Hacia una renovada pastoral de las vocaciones al sacerdocio ministerial

Documento de la Conferencia Episcopal Española en vísperas del Día del Seminario

Madrid, (Zenit.org) Redacción | 2177 hits

Sumario

Introducción

1. El encuentro con Cristo

2. La llamada al sacerdocio

3. Lugares de llamada y propuestas para la acción pastoral

Final: una llamada a la esperanza

Introducción

La Jornada Mundial de la Juventud celebrada en Madrid del 16 al 21 de agosto de 2011 fue un momento especial de gracia y amor de Dios para nuestras diócesis. El Santo Padre Benedicto XVI nos ofreció un conjunto de enseñanzas en relación a la pastoral con los jóvenes. También nos dejó orientaciones para la formación de los futuros sacerdotes, especialmente en la homilía de la santa Misa con los seminaristas celebrada en la catedral de Santa María la Real de la Almudena. Asimismo, en diferentes momentos se ha referido al tema de la vocación.

El domingo 21 de agosto mantuvo un encuentro con los vo­luntarios de la JMJ en el que les planteó con toda claridad la cuestión de la vocación: «Es posible que en muchos de vosotros se haya despertado tímida o poderosamente una pregunta muy sencilla: ¿Qué quiere Dios de mí? ¿Cuál es su designio sobre mi vida? ¿Me llama Cristo a seguirlo más de cerca? ¿No podría yo gastar mi vida entera en la misión de anunciar al mundo la gran­deza de su amor a través del sacerdocio, la vida consagrada o el matrimonio? Si ha surgido esa inquietud, dejaos llevar por el Señor y ofreceos como voluntarios al servicio de Aquel que “no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por la multitud” (Mc 10, 45)»[1].

La noche anterior, en la vigilia de oración con los jóvenes, en el aeródromo de Cuatro Vientos, les había dicho: «En esta vigilia de oración, os invito a pedir a Dios que os ayude a descubrir vues­tra vocación en la sociedad y en la Iglesia y a perseverar en ella con alegría y fidelidad. Vale la pena acoger en nuestro interior la llamada de Cristo y seguir con valentía y generosidad el camino que él nos proponga. A muchos, el Señor los llama al matrimonio (…). A otros, en cambio, Cristo los llama a seguirlo más de cerca en el sacerdocio o en la vida consagrada. Qué hermoso es saber que Jesús te busca, se fija en ti y con su voz inconfundible te dice también a ti: “¡Sígueme!” (cf. Mc 2, 14)»[2].

Tenemos presente también que el día 4 de noviembre de 2011 se cumplieron los setenta años del motu proprioCum nobis, con el que el venerable papa Pío XII instituyó la Pontificia Obra para las Vocaciones Sacerdotales. Con ocasión de este aniversario, tuvo lugar en Roma un Congreso internacional en el que se com­partieron las iniciativas vocacionales más significativas y se su­brayó la conveniencia de presentar con mayor claridad la figura del sacerdocio ministerial[3]. Asimismo, la Congregación para la Educación Católica ha publicado el 25 de marzo del 2012 un do­cumento titulado Orientaciones pastorales para la promoción de las vocaciones al ministerio sacerdotal[4].

Así pues, en continuidad con el impulso renovador que supuso el Año Sacerdotal[5] en nuestros presbiterios, teniendo en cuenta las aportaciones de los recientes documentos y congresos sobre pastoral vocacional, a partir de la dinamización que la JMJ ha pro­ducido en la pastoral juvenil de nuestras diócesis, y con ocasión del doctorado de san Juan de Ávila, los obispos de las Iglesias que peregrinan en España ofrecen al pueblo cristiano este docu­mento con la finalidad de propiciar la oración por las vocaciones, reflexionar sobre el trabajo de promoción vocacional, compartir tanto las dificultades como las esperanzas de quienes trabajan en el ámbito de la pastoral vocacional, y, finalmente, ofrecer algunas propuestas pastorales.

Nos mueve a ello la preocupación que causa tanto a los pasto­res como a las comunidades eclesiales el descenso progresivo de las vocaciones sacerdotales que tiene lugar en Occidente en las últimas décadas. Por ello, no podemos eludir algunas preguntas que están presentes en el ambiente: ¿nos hallamos en un «invier­no vocacional» del todo irrecuperable en Occidente? ¿El descen­so vocacional es un «signo de los tiempos»? ¿Falta coordinación con la pastoral familiar y la pastoral juvenil? ¿Nos falta pericia en la pastoral vocacional? ¿Nos falta oración y confianza en Dios?

A este respecto, evocando la parábola del sembrador, el papa Benedicto XVI afirmaba que la tierra donde se debe sembrar la semilla de la vocación es principalmente el corazón de todo hom­bre, pero en modo particular de los jóvenes, a los que se presta servicio de escucha y acompañamiento. El corazón de estos jóve­nes, añadía el Santo Padre, es «un corazón a menudo confuso y desorientado y, sin embargo, capaz de contener en sí mismo im­pensables energías de donación; dispuesto a abrirse en las yemas de una vida gastada por amor a Jesús, capaz de seguirlo con la totalidad y la certeza que viene del haber encontrado el mayor tesoro de la existencia»[6].

¿Cuáles son las causas de esta confusión o desorientación que pueden afectar a un joven de hoy? Y, al mismo tiempo, ¿cómo podemos despertar en él esas energías de donación que posee en sí mismo y la capacidad de seguir con totalidad y certeza a Je­sús? Sin duda, aquí reside el núcleo de la cuestión que nos ocupa. Nuestra reflexión constará de tres partes: en primer lugar analiza­remos algunos rasgos característicos del contexto socio-cultural y también consideraremos cómo se debe preparar la tierra para que pueda dar fruto; en segundo lugar, trataremos de la llamada al sa­cerdocio; por último, reflexionaremos sobre los lugares y ámbitos de llamada y algunas propuestas de pastoral vocacional.

1. El encuentro con Cristo

En este primer capítulo analizaremos algunas características del contexto socio-cultural; después presentaremos el objetivo fundamental de la pastoral juvenil, que no es otro que propiciar el encuentro con Cristo; seguidamente, nos centraremos en los dos grandes criterios de acción propuestos especialmente por el Santo Padre Benedicto XVI para acercar a los jóvenes a Dios y para enseñarles la amistad con Jesucristo.

1.1. Contexto sociocultural actual

En líneas generales podemos afirmar que nos encontramos in­mersos en un proceso de secularización aparentemente imparable y en un contexto cultural y social condicionado por fuertes co­rrientes de pensamiento laicista que pretenden excluir a Dios de la vida de las personas y de los pueblos, e intentan que la fe y la práctica de la religión se consideren como un hecho meramente privado, sin relevancia alguna en la vida social. Por otra parte, en nuestra sociedad no pocas personas tienen una idea de Dios equivocada y confusa, y una concepción incompleta sobre el ser humano y su relación con Dios. La consecuencia es que se pue­den acabar imponiendo planteamientos desviados y falsos sobre la verdadera naturaleza de la vocación, que dificultan enorme­mente su acogida y su comprensión[7].

Dicho proceso de secularización, unido al fenómeno de la glo­balización, ha producido una serie de cambios profundos en los diversos campos de nuestra sociedad. Actualmente constatamos una crisis en la transmisión de cultura, tradiciones, valores, etc., y también en la transmisión de la fe. Esta crisis va asociada a los cambios que se han producido en la institución familiar. La apa­rición de una cultura consumista, secularizada y materialista, que erosiona los cimientos tradicionales de la familia y desprecia mu­chos de los valores que hasta ahora habían sostenido las relacio­nes entre los pueblos y las sociedades. La familia, institución que ayuda al sujeto en su correcto proceso de inserción en la sociedad, se encuentra hoy con serias dificultades para mantener vivo uno de sus roles principales: la transmisión de valores y tradiciones.

El presente cambio cultural va logrando que se desvanezca la concepción integral del ser humano, es decir, su relación con el mundo, con los demás seres humanos y con Dios. El resulta­do es «un hombre débil, sin fuerza de voluntad para comprome­terse, celoso de su independencia, pero que considera difíciles las relaciones humanas básicas como la amistad, la confianza, la fidelidad a los vínculos personales»[8]. Un hombre falto de consis­tencia, fragmentado y «líquido». En este sentido, somos testigos de la primacía de la subjetividad y del individualismo, que des­embocan frecuentemente en la despreocupación por el bien co­mún para dar paso a la realización inmediata de los deseos de los individuos, a la creación de nuevos y, muchas veces, arbitrarios derechos individuales[9].

En consecuencia, podemos decir que la capacidad de corres­ponder a la llamada de Dios queda en cierta medida debilitada por ciertas corrientes de la cultura actual que propugnan la libertad sin compromiso, el afecto sin amor y la autonomía sin respon­sabilidad. De esta forma, los jóvenes pueden vivir eternamente indecisos ante la disparidad de ofertas y quedar sumidos en la indiferencia ante la cantidad de informaciones que les llegan, sin una formación adecuada para que puedan ser procesadas. Son los verdaderos espejismos de nuestra sociedad que reducen la felici­dad al instinto, las virtudes a habilidades, los valores a estrategias, y que dificultan enormemente escuchar la voz de Dios.

