Guerra tras las patentes de los medicamentos

Continúa el punto muerto por los intereses farmacéuticos en conflicto

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NUEVA YORK, 22 marzo 2003 (ZENIT.org).- Las primeras esperanzas de hacer más asequibles en los países pobres medicinas que salvan vidas se han demostrado excesivamente optimistas. A pesar de los esfuerzos internacionales del año pasado para facilitar patentes de productos farmacéuticos, un reciente encuentro ministerial en Tokio no logró hacer progresos en el tema, informó la BBC el 16 de febrero.



El tema está en discusión desde que se celebró el encuentro de la Organización Mundial de Comercio (OMC) que tuvo lugar en Qatar en noviembre del 2001. El acuerdo de la OMC que regula esta área lleva el nombre de Aspectos Relacionados con el Comercio de los Derechos de Propiedad Intelectual (TRIPS, por sus iniciales en inglés). El acuerdo cubre una amplia serie de temas, desde los derechos de reproducción y marcas comerciales, hasta el diseño de productos y los secretos comerciales. Las patentes de productos farmacéuticos son sólo una parte del acuerdo, pero esta área ha atraído la mayor parte de la atención debido a los altos precios de los medicamentos usados para tratar el Sida.

El encuentro de febrero en Tokio fue en sí mismo un último intento, tras el fracaso de lograr un acuerdo antes de la fecha límite que expiraba a finales del 2002. En aquel momento, en una nota de prensa de la OMC del 20 de diciembre, el director general de la organización, Supachai Panitchpakdi, lamentaba el fracaso de los gobiernos miembros de la OMC y especialmente de aquellas naciones que no pueden fabricar por sí mismas medicamentos cruciales.

La idea es permitir a estos países pobres importar los productos farmacéuticos de productores genéricos . Las actuales normas de la OMC permiten a los países en vías de desarrollo producir copias genéricas de medicamentos patentados, para el tratamiento de enfermedades específicas. Sin embargo, los países que carecen de la capacidad de producir estos medicamentos más baratos, siguen con las manos vacías.

El representante comercial de Estados Unidos, Robert Zoellick, afirmaba ante el congreso que una atmósfera de desconfianza había frustrado los esfuerzos para alcanzar un tratado, que garantice a los países pobres el acceso a medicamentos más baratos, informaba Reuters el 26 de febrero.

Testificando ante el Comité de Medios de la Cámara de Representantes, Zoellick decía que las empresas farmacéuticas de Estados Unidos temen que se cree un inmenso agujero si los fabricantes genéricos en los países de renta media producen y exportan algunos de los medicamentos patentados y más lucrativos de las empresas norteamericanas.

Reuters observaba que Estados Unidos acusa a los activistas de los medicamentos y a países tales como Brasil e India, con grandes industrias de fabricación de genéricos, de intentar expandir la lista de las enfermedades y de países importadores más allá de lo acordado en noviembre del 2001.

Crítica a Estados Unidos
Otros muchos echan la culpa de la falta de un acuerdo en la materia a Estados Unidos. Según el Financial Times del 21 de diciembre, fue Estados Unidos quien bloqueó un acuerdo que concedía a los países pobres el acceso a copias genéricas baratas de medicinas patentadas.

Estados Unidos se preparó para ir un poquito más allá de su anterior posición en el borrador del acuerdo. Querían en un primer momento limitar el acuerdo a los medicamentos que cubrían el Sida, la tuberculosis, la malaria y epidemias similares. Pero, después, también estuvieron de acuerdo en cubrir otras enfermedades tropicales importantes que preocupan a los países más pobres. Todos los demás miembros de la OMC, informaba Financial Times, afirmaron que se podría aceptar una fórmula más vaga basada en una declaración de los ministros en Qatar, que hacía referencia a serios problemas de salud pública en los países en vías de desarrollo.

Dos miembros del Banco Mundial --el director gerente Mamphela Ramphele y el economista jefe Nicholas Stern-- defendían una relajación de las normas sobre producción de los medicamentos genéricos en los países en vías de desarrollo. Facilitar las normas para enfermedades determinadas como Sida, malaria y tuberculosis no es suficiente, afirmaban en un artículo de opinión del 1 de marzo en el New York Times.

«Los países en desarrollo las ven como un incumplimiento de las promesas de los países ricos de que las conversaciones sobre comercio irían dirigidas a sus necesidades», comentaban. Además, la mitad de las muertes prematuras en los países pobres se dan por causas no infecciosas tales como ataques al corazón y cáncer. «¿Tiene menos derecho a una medicina que cueste menos un niño que muere de leucemia que un niño que tiene Sida?», preguntaban.

