecha realidad en la historia”. También es una llamada a planificar “desde nuestras ricas tradiciones de piedad y espiritualidad popular” la evangelización. “Son un tesoro”, dijo, parte de la “buena noticia” “que queremos ofrecer para llevar a los hombres y mujeres a la participación en el Cuerpo y Sangre y sean partícipes de la vida divina”. “Estamos llamados a ser santos”, por ello hay que señalar “los senderos a la santidad en la vida cotidiana”.

“Necesitamos encontrar el 'lenguaje' que mejor presente los medios tradicionales de santificación –sacramentos, oración, obras de caridad- de una manera atractiva y accesible a quien vive en la realidad de una sociedad globalizada, secular, urbana”.

Con “nuestro rico tesoro de espiritualidad católica, elaborado desde la inculturación del Evangelio en 'toda nación bajo el cielo', y nuestra buena noticia del 'plan familiar' de Dios para la historia, estamos en posesión de recursos poderosos para nuestra evangelización de la cultura en el contexto de la creciente globalización y secularización en nuestras sociedades”

En un sentido parecido, se expresó el obispo de Piedras Negras Alonso Garza Treviño, México: “Ante los riesgos o las amenazas de la fe que profesan las personas que emigran, es importante que la Iglesia brinde el apoyo necesario a través de una pastoral que incluya a ellos y a sus familias, y recordarles sus tareas primordiales como célula viva de la sociedad e Iglesia doméstica”. “Todos los miembros de la Iglesia debemos ver en el fenómeno migratorio un llamado a vivir el valor evangélico de la fraternidad”.

Respeto a la identidad

Y el visitador apostólico para los ucranios de rito bizantino en Italia y España, monseñor Dionisio Lachovicz OSBM, obispo titular de Egnazia, se centró en los emigrantes procedentes del Este europeo. Un fenómeno que ha abierto problemas y oportunidades nuevas y seguramente un “escenario de la nueva evangelización”, citando el documento de trabajo en sus números 67, 70 y 75. Como visitador apostólico, de los dos países citados, ha podido constatar “la maravillosa acogida fraterna dada por la Iglesia católica latina a estos fieles, abriendo el espacio de sus propias iglesias, proporcionando asistencia con sacerdotes del mismo rito, prestándoles ayuda social, que para muchos de estos fieles ha sido también la oportunidad para redescubrir la propia fe”.

Sin embargo, a veces, en algunos lugares, sin darse cuenta, en un comprensible intento de integración de los inmigrantes en el tejido social y eclesial del país de acogida, “esta integración eclesial de los fieles pertenecientes a Iglesias 'sui iuris', puede ser problemática porque se puede crear un proceso de latinización muy dañino para los mismos fieles, como, por otra parte, atestiguan hechos históricos muy dolorosos, que registran incluso el paso de estos fieles a otras confesiones no católicas o al abandono de la propia fe”.