Nuevas oportunidades

Pero no todo es negativo. También podemos reseñar aspectos po­sitivos de la sociedad en general y del mundo juvenil en particular. Por encima de todo, es preciso que sepamos descubrir los puntos de encuentro con los jóvenes actuales, detectar sus aspiraciones más profundas para poder aprovechar todas las oportunidades, todas las posibilidades de activar la generosidad de sus corazones[10]. Se pue­den enumerar algunos elementos que servirán de ayuda para revita­lizar nuestra pastoral juvenil y vocacional.

Como punto de partida, se debe tener muy presente que la ju­ventud «es la edad en la que la vida se desvela a la persona con toda la riqueza y plenitud de sus potencialidades, impulsando la búsque­da de metas más altas que den sentido a la misma»[11]. Es la riqueza de contener el proyecto completo de la vida futura, de descubrir, de programar, de elegir, de prever y de tomar las primeras decisiones, que tendrán importancia para el futuro tanto en lo personal como en la dimensión social. Esa riqueza inherente a la juventud no tiene por qué alejar al hombre de Cristo. Al contrario, debe conducir al joven hasta Jesús para formularle las preguntas fundamentales sobre la vida y su sentido, sobre el proyecto de vida y la vida eterna, como hace el joven rico del Evangelio (cf.Lc 18, 18-23). La juventud es una riqueza que se manifiesta en estas preguntas que se hace todo ser humano, sobre todo en su etapa de juventud[12].

En segundo lugar, podemos afirmar que en la actualidad se da un mayor respeto a la persona humana y a su dignidad, y en líneas generales tiene lugar una mayor sensibilidad por la promoción de los derechos humanos, aunque se den dolorosas excepciones en temas fundamentales que afectan a la vida y a la familia. Este hecho permite nuevas posibilidades de evangelización porque fa­cilita una propuesta antropológica, teológica y espiritual que la Iglesia está llamada a poner al servicio de nuestra sociedad y de la cultura, y, más en concreto, al servicio de nuestra pastoral con los jóvenes. La Iglesia propone unos principios que se fundamentan en el amor a Dios y el respeto absoluto a la persona y a la vida hu­mana. Este respeto incondicional a la persona se convierte en un testimonio nuevo y eficaz, que es capaz de crear una cultura de la vida. Este camino, a su vez, nos permite entrar en el diálogo sobre la cuestión de la conciencia y de la experiencia del ser humano, de su búsqueda del sentido de la vida y de su capacidad de abrirse a la trascendencia.

Otra oportunidad que podemos señalar es el deseo de libertad personal propio de la condición juvenil. Los jóvenes tienen como un sentido innato de la verdad, y la verdad debe servir para la li­bertad. A la vez, los jóvenes tienen también un espontáneo anhelo de libertad. Pero es preciso recordarles que ser verdaderamente libres es saber usar la propia libertad en la verdad. Ser verdadera­mente libres no significa hacer todo aquello que me gusta o tengo ganas de hacer, porque la libertad contiene en sí el criterio de la verdad, más aún, la disciplina de la verdad. Ser verdaderamente libres, en definitiva, significa usar la propia libertad para lo que es un bien verdadero[13]. El mensaje del Evangelio, la Palabra de Dios, posee una fuerza infinita de liberación porque es portador de la verdad.

En cuarto lugar, reparemos en el valor que los jóvenes dan a la coherencia de vida, al testimonio, componente esencial en la auténtica vivencia de la fe. Aquí encontramos posibilidades de in­cidir en una sociedad que está saturada de mensajes, pero a la vez está ávida de testimonios creíbles. Las doctrinas se transmiten a través de mensajes que expresan verdades, pero el testimonio de vida es el mejor medio para transmitir formas de conducta, valores y actitudes. Un testimonio de vida personal y también comunitario auténticamente cristiano será el camino mejor para tender puentes con los jóvenes de hoy, que valoran especialmente la autenticidad y la sinceridad.

Por último, vale la pena tener en cuenta también la experien­cia del voluntariado, tan extendida hoy entre el mundo juvenil, que se manifiesta en múltiples campañas de ayuda al Tercer y Cuarto Mundo. También se va generalizando en los jóvenes la participación en iniciativas de defensa de la naturaleza y el medio ambiente. Crece entre ellos la conciencia de que la sostenibilidad es responsabilidad de todos y que la conservación del planeta se convierte en una cuestión cada vez más urgente. El mismo papa Benedicto XVI ha valorado de forma muy positiva el fenómeno del voluntariado como camino de un compromiso asumido según los criterios de una ética cristiana. Según él, es «una escuela de vida para los jóvenes, que educa a la solidaridad y a estar disponi­bles para dar no solo algo, sino a sí mismos. De este modo, frente a la anticultura de la muerte, que se manifiesta por ejemplo en la droga, se contrapone el amor, que no se busca a sí mismo, sino que (…) se manifiesta como cultura de la vida»[14].

1.2. Llamados al encuentro con Cristo

Según el relato del Génesis, «al principio creó Dios el cielo y la tierra» (Gén 1, 1), llamando a las criaturas para que del no-ser, vinieran a la existencia. También el hombre fue creado de esta manera: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza» (Gén 1, 26). Por tanto, podemos afirmar que la primera vocación es la llamada a la existencia, a la vida. Ahora bien, el ser humano será objeto de una vocación especial: dialogar con el Creador, colaborar con él, poner nombre a las cosas creadas, vivir en una profunda y amistosa relación con Dios. En definitiva, es llamado a vivir en comunión con Dios.

El deseo natural de Dios está inscrito en el corazón del hombre por la sencilla razón de que este ha sido creado por Dios y para Dios. Por eso, solo en Dios puede apagar su sed de trascendencia, solo en Dios puede encontrar la verdad, el bien, la felicidad y el sosiego que anhela su corazón. La constitución pastoral Gaudium et spes del concilio Vaticano II lo expresa bellamente: «La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hom­bre a la unión con Dios. Desde su mismo nacimiento, el hombre es invitado al diálogo con Dios. Existe pura y simplemente por el amor de Dios, que lo creó, y por el amor de Dios, que lo con­serva. Y solo se puede decir que vive en la plenitud de la verdad cuando reconoce libremente ese amor y se confía por entero a su Creador»[15].

Esta referencia, este deseo, se halla en lo profundo del corazón humano. Dios crea por amor y el sentido de la vida del ser huma­no consiste en ser amado por Dios y por los demás, y en corres­ponder a ese amor amando a Dios y a los demás. Esta es la gran verdad de la vida, la que llena de sentido, de felicidad y plenitud toda existencia[16]. De ahí la inquietud de buscar a Dios, el anhelo interior que conduce hasta el encuentro del Señor. De ahí que solo en el Señor se pueda hallar el descanso y la paz. San Agustín resumirá magistralmente ese camino de búsqueda y encuentro, de inquietud y de hallazgo: «Nos has hecho para ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que repose en ti»[17].

El amor de Dios ha sido manifestado a lo largo de la Historia de la Salvación, y al llegar la plenitud de los tiempos, Dios envía a su Hijo porque quiere salvar a todos los hombres y hacerlos hi­jos suyos por adopción (cf.Gál 4, 4-5). El Hijo eterno del Padre se ha encarnado, ha asumido la naturaleza humana haciéndose en todo igual a nosotros, excepto en el pecado. El ser humano es elevado a la dignidad de hijo de Dios por Cristo y en Cristo. Él es el centro del cosmos y de la historia, el Redentor del hombre y del mundo, de todo el género humano y de cada persona[18]. Cada persona es objeto de la entrega y del amor de Cristo, a todos los ha reconciliado con el Padre.

El comienzo de la vida cristiana

La persona de Jesucristo es el centro de la vida y de la misión de la Iglesia, es la esencia del cristianismo. La vida cristiana co­mienza después de un encuentro personal con Él. El papa Bene­dicto XVI, en la introducción de su encíclica Dios es amor, lo resume magistralmente: «No se empieza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acon­tecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva»[19]. Cristo sale al encuen­tro de todo ser humano para presentarse como Camino, Verdad y Vida, para saciar su sed de felicidad, para llenar de sentido su existencia.

Los destinatarios de la pastoral juvenil son los jóvenes con­cretos en su situación concreta, y la finalidad de dicha pastoral es que lleguen a vivir la vida nueva en Cristo[20]. Por eso hemos de propiciar el encuentro con Cristo que les cambie el corazón, la experiencia profunda de fe que renueve radicalmente sus vidas y les lleve a un compromiso de totalidad. Este, en definitiva, es el plan de Dios para todos sus hijos, aunque aquí nos referimos más concretamente al ámbito de los jóvenes.

Para poder evangelizar al joven de hoy es preciso conocer su realidad personal y la situación en que se encuentra en relación a la fe y la religión. Actualmente nos encontramos con una gran diversidad de personas y de situaciones que exige a su vez una gran variedad de itinerarios y de pedagogía. Solo así podremos ofrecer una propuesta personalizada y con sentido. Entre el punto de partida y el de llegada está el acompañamiento personal para discernir en cada momento según los ritmos de maduración y los procesos concretos, conscientes de que todos son llamados a vivir la madurez de la fe y a la participación en la comunidad cristiana. También es necesario conocer la realidad de la sociedad en que vive el joven y cómo condiciona su vida. Es lo que hemos inten­tado hacer en el apartado precedente.

