Hacer realidad los derechos humanos, misión del nuevo Consejo de la ONU; según la Santa Sede

El arzobispo Lajolo hace un llamamiento al derecho a la vida y a la libertad de conciencia

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GINEBRA, lunes, 26 junio 2006 (ZENIT.org).- La misión del nuevo Consejo de los Derechos del Hombre de las Naciones Unidas consiste en hacer que éstos dejen de ser pura teoría para que se conviertan en una realidad concreta, considera la Santa Sede.



Así lo expuso el arzobispo Giovanni Lajolo, secretario de la Santa Sede para las Relaciones con los Estados, al intervenir el 20 de junio ante la primera sesión de esta realidad que sustituye la debilitada Comisión de los Derechos del Hombre después de sesenta años de existencia.

«El nuevo Consejo de los Derechos del Hombre está llamado a cerrar la brecha entre el conjunto de los enunciados del sistema de convenciones de los derechos humanos y la realidad de su aplicación en las diferentes partes del mundo», afirmó el prelado.

El representante papal trazó «una visión panorámica» del estado de los derechos humanos «preocupante».

Si se tienen en cuenta los derechos proclamados por las Naciones Unidas en sus tratados y declaraciones, constató, «no hay ninguno que no sea gravemente violado en numerosos países, por desgracia también en algunos de los miembros del nuevo Consejo».

«Es más, hay gobiernos que continúan pensado que el poder determina, en última instancia, el contenido de los derechos humanos y, por tanto, se consideran autorizados a recurrir a prácticas aberrantes», denunció.

Entre las violaciones más frecuentes, mencionó «imponer el control de los nacimientos, negar en ciertas circunstancias el derecho a la vida, pretender controlar la conciencia de los ciudadanos y el acceso a la información, negar el acceso a un proceso judicial público y al derecho a la propia defensa, reprimir a los disidentes políticos, limitar la inmigración sin distinciones».

Otras de las prácticas extendidas que atentan contra la dignidad humana denunciadas por monseñor Lajolo son: «permitir el trabajo en condiciones degradantes, aceptar la discriminación de la mujer, restringir el derecho de asociación, son algunos ejemplos de los derechos más violados».

Ante esta situación, el arzobispo hizo un llamamiento, en nombre de la Santa Sede, al respeto de dos derechos fundamentales: el derecho a la vida y a la libertad de conciencia.

El derecho a la vida, dijo, debe tener lugar «desde el primer momento de la existencia humana, es decir, desde la concepción hasta su final natural: el hombre y la mujer son personas por el simple hecho de que existen, y no por su capacidad más o menos desarrollada de expresarse, de entrar en relación o de hacer valer sus derechos».

El segundo llamamiento lanzado por el prelado «afecta a los derechos a la libertad de conciencia y a la libertad religiosa, pues el ser humano tiene una dimensión interior y trascendente, que es parte integrante de su mismo ser».

«Negar una dimensión así es atentar gravemente contra la dignidad humana; significa negar la libertad de espíritu; diría incluso: es atentar contra la existencia humana misma, pues implica transformar al hombre en un simple engranaje de un proyecto de organización social», afirmó.

Antes de despedirse, monseñor Lajolo se dirigió a los países ricos para pedirles que comprendan que «los derechos humanos de todos los habitantes de un país, incluidos los inmigrantes, no se oponen al mantenimiento y al crecimiento del bienestar general ni a la preservación de los valores culturales».

Y luego dirigió la palabra a las naciones en vías de desarrollo para invitarles a comprender que «los procesos de desarrollo económico y la promoción de la justicia y de la igualdad social serán mucho más eficaces y rápidos si se reconocen plenamente los derechos humanos, en vez de no respetarlos por motivos utilitaristas».

«La Santa Sede cree en el hombre. La fe y la confianza en cada hombre, en cada mujer, no defraudará nunca», concluyó el arzobispo, que a partir del 15 de septiembre será presidente de la Pontificia Comisión para el Estado de la Ciudad del Vaticano y presidente de la Gobernación del mismo Estado.