Globalizar la solidaridad exige un cambio de mentalidad, asegura el Papa

En un mensaje a la asamblea de Caritas Internationalis

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CIUDAD DEL VATICANO, 7 julio 2003 (ZENIT.org).- Juan Pablo II ha pedido un radical cambio en la concepción de la solidaridad a nivel internacional en el mensaje que ha escrito con motivo de la decimoséptima Asamblea General de Caritas Internationalis que se celebra del 7 al 12 de julio.



Con el lema «Globalizando la solidaridad», la reunión congrega en Roma a 450 delegados de más de 150 Caritas nacionales que están estableciendo un plan de acción para el conjunto a la institución para los próximos cuatro años.

La misiva pontificia, dirigida a monseñor Youhanna Fouald El-Hage, presidente de Caritas Internationalis y obispo maronita de Trípoli del Líbano, comienza reconociendo que «La globalización ha pasado a ser el horizonte obligado de toda política».

Pero, «para que la solidaridad sea mundial --asegura el Papa--, debe tener en cuenta, realmente, a todos los pueblos que forman las regiones del mundo».

«Esto exige todavía mayores esfuerzos, y sobre todo, plenas garantías internacionales para las organizaciones humanitarias, que a menudo se ven alejadas de las áreas de conflicto, muy a pesar suyo, porque no reciben garantías de seguridad ni se les asegura el derecho de prestar ayuda a las personas», añade.

«Globalizar la solidaridad exige también trabajar en estrecha y constante relación con las organizaciones internacionales, que garantizan el derecho y la legalidad, para equilibrar de una forma nueva las relaciones entre los países ricos y los países pobres, para que cesen las relaciones de asistencia en una sola dirección que contribuyen, con demasiada frecuencia, al incremento del desequilibrio mediante un mecanismo de deuda permanente», reconoce el mensaje del Papa.

«Sería más conveniente realizar una auténtica cooperación sobre la base de relaciones paritarias y reciprocas, que reconozcan el derecho de todos y cada uno a ser dueños de su propio futuro», explica Juan Pablo II.

El mensaje concluye con una advertencia dirigida particularmente a los creyentes.

«Buscar la mundialización de la solidaridad no exige sólo adaptarse a las nuevas exigencias de la situación internacional o a los cambios de las leyes del mercado, sino que constituye ante todo una respuesta a los llamamientos apremiantes del Evangelio de Cristo», explica.

«Para nosotros, los cristianos, así como para todos los hombres y mujeres, exige un verdadero camino espiritual, la conversión de las mentes y de las personas», insiste.

Por eso, termina diciendo: «Para que la ayuda ofrecida al otro deje de ser la limosna del rico al pobre --humillante para este último y quizá fuente de orgullo para el primero--, para que se convierta en algo compartido fraternalmente --es decir, en reconocimiento de una auténtica igualdad entre todos--, es necesario volver a comenzar de Cristo, arraigar nuestra vida en el amor de Cristo, que hace de nosotros sus hermanos».