1.3. Alentar la esperanza en los jóvenes

La cuestión de la esperanza es un elemento antropológico fun­damental de la pastoral juvenil y vocacional porque está en el centro de la vida humana y porque en la actualidad ha adquiri­do una particular relevancia. Sin duda constituye uno de los ejes doctrinales y pastorales del pontificado de Benedicto XVI. Su segunda encíclica, Spe salvi[21], está dedicada al tema de la espe­ranza, apuntando a lo esencial del corazón humano, en una época marcada entre otras cosas por una manifiesta crisis de esperanza debido a las dificultades acuciantes del momento presente, y des­pués de constatar que no se han cumplido las expectativas forja­das a partir de los avances de la ciencia y de la técnica o de las grandes revoluciones de la historia reciente.

Estos tiempos de desesperanza afectan particularmente a la edad juvenil. Un importante número de jóvenes vive en la sospecha y desconfianza ante los que rigen la sociedad y sus instituciones y a la vez en la desesperanza respecto a los cambios que necesita la sociedad, sumergida en crisis políticas, económicas, financieras, y también de valores. En algunos casos el descontento se canaliza a través de protestas no exentas de violencia. En otros casos cabe el peligro de desembocar en una especie de letargo colectivo, de que se instalen en la evasión consumista al comprobar que las expecta­tivas de futuro se desvanecen por la imposibilidad de encontrar un empleo estable, de formar una familia, de llevar a término proyec­tos personales, etc. En ambos casos se renunciaría a la insatisfac­ción e inconformismo creativos tan propios de la condición juvenil y que mantienen la tensión de los más altos ideales.

En esta tesitura, el Mensaje que el Santo Padre ofreció a los jóvenes del mundo con ocasión de la XXIV Jornada Mundial de la Juventud[22], el año 2009, recordando el encuentro de Sydney y en camino hacia el de Madrid, está centrado en el tema de la esperanza y contiene unas pistas muy iluminadoras a partir de una cita de la primera carta de san Pablo a Timoteo: «Hemos puesto la esperanza en el Dios vivo» (1 Tim 4, 10). Podemos señalar cuatro jalones de un itinerario para reavivar la esperanza en los jóvenes. Como punto de partida, la consideración de que la juventud es tiempo de esperanza; seguidamente, la búsqueda y encuentro de una gran esperanza que llene la vida: Cristo; en tercer lugar, el aprendizaje, el ejercicio y el crecimiento de la esperanza; por último, la llamada a ser testigos de esperanza en el mundo.

En primer lugar, por tanto, la cuestión de la esperanza está en el centro de la vida humana. El ser humano tiene necesidad de esperanza, pero no de cualquier esperanza pasajera, sino de una esperanza creíble y duradera, que resista el embate de las dificultades. La juventud es tiempo de esperanzas, porque mira hacia el futuro con expectativas y porque tiene toda una vida por delante. La juventud es el tiempo en que se formulan las grandes preguntas sobre el sentido de la vida; es el tiempo en el que se van fraguando y se toman las decisiones que serán determinantes para el resto de la vida. Ahora bien, ¿dónde encontrar la llama de la esperanza y cómo mantenerla viva en el corazón?[23]

El ser humano, en busca de esperanza

El ser humano busca constantemente la esperanza y se pre­gunta dónde la podrá hallar, quién se la puede ofrecer. Según el Santo Padre, la ciencia, la técnica, la política, la economía o cual­quier otro recurso material por sí solos no son capaces de ofrecer la gran esperanza a la que todo ser humano aspira. Por otra parte, la experiencia humana en general nos enseña que muchas espe­ranzas que se conciben a lo largo de la vida, cuando llega el mo­mento de verse cumplidas, no acaban de saciar la sed de sentido y de felicidad del corazón. Eso sucede porque la gran esperanza solo puede estar en Dios. La gran esperanza no es una idea, o un sentimiento o un valor, es una persona viva: Jesucristo[24].

La vida cristiana es un camino, una peregrinación y también una escuela de aprendizaje y de ejercitación de la esperanza. La oración, el encuentro con Dios, el diálogo con Él, la conciencia de que Él siempre escucha, siempre comprende, siempre ayuda, es la primera fuente de esperanza. También la esperanza se nutre de la Palabra de Dios y de la participación frecuente en los sacramen­tos. El actuar y el sufrir son asimismo lugares de aprendizaje. Por­que la esperanza cristiana es activa, transformadora del mundo, bajo la mirada amorosa de Dios. Y lo mismo el sufrir, el aceptar la realidad de la vida en lo que tiene de doloroso. La esperanza se nutre del saber sufrir y del sufrir por los demás[25].

La consecuencia lógica de la vida en Cristo que va aprendien­do, ejercitando y creciendo en la esperanza, es que el joven se convierte en un testigo de esperanza en medio del mundo. Si el Señor Jesús se ha convertido en el fundamento de su existencia, si ha colmado sus expectativas vitales, no es extraño que pro­ponga «con coraje y humildad el valor universal de Cristo, como salvador de todos los hombres y fuente de esperanza para nuestra vida»[26], tal como el Papa señalaba a los jóvenes en la memorable vigilia de oración en el aeródromo de Cuatro Vientos.

Por tanto, para reavivar la esperanza de los jóvenes, es preciso que la pastoral juvenil y vocacional se dirija a todos ellos, a los más próximos y a los que están alejados, y se oriente a devolverles el entusiasmo por encontrar el verdadero sentido de su vida, por desarrollar todas sus potencialidades, por mirar hacia el futuro y trabajar con un proyecto de vida centrado en Cristo. De esta for­ma podrán llegar a fructificar las inmensas energías de donación que sin duda están presentes en lo profundo de sus corazones.

Reanimar la esperanza en los jóvenes significa también abrir­les a un futuro lleno de promesas y posibilidades y especialmente ayudarles a superar el miedo a las decisiones definitivas. El futuro se comienza a construir mediante las elecciones que se hacen en el presente. Es preciso que elijan aquellas promesas y opciones que abren realmente al futuro, incluso cuando estas acarrean re­nuncias. Si el camino que lleva hacia el futuro se hace sin Dios, lleva a la oscuridad, al gran vacío existencial. Por eso, la opción fundamental del joven debe construirse sobre el fundamento fir­me que es nuestro Señor Jesucristo[27].

La fuerza del Espíritu que Dios ha puesto en cada persona, en cada joven, proyecta hacia el futuro y ayuda a vencer el miedo a tomar grandes decisiones. El Dios que nos ha amado y nos sigue amando es la gran esperanza, la gran fuerza del hombre, que re­siste a pesar de todas las desilusiones[28]. Es muy importante que se sepa presentar a las nuevas generaciones la certeza de esta prome­sa como algo por lo que vale la pena gastar la propia vida. Nues­tro acompañamiento y nuestro testimonio vivo de esperanza serán los instrumentos que les ayuden a ver que la Iglesia no les deja solos ante los desafíos de la vida, ni ante sus decisiones absolutas.

1.4. Educar a los jóvenes en la fe

La segunda propuesta de acción del papa Benedicto XVI para la pastoral juvenil se relaciona con la educación en la fe. Es una cuestión que le preocupa vivamente, hasta el punto de hablar de «emergencia educativa» o de calificar dicha educación como una tarea cada vez más difícil[29]. Ahora bien, se trata de una prioridad pastoral de la Iglesia y además es un elemento imprescindible para conocer a Dios, conocerse a sí mismo, conocer el ambien­te que rodea al joven, profundizar en la fe para poder dar razón de la propia fe y de la esperanza. Esta formación ha de estar en conexión con el joven y con su compromiso apostólico y en ella han de estar presentes los elementos más genuinos de la fe y de la tradición cristiana[30].

Es una tarea particularmente difícil en la actualidad por dife­rentes razones, todas ellas consecuencia de las corrientes de pen­samiento laicista que transcurren en nuestra cultura secularizada. Desde el agnosticismo, que se propone apagar el sentido religioso inscrito en lo profundo del ser humano, hasta el relativismo, que erosiona las certezas más hondas[31]. Las dificultades son un desa­fío y un estímulo para los jóvenes, que han de aplicarse en una formación amplia y profunda que les sirva para respuesta a las interpelaciones que reciban. Por otra parte, la educación en la fe tiene una finalidad en sí misma: crecer en conocimiento y amor de Cristo. No se puede amar, no se puede entrar en amistad con alguien a quien no se conoce.

El joven está llamado a construir la propia vida sobre Cristo, como recordaba el lema de la JMJ de Madrid, a edificar la vida sobre el cimiento firme que es Cristo. Él es el Redentor de todo el género humano y de cada persona concreta de la historia. En Él y por Él Dios se ha revelado plenamente a la humanidad; por Él y en Él hemos sido elevados a la dignidad de hijos de Dios. Él ha abierto para nosotros el camino hacia Dios, para que podamos alcanzar la vida plena. Cristo es la roca firme sobre la que edificar la vida. Al edificar la vida sobre Cristo, se proyecta su luz sobre la humanidad, porque la vida se fundamenta en la verdad[32].

La cuestión de la verdad ha de ocupar un lugar central en la tarea de educación de la fe de los jóvenes. Como señalaba el beato Juan Pablo II, «la fe y la razón son como las dos alas con las cua­les el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la ver­dad. Dios ha puesto en el corazón del hombre el deseo de conocer la verdad y, en definitiva, de conocerle a Él para que, conocién­dolo y amándolo, pueda alcanzar también la plena verdad sobre sí mismo»[33]. Actualmente, no pocos jóvenes encuentran dificul­tades para discernir la verdad. Hoy día se repite con frecuencia la pregunta del escéptico Pilato: «¿Qué es la verdad?» (Jn 18, 38). Pues bien, en definitiva, la verdad no es un misterio inescrutable, la verdad es una persona: Jesucristo[34].