John Sulston, director del Wellcome Trust Sanger Institute y co-ganador del Premio Nobel de Medicina del 2002, defendía que la mayoría de las razones dadas por las compañías contra el permitir la producción de genéricos de sus medicamentos patentados carecen de base. Escribiendo en el diario británico Guardian el 18 de febrero, Sulston afirmaba que las compañías farmacéuticas no perderán beneficios puestos que los países pobres son de todas maneras mercados pequeños.

En cuanto a los temores de que los genéricos del Tercer Mundo terminen siendo exportados a los países ricos, Sulston defendía que los mercados más lucrativos están altamente regulados y, así, son más difíciles de burlar. Ni tampoco tienen validez las preocupaciones sobre que los genéricos significarán menos beneficios y menos dinero para investigación y desarrollo de nuevos medicamentos, afirmaba. La investigación es cara, reconocía Sulston. Pero apuntaba que las compañías farmacéuticas más importantes sólo gastaban un 15% de sus presupuestos en I+D.

Un ensayo de Philippe Cullet, profesor de leyes en la Universidad de Londres examinaba el conflicto entre derechos de propiedad y salud. En un artículo de la entrega de enero de International Affairs, Cullet observaba que la cuestión del acceso a las medicinas es un tema central en cualquier consideración del derecho humano a la salud.

Observaba que cerca de un tercio de la población mundial no tiene acceso a los medicamentos básicos, y más de la mitad en zonas de Asia y África. Los resultados positivos de limitar las patentes son evidentes en lugares tales como la India, defendía. La India adoptó en 1970 una legislación que prohibía las patentes en los medicamentos. Esta ley, al permitir ignorar las patentes existentes y copiar las medicinas, permitió el desarrollo de una industria farmacéutica local. Cuando la primera legislación entró en vigor, la producción doméstica alcanzaba el 25% del mercado. Ahora, alcanza el 70% de los medicamentos genéricos.

El juicio por las patentes
Las patentes tienen sus defensores también. Los límites impuestos por India a las patentes, por ejemplo, recibieron una acerada crítica en un artículo del 26 de septiembre en el Wall Street Journal, a cargo de dos comentaristas indios. Barun Mitra y Richard Tren defendían que la India, en la práctica, ha obstaculizado la innovación al no permitir las patentes.

Hacían notar que del 60% al 80% de los pacientes buscan remedios de quienes practican la medicina tradicional o de medicinas alternativas. De hecho, argumentaban, el débil régimen de patentes en India ha contribuido poco a mejorar la calidad del servicio sanitario. Además, la amplia disponibilidad de productos baratos y falsificados está defraudando al consumidor de productos de calidad.

También observaron que los precios de los medicamentos sólo constituyen una pequeña proporción de los costes totales de los cuidados médicos. Quienes están verdaderamente preocupados por los pacientes y la calidad de los sistemas de salud deberían centrarse en la forma de administración y no sólo en el precio de los medicamentos, defendían.

Por su parte, Stuart Eizenstat, que ha trabajado en los departamentos del tesoro, de estado y de comercio de Estados Unidos durante la administración Clinton, sostenía que las patentes de medicinas traen beneficios.

En un artículo publicado el 19 de diciembre por el Financial Times, citaba el caso de Jordania, que en 1999 se unió a la OMC y adoptó duras leyes de propiedad intelectual. Como resultado, defendía Eizenstat, la industria farmacéutica de Jordania ha gozado de un flujo de inversiones y transferencia tecnológica. Además, las exportaciones del país de productos farmacéuticos genéricos de alta calidad han aumentado un 25% entre 1999 y 2001, y la protección de las patentes no ha afectado los precios de los productos en el mercado doméstico.

El acuerdo TRIPS, explicaba el profesor de leyes Cullet, se refiere principalmente a la protección de los derechos de propiedad. Y hasta hace poco el sistema de propiedad intelectual no se había tenido preocupaciones socioeconómicas. Pero la salud como derecho humano ha recibido una atención en aumento en los últimos años.

Juan Pablo II, en un discurso del pasado 11 de abril a los miembros de la Pontificia Academia de Ciencias Sociales, pidió una globalización de la solidaridad. Argumentaba a favor de una «solidaridad social» que ponga, junto a la persecución del interés individual, la búsqueda de la dignidad y derechos de las personas. Asegurar un adecuado acceso a los medicamentos es seguramente uno de los campos que piden la aplicación de esta solidaridad.