Cristo es el Señor de la creación y de la historia, todo fue crea­do por Él y para Él y todo se mantiene en Él (cf.Col 1, 16-17). Por eso, si el diálogo entre la fe y la razón se realiza con rigor y honestidad, brinda la posibilidad de percibir el carácter razonable de la fe en Dios y de descubrir que la realización de las aspiracio­nes humanas se encuentra en Cristo. En consecuencia, en la tarea de educación en la fe no se debe tener miedo de confrontar la fe con los avances del conocimiento humano, al contrario, es preci­so promover una «pastoral de la inteligencia», de la cultura, de la persona, que responda a todos los interrogantes. Los jóvenes, por su parte, han de avanzar con decisión y confianza en su camino de búsqueda de la verdad[35].

Fundamentos de la educación en la fe

La formación de los jóvenes requiere una sólida base doctrinal y espiritual para crecer auténticamente en el conocimiento de la Verdad-Cristo y en la coherencia de la fe. Se fundamenta en el contacto vivo con la Palabra de Dios y en las indicaciones de la Iglesia, que orienta en el discernimiento de la verdad de Cristo, por medio de la Tradición viva y el Magisterio[36]. La importancia de esta educación en la fe se hace cada vez más urgente en una época marcada por un horizonte relativista, caracterizado por la orfandad de referencias, en el que se hace cada vez más difícil ha­blar de convicciones y certezas. En esta situación, hay que man­tener como objetivos generales en la educación: la búsqueda de la verdad y el bien, del sentido de las cosas y de la vida, así como la aspiración a la excelencia.

La educación en la fe no consiste en un simple adoctrinamien­to intelectual. En este sentido, no puede prescindir ni de la vida espiritual, ni tampoco sería completa sin la acción apostólica. La vida espiritual busca la unión con Cristo a través de la oración, como encuentro y diálogo personal en la fe con Dios; a la luz de la meditación de la Palabra de Dios, que ilumina, interpela y transforma. La Iglesia vive y celebra el encuentro entre Cristo re­sucitado y los hombres a través de los sacramentos, que son acon­tecimientos en los que la gracia llega al corazón de la persona y a la historia por medio de palabras y gestos realizados según dis­puso el Señor. Los siete sacramentos acompañan la vida humana desde el inicio hasta el tránsito a la vida eterna. En este camino, la Eucaristía es fuente y culminación de toda la vida cristiana y de toda la vida de la Iglesia[37].

La educación en la fe comporta también la acción apostóli­ca, que es consecuencia del Bautismo y la Confirmación, conse­cuencia del envío misionero de Jesús. Una acción que ha de estar orientada a colaborar en la construcción del Reino de Dios y a ser fermento evangélico en los diferentes ambientes reconociendo y sirviendo al Señor en los pobres y enfermos, en toda persona ne­cesitada. Una acción que se lleva a cabo a través del testimonio de una palabra convencida y convincente y de una vida coherente que convierte al joven en un testigo fiel, en un mensajero de la Buena Nueva que manifiesta, en toda su existencia, una vivencia gozosa y esperanzada.

El Santo Padre Benedicto XVI en la carta apostólica Porta fidei invita a los creyentes de todas las edades a reflexionar sobre la fe, a redescubrir sus contenidos, a vivirla como experiencia de un amor que se recibe y se comunica, a transmitirla mediante un testimonio coherente[38]. Es un proceso de vida cristiana en el que el joven va madurando en la formación, la vivencia de la fe y el testimonio de vida. A la vez, en ese proceso de crecimiento de la vida de fe, ha de ir descubriendo y viviendo la propia vocación y misión. Uno de los objetivos de la formación de los jóvenes es ayudarles a descubrir la propia vocación desde una actitud de disponibilidad y también ayudarles a realizar la misión encomendada[39].

2. La llamada al sacerdocio

Como decíamos en el capítulo anterior, el objetivo fundamen­tal de la pastoral de juventud consiste en propiciar en el joven un encuentro con Cristo que transforme su vida, que le haga des­cubrir en Cristo la plenitud de sentido de su existencia. Por otra parte, la pastoral de juventud tiene que ayudar a cada joven a plantear la vida como vocación, a descubrir su vocación concreta y a responder a la llamada de Dios con generosidad. En este ca­pítulo trataremos de la universal y común vocación a la santidad y al apostolado que brotan del Bautismo y de la Confirmación. Después, sin olvidar que dicha vocación se especifica en diversas vocaciones laicales y de especial consagración, nos centraremos en la llamada al ministerio sacerdotal.

2.1. La llamada a la vida en Cristo

La llamada a la vida en Cristo es personal y está inscrita en un proyecto que Dios tiene para cada ser humano. Todo comienza con una iniciativa y una llamada de Cristo a la puerta del corazón del hombre: «Mira, estoy de pie a la puerta y llamo. Si alguien escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo» (Ap 3, 20). Es la manifestación en el tiempo de un designio eterno. Es una llamada a realizar la propia vida en comunión con el Padre, por Cristo, en el Espíritu Santo, y, en consecuencia, la suprema realización personal y comunitaria del ser humano. La mediación ordinaria de esta llamada es el Bautismo.

La vida cristiana comienza en el sacramento del Bautismo. Por el Bautismo somos incorporados al Pueblo de Dios, somos cons­tituidos hijos del Padre, miembros del Cuerpo de Cristo, templos del Espíritu Santo: miembros de la Iglesia «congregada en virtud de la unidad del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo»[40]. El Bau­tismo produce en nosotros una nueva vida y nos hace partícipes de la misión del Señor. La vocación que el cristiano recibe en el Bautismo consiste en vivir plenamente su condición de hijo de Dios y en ser testigo de Jesucristo. Todas las vocaciones especí­ficas a las que el Señor llama tienen su origen en esta vocación bautismal.

El concilio Vaticano II, al recordar al Pueblo de Dios la uni­versal vocación a la santidad, la fundamenta en la consagración bautismal: «Los seguidores de Cristo, llamados por Dios no en razón de sus obras, sino en virtud del designio y gracia divinos y justificados en el Señor Jesús, han sido hechos por el Bautismo, sacramento de la fe, verdaderos hijos de Dios y partícipes de la divina naturaleza, y por lo mismo, realmente santos. En conse­cuencia, es necesario que con la ayuda de Dios conserven y per­feccionen en su vida la santificación que recibieron»[41].

El beato Juan Pablo II afirma en la exhortación postsinodal Christifideles laici que «la vocación a la santidad hunde sus raí­ces en el Bautismo y se pone de nuevo ante nuestros ojos en los demás sacramentos, principalmente en la Eucaristía»[42], y destaca, además, que la vocación a la santidad «constituye un componente esencial e inseparable de la nueva vida bautismal»[43].

Mediante los sacramentos del Bautismo y la Confirmación, el fiel es ungido, consagrado, constituido en templo espiritual y puede repetir de alguna manera las palabras de Jesús: «El Espíritu del Se­ñor está sobre mí; por lo cual me ha ungido para evangelizar a los pobres, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos, y a proclamar el año de gracia del Señor» (Lc 4, 18-19; cf. Is 61, 1-2)[44]. Desde el momento del Bautismo se empieza a participar de la misión del Pueblo de Dios. Esta dimensión apostólica del Bautismo se mani­fiesta de manera más plena en la Confirmación, por la cual los cris­tianos «se comprometen mucho más, como auténticos testigos de Cristo, a extender y defender la fe con sus palabras y sus obras»[45].

Todos los miembros del Pueblo de Dios están llamados a la santidad y al apostolado: los sacerdotes, los diáconos, los miem­bros de la vida consagrada y los fieles laicos; a su vez, todos participan en la misión de la Iglesia con carismas y ministerios diversos y complementarios. Los diferentes estados de vida es­tán relacionados entre sí y ordenados mutuamente. El sacerdocio ministerial representa la garantía de la presencia sacramental de Cristo Redentor a lo largo de la historia. El diaconado hace pre­sente a Cristo como el servidor de la comunidad de los creyentes. Los miembros de la vida consagrada testifican en el mundo la índole escatológica de la Iglesia y ponen de manifiesto la prima­cía de Dios y de los valores evangélicos. Los laicos contribuyen a la transformación del mundo desde dentro, como el fermento, mediante el ejercicio de sus propias tareas, manifestando a Cristo con su palabra y testimonio. El matrimonio es la vocación del mayor número de fieles laicos, que están llamados a ser testigos del amor de Cristo en el mundo[46].

De esta forma, el cristianismo aparece como la comunicación del amor que viene de Dios a los hombres y mujeres de este mun­do. No en vano Jesús, después del discurso de despedida a los Apóstoles, concluyó así su oración por los suyos: «Les he dado a conocer y les daré a conocer tu nombre, para que el amor que me tenías esté en ellos, y yo en ellos» (Jn 17, 26).

Dimensión eclesial y comunitaria

La llamada de Dios es personal. Dios llama a cada uno por su nombre, pero quiere salvar y santificar a todos y cada uno no de forma aislada, sino constituyendo una comunidad de llamados, un pueblo[47]. La Iglesia es el pueblo que Dios reúne en el mundo entero. La Iglesia de Dios existe y se realiza en las comunidades locales como asamblea litúrgica, sobre todo en la celebración de la Eucaristía. Su origen no está en la voluntad humana, sino en un designio nacido en el corazón del Padre.

La Iglesia es preparada en la Antigua Alianza e instituida por Cristo Jesús y manifestada por el Espíritu Santo[48]. Al Hijo es a quien corresponde realizar el plan de salvación del Padre, en la plenitud de los tiempos. Para cumplir la voluntad del Padre, Cris­to inauguró el Reino de los cielos en la tierra. El germen y el comienzo del Reino son el «pequeño rebaño» que Jesús convoca en torno suyo. El Señor la dotará de una estructura con la elección de los Doce y de Pedro como su Primado. Ellos y los demás dis­cípulos participan en la misión de Cristo.

La Iglesia es santa, y todos sus miembros están llamados a la santidad. En el marco de esa llamada universal, el Señor elige luego a personas que a través del ministerio sacerdotal cuiden de su pueblo y que ejerzan una función paterna, cuya raíz está en la paternidad misma de Dios[49]. Toda vocación nace, se alimenta y se desarrolla en la Iglesia y a ella está vinculada también por el destino y la misión. La pastoral juvenil tiene como finalidad úl­tima ayudar a que los jóvenes entren por el camino de la vida de oración y del diálogo personal y profundo con el Señor que les ha de ayudar a escuchar su llamada y a tomar decisiones en las que queda afectada toda la existencia. La dimensión vocacional es parte integrante de la pastoral juvenil, más aún, podemos decir que el espacio natural y vital de la pastoral vocacional es la pasto­ral juvenil, y que la pastoral juvenil solo es completa si incorpora en su proyecto la pastoral vocacional[50].

Por esta razón las comunidades diocesanas y parroquiales es­tán llamadas a reforzar el compromiso en favor de las vocaciones al sacerdocio ministerial[51]. Solo las comunidades cristianas vivas saben acoger con prontitud las vocaciones y después acompañar­las en su desarrollo. En definitiva, «la pastoral vocacional tiene como sujeto activo, como protagonista, a la comunidad eclesial como tal, en sus diversas expresiones: desde la Iglesia universal a la Iglesia particular y, análogamente, desde esta a la parroquia y a todos los estamentos del Pueblo de Dios»[52]. La comunidad cris­tiana será el ámbito que facilitará el encuentro del joven con Je­sús, que acompañará el proceso educativo de su respuesta, que le ayudará a corresponder a la llamada de Dios. La parroquia tradi­cionalmente es el lugar por excelencia de experiencia comunitaria y de anuncio del evangelio de la vocación. También los diferentes movimientos y nuevas realidades eclesiales constituyen un ámbi­to privilegiado para la experiencia de comunidad cristiana.

2.2. La vocación sacerdotal

La vocación al sacerdocio ministerial comienza por un en­cuentro con el Señor, que llama a dejarlo todo y a seguirle, que quiere que su llamada se prolongue en una vida de amistad con él y una participación en su misión que compromete toda la exis­tencia. La vocación es un misterio que afecta a la vida de todo cristiano, pero que se manifiesta con mayor relieve en los que Cristo invita a dejarlo todo para seguirle compartiendo vida y misión. Como expresaba el Santo Padre Benedicto XVI, «la vo­cación no es fruto de ningún proyecto humano o de una hábil estrategia organizativa. En su realidad más honda, es un don de Dios, una iniciativa misteriosa e inefable del Señor, que entra en la vida de una persona cautivándola con la belleza de su amor, y suscitando consiguientemente una entrega total y definitiva a ese amor divino (cf. Jn 15, 9.16)»[53].

El significado de la vocación lo encontramos en la respues­ta que Jesús da a Juan y Andrés, discípulos de Juan el Bautista, cuando le preguntan dónde vivía. «Venid y veréis» (Jn 1, 39), les responde el Maestro. Dios es quien tiene la iniciativa, quien lla­ma; y toda vocación cristiana es un don suyo que tiene lugar en la Iglesia y mediante la Iglesia, que es el lugar en que las vocaciones se generan y educan. La vocación cristiana en todas sus formas es un don destinado al crecimiento del Reino de Dios en el mundo, a la edificación de la Iglesia. La vocación sacerdotal se ordena a estos fines de un modo específico, a través del sacramento del Orden, con una configuración peculiar con Jesucristo[54].

La historia de toda vocación sacerdotal comienza con un diálo­go en el que la iniciativa parte de Dios y la respuesta corresponde al hombre. El don gratuito de Dios y la libertad responsable del hombre son los dos elementos fundamentales de la vocación. Así lo encontramos siempre en las escenas vocacionales descritas en la Sagrada Escritura. Y así continúa a lo largo de la historia de la Iglesia en todas las vocaciones. Las palabras de Jesús a los Após­toles, «no sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido» (Jn 15, 16), reflejan esa primacía de la gracia de la vocación, de la elección eterna en Cristo (cf. Ef 1, 4-5)[55].

Es imposible describir las fases y los episodios de cada voca­ción, porque la vocación es personal, diversa e intransferible en cada persona. Dios llama a cada uno según su voluntad de amor y con un gran respeto por la libertad que tiene el sujeto para abrir la puerta al Señor a fin de que se adentre en el interior del que es llamado. Los caminos del Señor pueden tomar la forma de des­cabalgar súbitamente a Pablo del caballo que le conducía por la vida, o tomar la forma de una suave y persistente inclinación en el ánimo que experimenta el llamado desde su infancia. En todo caso, las biografías de los sacerdotes santos pueden ilustrarnos acerca de los momentos decisivos de su vocación.

Lo que sí podemos es fijar nuestra mirada en las vocaciones de los apóstoles narradas por los evangelios. Según narra el evange­lio de san Marcos (3, 13-15), «Jesús subió al monte, llamó a los que quiso y se fueron con él. E instituyó doce para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar, y que tuvieran autoridad para expulsar a los demonios». San Lucas, por su parte, subraya la oración previa de Jesús: «En aquellos días, Jesús salió al monte a orar y pasó la noche orando a Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, escogió de entre ellos a doce, a los que también nombró Apóstoles» (Lc 6, 12-13).

El papa Benedicto XVI, en su libro Jesús de Nazaret, subra­ya que «la elección de los discípulos es un acontecimiento de oración; ellos son, por así decirlo, engendrados en la oración, en la familiaridad con el Padre. Así, la llamada de los Doce tiene, muy por encima de cualquier otro aspecto funcional, un profundo sentido teológico: su elección nace del diálogo del Hijo con el Padre y está anclada en él. También se debe partir de ahí para entender las palabras de Jesús: «Rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies» (Mt9, 38): a quienes trabajan en la cosecha de Dios no se les puede escoger simplemente como un patrón busca a sus obreros; siempre deben ser pedidos a Dios y elegidos por Él mismo para este servicio»[56].

Jesús les llama a estar con Él, a ser sus compañeros, a formar con Él una comunidad de vida. Estar con Jesús equivale a seguirle ya que Él tiene palabras de Vida eterna; escucharle en todas y cada una de sus palabras; imitarle, con la inspiración y la interpretación que da el Espíritu al seguimiento de la Palabra que es Jesús mismo. Estar con Él para que lo puedan conocer, para que puedan penetrar el misterio de su vida, de su unión con el Padre. Por eso les procura una formación más amplia y profunda que al resto de los discípu­los, comparte con ellos la vida diaria y están siempre presentes en los momentos más trascendentales, les enseña a rezar, responde a sus interrogantes, y los va preparando para que sean partícipes de su misión.

El objetivo de la llamada es doble: la comunión con Él y la participación en su misión. Por eso los enviará a predicar con poder para arrojar los demonios «y curar toda enfermedad y toda dolencia» (Mt 10, 1). Los envía a anunciar el Evangelio, a llevar su mensaje por todo el mundo, a ser testigos suyos ante los hom­bres. No son meros repetidores de una doctrina aprendida, sino comunicadores de su palabra, de los misterios del Reino, de Cris­to mismo. Los envía para que den testimonio ante los hombres de lo que han visto y oído, de lo que han experimentado. Los envía a llevar la salvación a los confines de la tierra.

Tal como relata san Marcos, Jesús «llamó a los que quiso». La llamada es una decisión del Señor. Se trata ante todo de un don, de una gracia de Dios. No es un derecho del hombre, ni el resultado de un proyecto personal. Por eso no cabe ningún tipo de manipulacio­nes que pudieran inclinar la balanza de la decisión en una dirección concreta. También debe quedar excluido todo planteamiento del sacerdocio como posible camino de promoción social o de modus vivendi. El sacerdocio es un don de Dios que ha de producir una respuesta de gratitud y confianza por parte de la persona llamada, y una esperanza firme en la fidelidad de Dios[57].

La gracia de la llamada y la libertad en la respuesta no se opo­nen ni se contradicen. No se podría considerar una respuesta posi­tiva como válida si no se da desde la libertad, que es una condición esencial para la vocación. Vemos en los relatos evangélicos que hay ocasiones en que se da una respuesta negativa a la llamada de Jesús, como en el caso significativo del joven rico, debido a las exigencias que comporta el seguimiento (cf. Mt 19, 16-26). En este caso es debido a las ataduras de la riqueza. En otros casos puede ser debido a condicionamientos sociales y culturales[58].

También puede darse el caso de personas que tienen buena vo­luntad y quieren seguir ese camino, pero no es esa la voluntad de Dios, que tiene dispuesto un camino diferente para ellas. En el Evangelio encontramos un caso típico de esta situación en el en­demoniado que es curado por Jesús en el territorio de los gerase­nos (cf. Mt5, 1-20). Pide al Maestro formar parte de aquel grupo de los que estaban más próximos a Él, pero Jesús le encomienda una misión diferente: volver a casa con los suyos y anunciarles que el Señor ha tenido misericordia de él y le ha curado.

Cuando entran en conjunción las dos voluntades se realiza el ideal. La voluntad de Dios que llama y la del hombre que respon­de positivamente desde su libertad. Este es el modelo, el ejemplo que encontramos en la llamada de los cuatro primeros discípulos (cf. Mt 4, 18-21). La respuesta de Pedro, Andrés, Santiago y Juan será inmediata: dejando redes, barcas y familia, siguen a Jesús. Esa es la respuesta que antes dieron los profetas y todos los lla­mados a alguna misión en el Antiguo Testamento, después los apóstoles y discípulos en el Nuevo Testamento y también es la respuesta que se da en el tiempo de la historia de la Iglesia hasta la consumación de los siglos.

2.3. El camino de las mediaciones

La vocación sacerdotal es una relación que se establece entre Dios y el hombre en lo interior de la conciencia, en lo profundo del corazón, a partir de una llamada que provoca una respuesta. Es un misterio inefable que se realiza en la Iglesia, que está pre­sente y operante en toda vocación. El camino habitual en toda vocación es que el Señor se sirva de la mediación de la Iglesia a través de personas que suscitan, acompañan en el proceso y ayu­dan al candidato en el discernimiento[59].

El beato Juan Pablo II nos ofrece en Pastores dabo vobis un criterio orientador al poner como ejemplo a Andrés, uno de los dos primeros discípulos que siguieron a Jesús, que después de encontrarse con el Maestro explica a su hermano Simón lo que le había sucedido y más tarde lo lleva junto a Jesús. Posterior­mente el Señor llamará a Simón diciéndole: «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que se traduce Pedro)» (Jn 1, 42). La iniciativa de la llamada es de Jesús, que llama a Simón e incluso le da un nuevo nombre. Ahora bien, Andrés ha aportado su colaboración, ha propiciado el encuentro de su hermano con el Maestro[60].

El núcleo de la pastoral vocacional de la Iglesia, la clave, el método a seguir, encuentra su inspiración en esta acción que lleva a cabo Andrés con su hermano Pedro de «llevarlo a Jesús». Esta es la forma con la que la Iglesia cuida del nacimiento y crecimien­to de las vocaciones ejerciendo las responsabilidades propias de su ministerio. La Iglesia tiene el derecho y el deber de promo­ver el nacimiento de las vocaciones sacerdotales y de discernir la autenticidad de las mismas, y después, de acompañarlas en el proceso de maduración a través de la oración y la vida sacramen­tal; a través del anuncio de la Palabra y la educación en la fe, con la guía y el testimonio de la caridad.

En la tarea de la pastoral vocacional todos somos responsa­bles[61]. La responsabilidad recae en la comunidad eclesial, en todos los estamentos y ámbitos del Pueblo de Dios. El primer responsable es el obispo, que está llamado a promover y coordi­nar las iniciativas pertinentes. Los presbíteros han de colaborar con entrega, con un testimonio explícito de su sacerdocio y con celo evangelizador. Los miembros de la vida consagrada apor­tarán un testimonio de vida que pone de manifiesto la primacía de Dios a través de la vivencia de los consejos evangélicos. Los fieles laicos tienen una gran importancia, especialmente los ca­tequistas, los profesores, los educadores, los animadores de la pastoral juvenil. También hay que implicar a los numerosos gru­pos, movimientos y asociaciones de fieles laicos. Por último, es preciso promover grupos vocacionales cuyos miembros ofrez­can la oración y la cruz de cada día, así como el apoyo moral y los recursos materiales.

La familia cristiana tiene confiada una responsabilidad parti­cular, puesto que constituye como un «primer Seminario»[62]. Ac­tualmente la institución familiar atraviesa no pocas dificultades, pero la Iglesia sigue confiando en su capacidad educativa y de transmitir aquellos valores que capacitan al sujeto para plantear su existencia desde la relación con Dios. El futuro de las voca­ciones se forja, en primer lugar, en la familia. Para ello es una condición imprescindible que la familia cristiana esté abierta a la vida, cumpliendo generosamente el servicio a la vida que le corresponde y aplicándose con dedicación y esmero en la tarea de educar a los hijos en la fe. La presencia y cercanía del sacerdote en este proceso será de gran ayuda y a la vez será un referente en el ámbito vocacional.

El discernimiento vocacional

El discernimiento es necesario para descubrir la voluntad de Dios a través de los signos presentes en el camino de la vida. Hay que analizarlos a partir de la oración y la reflexión com­partida, en un contexto comunitario-eclesial, desde la plena li­bertad personal, y desde la recta intención por parte de todos. Para que esta mediación sea realmente eficaz se debe superar la posible tentación de presionar a la persona para que siga nuestra voluntad en lugar de ayudarle a descubrir la voluntad de Dios. A la vez, es preciso evitar el peligro del extremo opuesto, el de excluir cualquier tipo de propuesta vocacional por miedo a con­dicionar su libertad.

A lo largo del proceso de discernimiento no hay que esperar manifestaciones extraordinarias o acontecimientos espectacula­res, más bien hay que estar atentos a los signos de vocación que tienen lugar en medio de la vida cotidiana para percibir el de­signio divino. La voz del Señor se suele expresar de dos modos, uno interior y otro exterior. El modo interior es el de la gracia, el del Espíritu Santo, el del Señor que llama en la profundidad insondable del alma humana, que atrae en lo más hondo del co­razón. El modo exterior es el visible, el comunitario, el eclesial, el de las mediaciones humanas que el Señor ha querido y ha instituido en la Iglesia[63].

3. Lugares de llamada y propuestas para la acción pastoral

En la Vigilia de oración con los sacerdotes, durante los actos de clausura del Año Sacerdotal, el papa Benedicto XVI afirma­ba: «En el mundo de hoy casi parece excluido que madure una vocación sacerdotal; los jóvenes necesitan ambientes en los que se viva la fe, en los que se muestre la belleza de la fe, en los que se vea que este es un modelo de vida, ‘el’ modelo de vida y, por tanto, ayudarles a encontrar movimientos, o la parroquia u otros contextos, donde realmente estén rodeados de fe, de amor a Dios, y así puedan estar abiertos a fin de que la vocación de Dios llegue y les ayude»[64]. Ciertamente, la situación es muy difícil, pero el Espíritu sopla donde quiere y no se puede apagar su voz. Nuestra tarea consistirá en colaborar humildemente a través de la promo­ción y del acompañamiento de las vocaciones. En este capítu­lo presentaremos en primer lugar algunos lugares de llamada y después también concretaremos diferentes propuestas de pastoral vocacional. Finalmente, subrayaremos la fuerza y la importancia del testimonio sacerdotal.

3.1. Lugares y ambientes propicios para la llamada

En primer lugar enumeraremos algunos lugares y ambientes que tradicionalmente se han considerado fundamentales para la promoción de las vocaciones. A la vez, será preciso hacer gala de creatividad evangélica para descubrir nuevas posibilidades que nos permitan propuestas nuevas en un tema tan vital para la vida de la Iglesia.

3.1.1. Parroquia y comunidades cristianas

La celebración litúrgica y la vida de oración

La celebración litúrgica tiene una función muy importante en la pastoral vocacional. Es la fuente de donde mana toda la fuerza de la Iglesia y la cumbre a la cual tiende toda su actividad. Impul­sa a los fieles a vivir con intensidad su fe, a actuar con la caridad de Cristo y a buscar su voluntad. Por eso es una gran escuela de la respuesta a la llamada de Dios. Las celebraciones litúrgicas, especialmente las eucarísticas, sitúan al creyente en comunica­ción con el misterio de la Pascua, descubren el verdadero rostro de Dios, y también manifiestan el rostro de la Iglesia. La grandeza del misterio celebrado, su fuerza y su capacidad transformadora, son lugar de encuentro y de llamada. Por eso es tan importante celebrar con dignidad y esmero, y ayudar a los jóvenes a vivir las celebraciones con profundidad en el seno de la comunidad cristiana[65].

La oración personal, en especial la meditación de la Palabra de Dios, constituye asimismo un espacio privilegiado para que el joven pueda descubrir el sentido profundo de su vida, la verdad de su ser y la voluntad de Dios. «Por eso es necesario educar, es­pecialmente a los muchachos y a los jóvenes, para que sean fieles a la oración y meditación de la Palabra de Dios. En el silencio y en la escucha podrán percibir la llamada del Señor al sacerdocio y seguirla con prontitud y generosidad»[66]. Por otra parte, la primera y fundamental actividad de pastoral vocacional es justamente la oración por las vocaciones. De ahí que toda la Iglesia diocesana ha de rezar incesantemente por las vocaciones, particularmente las comunidades de vida contemplativa y los enfermos[67].

La predicación y la enseñanza

La Iglesia debe llevar a cabo un anuncio claro y directo sobre el misterio de la vocación en general, fomentando una cultura de la vocación, de modo que todos los jóvenes lleguen a plantearse la propia vida como una vocación. También le corresponde anun­ciar la grandeza y la belleza del sacerdocio ministerial, su necesi­dad para el Pueblo de Dios y para el mundo de hoy, así como para el futuro de la nueva evangelización. Por eso se hace necesaria en el ámbito del ejercicio de su misión profética y de educación de la fe una presentación de la importancia del ministerio sacerdotal explícita y sin ambigüedades.

Si se silencia el evangelio de la vocación, no se anuncia la Buena Nueva completa, porque la vocación forma parte del contenido de la evangelización. La invitación al seguimiento y el envío misionero son parte integrante de la Palabra de Dios que es dirigida a los hombres. Y en este sentido, además de la Palabra anunciada a todos, entra en juego la palabra dirigida a cada uno en particular. Jesús llamó a todos a la conversión y a la salvación, y también llamó a algunos a un seguimiento en radicalidad y totalidad. Es, pues, necesario el anuncio expreso, personal y comunitario, de la Palabra, de la que forma parte el evangelio de la vocación.

Si la fe nace de la escucha de la Palabra de Dios (cf. Rom 10, 17), lo mismo se puede decir de la vocación. Por eso, las personas que intervienen a lo largo del proceso educativo, especialmente los sacerdotes, han de proponer con toda normalidad la vocación al presbiterado a aquellos jóvenes en los que se aprecian los do­nes y las cualidades necesarias. Ha de ser una propuesta clara y concreta, que si se hace con la palabra adecuada y en el mo­mento oportuno, puede llegar a ser determinante, y a provocar en ellos una respuesta generosa y comprometida. También es muy importante que la propuesta vaya acompañada por un testimonio sacerdotal de gozo y entrega, capaz de generar interrogantes y de conducir a decisiones definitivas[68].

La acción caritativa y social

La Iglesia es una comunidad de amor, de caridad. La cari­dad de la Iglesia es una manifestación del amor de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. El amor hacia los necesitados y las ac­ciones consecuentes para remediar sus males constituyen una tarea esencial para la Iglesia, forman parte de su naturaleza más profunda, porque la actividad de la Iglesia en todos sus miem­bros ha de ser expresión del amor de Dios. Un amor recibido, compartido, que busca el bien propio y el de la comunidad cris­tiana y que se proyecta buscando el bien de todo ser humano necesitado. Este ámbito de la acción caritativa y social de la Iglesia es, ciertamente, un lugar propicio para el encuentro con el Señor, para escuchar su llamada y para que florezcan autén­ticas vocaciones.

En esta dimensión esencial de la pastoral de la Iglesia, encon­tramos un punto de convergencia con el mundo del voluntariado. Como ya hemos dicho previamente, al hablar de las posibilida­des que el contexto actual presenta a la pastoral vocacional, los jóvenes de hoy muestran una particular sensibilidad respecto a las personas que padecen cualquier tipo de necesidad y pobre­za en los países del Tercer Mundo, así como en las diferentes exclusiones y pobrezas que se padecen también en el Cuarto Mundo. Muchos de ellos se comprometen en tareas de servicio a través de diferentes voluntariados.

En una sociedad que se caracteriza por el materialismo y el consumismo, en la que casi todo se puede conseguir con dine­ro, el hecho de que los jóvenes entren por la vía del servicio desinteresado, que vivan la pedagogía de la gratuidad, es un motivo de esperanza y un camino adecuado para el encuentro con Cristo a través de los pobres, de los necesitados, de los que sufren. Muchos jóvenes han encontrado por este camino sentido a sus vidas, y se han encontrado consigo mismos, con los demás y con Dios. El servicio desinteresado a través del voluntariado, motivado evangélicamente y alimentado desde la oración, ofrece enormes posibilidades para que el joven des­cubra el servicio de la caridad y se abra a un compromiso de especial consagración.

Grupos, asociaciones y movimientos

Dirigiéndose a los seminaristas, el papa Benedicto XVI les decía que la vocación sacerdotal «a menudo surge en las comu­nidades, especialmente en los movimientos, que propician un en­cuentro comunitario con Cristo y con su Iglesia, una experiencia espiritual y la alegría en el servicio de la fe»[69]. El Papa no duda en afirmar, por ello, que «los movimientos son una cosa magnífica». Al mismo tiempo, siempre en relación a ellos, continúa diciendo que «se han de valorar según su apertura a la común realidad ca­tólica, a la vida de la única y común Iglesia de Cristo, que en su diversidad es, en definitiva, una sola»[70].

De las palabras del Santo Padre es fácil entender el aprecio y el interés que la pastoral vocacional ha de tener hacia las diversas asociaciones y movimientos de la Iglesia, por ser «un campo par­ticularmente fértil para el nacimiento de vocaciones consagradas y ambientes propicios de oferta y crecimiento espiritual»[71]. Ellos han ejercido una influencia decisiva en la opción vocacional de muchos jóvenes y, por tanto, «deben ser sentidos y vividos como un regalo del espíritu que anima la institución eclesial y está a su servicio»[72].

Este último punto es del todo imprescindible. Los agentes de la pastoral vocacional deben contar con todas las asociaciones y movimientos juveniles de la Iglesia, sin ningún tipo de restriccio­nes. No sería lícito cerrar las puertas de un proceso vocacional a un joven por la única razón de pertenecer a uno de estos movi­mientos o asociaciones, ni tampoco apartarlos o invitarles a cortar con «el ambiente que ha contribuido a su decisión vocacional»[73]. Aunque sí que es necesario advertir que tales asociaciones y mo­vimientos deben trabajar en común respeto y colaboración since­ra al servicio de la Iglesia universal y diocesana, y confiar en los cauces que ofrecen las diócesis para el fomento de las vocaciones y la formación de los futuros sacerdotes.

La dirección espiritual

La dirección o acompañamiento espiritual ocupa un «lugar» indispensable en la pastoral vocacional. Se trata, ante todo, de un diálogo en la fe, un diálogo espiritual, en el seno de la Igle­sia, para descubrir la voluntad de Dios y seguirla, y para crecer incesantemente en el proceso de santificación personal. También es muy importante para descubrir la vocación específica. Por eso es necesario seguir recuperando la gran tradición del acompaña­miento espiritual individual por parte de los sacerdotes, en el ám­bito de la pastoral juvenil y vocacional. Una tarea nada fácil pero que ha dado siempre frutos preciosos en la vida de la Iglesia, y que es especialmente importante en el campo vocacional[74].

En este camino de acompañamiento tiene lugar una relación interpersonal de las dos personas que intervienen en el proceso, más la relación de ambas con Dios, que ilumina y está presente a lo largo de todo el camino. Se trata de ayudar al sujeto a eliminar los obstáculos, facilitar la vivencia de su relación de fe en Dios y ayudarle a descubrir su vocación específica. Como destacaba el cardenal Montini, «es medio pedagógico muy delicado, pero de grandísimo valor; es arte pedagógico y psicológico de gra­ve responsabilidad en quien la ejerce; es ejercicio espiritual de humildad y de confianza en quien la recibe»[75].

Recientemente el Santo Padre Benedicto XVI ha vuelto a re­cordar la importancia de esta práctica para todo cristiano, y es­pecialmente para los que han recibido la llamada a una especial consagración[76]. La dirección espiritual es un ámbito propicio y una ayuda conveniente para llevar a cabo la tarea de discerni­miento que con tanta frecuencia se debe realizar a lo largo de la vida, en primer lugar, para tomar decisiones menores en la vida corriente, y especialmente para las grandes decisiones en el cami­no de la vida cristiana y de la vocación personal específica.

3.1.2. La familia

Es necesario cuidar el ámbito familiar del joven, con el fin de recuperarlo como su primer lugar de educación en la fe. El trabajo por las familias y con las familias favorece el nacimiento y la consolidación de las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. En este sentido, el papa Benedicto XVI explicaba cómo los padres pueden ser generadores de vocaciones: «cuando se dedican generosamente a la educación de los hijos, guiándoles y orientándoles en el descubrimiento del plan de amor de Dios, preparan ese fértil terreno espiritual en el que florecen y maduran las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada»[77].

Actualmente nos encontramos con unas dificultades nuevas que están presentes en el interior mismo de las familias cris­tianas. No es fácil que broten vocaciones al sacerdocio en un ambiente de secularización y consumismo como el nuestro. Por eso, la primera tarea consiste en ayudar a los padres a superar los condicionamientos y presiones de la cultura dominante. En una sociedad que ha perdido en buena parte el sentido religioso, resulta un tanto extraño el hecho de la vocación sacerdotal, que implica la realidad de un Dios que llama y de una persona que responde con un compromiso definitivo. La influencia negativa de la secularización afecta a la misma concepción del matrimo­nio y de la familia. Si la vocación matrimonial se resiente, tam­bién lo hace la familia como lugar de educación vocacional.

Una característica de nuestro tiempo es el descenso alarmante de la natalidad, que amenaza el futuro mismo de nuestras socie­dades europeas y que influye lógicamente en el descenso de voca­ciones. También se ha de tener en cuenta que la valoración social del ministerio sacerdotal no es la misma que en otras épocas, y este factor no deja de influir en las mismas familias y en el apo­yo que estas han de ofrecer a los candidatos, que queda bastante debilitado. Ahora bien, estas dificultades han de ser asumidas con realismo y esperanza, de tal modo que se conviertan en oportuni­dades para el trabajo de pastoral vocacional, y, sin duda, servirán para también purificar la intención de los candidatos y asegurar una mayor autenticidad.

La familia es el ámbito primero y natural de la pastoral vo­cacional. La llamada de un hijo al sacerdocio es signo de la fe­cundidad espiritual con que Dios bendice la familia cristiana. Es preciso potenciar la cultura de la vida y la cultura de la vocación para que vayan impregnando el ámbito familiar, para que los ma­trimonios acojan generosamente el don de la vida y valoren la vocación sacerdotal de un hijo como el mayor regalo de Dios. Así sucede cuando la familia mantiene su identidad, es ella mis­ma, es auténticamente una Iglesia doméstica. Los padres están llamados a educar a sus hijos en la fe y en la disponibilidad y seguimiento de la llamada de Dios. De esta forma, la familia se convierte en el primer seminario donde pueden germinar las se­millas de vocación[78].

3.1.3. Instituciones de educación y ámbitos formativos

El seminario mayor

El seminario mayor es una comunidad educativa, un ámbito espiritual que favorece y asegura un proceso formativo, de mane­ra que los candidatos puedan llegar a ser, con el sacramento del Orden, una imagen viva de Jesucristo[79]. Su identidad profunda y su sentido es continuar en la Iglesia la experiencia de formación que el Señor realizó con los doce Apóstoles. La vida en el semi­nario es una escuela de seguimiento de Cristo, un tiempo privi­legiado para dejarse educar por Él con la finalidad de aprender a dar la vida por Dios y por los hermanos. En dicha comunidad ha de reinar la amistad, el clima de familia, la caridad que alimenta el sentido de comunión con el obispo y con la Iglesia.

El significado original y específico de la formación de los can­didatos al sacerdocio es vivir en el seguimiento de Cristo, dejarse educar por Él para el servicio del Padre y de los hombres, bajo la guía del Espíritu Santo; dejarse configurar con Cristo, Buen Pas­tor. En definitiva, formarse para el sacerdocio es aprender a dar una respuesta que compromete toda la existencia a la pregunta de Cristo: «¿Me amas?» (Jn 21, 15). Una respuesta que no es otra que la entrega total de la vida. El fundamento de la vocación sa­cerdotal es el diálogo de amor, la mirada de amor que tiene lugar entre el Señor y la persona que recibe su llamada[80].

Los seminaristas tienen un lugar muy importante en la pro­moción vocacional por la fuerza que tiene su testimonio de seguimiento de la llamada del Señor ante los otros jóvenes. El se­minario ha de convertirse en el corazón de la pastoral vocacional mediante contactos, invitaciones, cursillos, días de puertas abier­tas u otras actividades en las que puedan participar los candidatos y aquellos que manifiesten inquietud vocacional. De este modo, se convierte en un verdadero estímulo y ofrece la oportunidad de un conocimiento más cercano del mundo vocacional a la juven­tud, de manera que pueda ofrecer un testimonio significativo en el ámbito de la pastoral juvenil, y una colaboración eficaz en la pastoral vocacional[81].

El seminario menor y otras formas de acompañamiento

La primera manifestación de la vocación nace normalmente en la pre-adolescencia o en los primeros años de la juventud. A través del seminario menor, la Iglesia toma bajo su cuidado los primeros brotes de vocación sacerdotal sembrados en los cora­zones de los niños y adolescentes. Actualmente estos seminarios continúan desarrollando una preciosa labor educativa en muchas diócesis, favoreciendo su formación humana y espiritual y acom­pañando su proceso vocacional hasta el seminario mayor[82]. En este sentido, es necesario que se conceda al seminario menor la importancia que merece en la vida de la diócesis, en la que debe estar insertado vitalmente[83].

El concilio Vaticano II, en el Decreto conciliar Optatam to­tius, sobre la formación sacerdotal señala que: «En los seminarios menores, erigidos para cultivar los gérmenes de la vocación, los alumnos se han de preparar por una formación religiosa peculiar, sobre todo por una dirección espiritual conveniente, para seguir a Cristo Redentor con generosidad de alma y pureza de corazón. Su género de vida, bajo la dirección paternal de los superiores con la oportuna cooperación de los padres, sea la que conviene a la edad, espíritu y evolución de los adolescentes y conforme en su totalidad a las normas de la sana psicología, sin olvidar la adecuada experiencia segura de las cosas humanas y la relación con la propia familia»[84].

Donde no cabe posibilidad de establecer el seminario menor en sentido estricto se pueden contemplar otras posibilidades para el acompañamiento de los primeros brotes de vocación sacerdotal a través de grupos vocacionales, que pueden ofrecer un ambiente comunitario y una guía sistemática en el crecimiento y madura­ción de la vocación[85].

Los colegios diocesanos y las escuelas católicas

Los colegios diocesanos y las escuelas católicas constituyen otro de los ambientes en donde puede crecer la semilla vocacional.

Es de gran importancia que los proyectos educativos sean equi­librados y completos y que los educadores cristianos sepan va­lorar el crecimiento espiritual, integrar la fe en la vida y orientar a los niños y los jóvenes en su opción de vida. Los educadores, además de competencia y preparación, deben tener un firme sen­tido de pertenencia eclesial. El cuidado especial de las clases de religión y de otras actividades de carácter religioso, así como un programa de actividades extraescolares, en donde se promueva la dimensión vocacional, pueden ser momentos verdaderamente oportunos y fecundos.

Es muy importante la presencia del sacerdote en los colegios, con la clase de religión, en las actividades lúdicas de los jóvenes, etc. Es necesario que cada escuela católica tenga al menos un director espiritual, y asimismo sería de gran valor incorporar la figura del promotor vocacional. Su función debería estar coor­dinada con los sacerdotes de las parroquias cercanas, o con los delegados de la pastoral vocacional diocesana.

Otros ambientes

Finalmente, vemos la necesidad de mencionar otros ambien­tes donde la pastoral vocacional puede encontrar un buen terreno para la siembra del evangelio de la vocación. Clubes infantiles y juveniles donde desarrollar actividades lúdicas y deportivas en conexión con aquellas más formativas en la fe y en la vocación. Se trata de ambientes que suponen un auténtico desafío para el trabajo vocacional y que se deben abordar con audacia y convic­ción. En todos ellos ha estado siempre muy presente la acción pastoral y evangelizadora de la Iglesia.

Nos referimos también al ámbito universitario y al mundo de la cultura. La evangelización de la cultura y la inculturación de la fe implican un diálogo de búsqueda de la verdad. El beato Juan Pablo II señalaba que «la síntesis entre cultura y fe no es solo una exigencia de la cultura, sino también de la fe... Una fe que no se hace cultura es una fe que no es plenamente acogida, completa­mente pensada o fielmente vivida»[86]. En el encuentro del papa Benedicto XVI con profesores universitarios jóvenes les recordó que «la Universidad ha sido, y está llamada a ser siempre, la casa donde se busca la verdad propia de la persona humana»[87]. Este es el mejor camino para una pastoral universitaria seria e inte­gral, en una clave que se conecta muy fácilmente con la pastoral vocacional.

3.1.4. Eventos diocesanos, nacionales e internacionales

Las múltiples actividades pastorales que tienen como prota­gonista principal el mundo de los jóvenes se pueden convertir en una excelente oportunidad para sembrar la semilla de la vocación.

Desde los eventos organizados a nivel diocesano, como son las peregrinaciones, campamentos y encuentros, hasta aquellos de mayor magnitud, como pueden ser las Jornadas Mundiales de la Juventud, son momentos que suscitan en el joven una apertura sincera a los valores trascendentes, crece en ellos el deseo de una relación intensa con el Señor y también el sentido de pertenencia a la Iglesia. Se experimenta, comunitaria y personalmente, la ale­gría de ser discípulo de Cristo y miembro de su Cuerpo, la Iglesia. La celebración de la reciente JMJ en Madrid lo ha vuelto a poner de manifiesto.

La existencia de una revista vocacional, o de una publicación periódica que informe a toda la diócesis sobre la vida del semina­rio, podría ser un buen instrumento, no solo para que la vocación al ministerio sacerdotal y a la vida consagrada estuviera presente en el resto de pastorales de la diócesis –ofreciendo, por ejem­plo, algunos materiales para trabajar en los diversos campos de la pastoral–, sino también para que sean conocidas las actividades específicas y aquellos eventos más importantes relacionados con la pastoral de las vocaciones.

3.2. Algunas propuestas pastorales

Aunque hemos ido ofreciendo diferentes pautas pastorales al hablar de los ambientes y lugares propicios para sembrar la semi­lla de la vocación, nos proponemos ahora enumerar algunos con­sejos prácticos y líneas de acción que, a la luz de cuanto hemos ido exponiendo, pueden ayudar a renovar nuestra pastoral juvenil y vocacional.

Oración

La principal actividad de la pastoral vocacional de la Iglesia es la oración, que reconoce que las vocaciones son don de Dios y como tal se lo pide. La Iglesia pide al Dueño de la mies que envíe obreros a los sembrados. Cuando en 1963 el papa Pablo VI instituyó la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, y no simplemente la «Jornada de las Vocaciones», subrayó, pre­cisamente, que la Iglesia no es la fuente de las vocaciones, sino que su tarea fundamental es orar por las vocaciones, como don de Dios que son. En la oración se manifiesta fundamentalmente la solicitud del Pueblo de Dios por las vocaciones. Se ha de alentar a los fieles a tener la humildad, la confianza, la valentía de rezar con insistencia por las vocaciones, de llamar al corazón de Dios para que nos dé sacerdotes[88].

Tiene especial importancia la celebración del Día del Semina­rio, en la fiesta de San José o en una fecha próxima a esta fiesta. Esta celebración tiene una gran importancia en orden a la sen­sibilización vocacional de cada diócesis. Es recomendable que el obispo pueda, en una carta o en una comunicación pastoral, exponer a su comunidad diocesana la realidad y las necesidades vocacionales, de su seminario, etc. También son recomendables iniciativas que acerquen la comunidad diocesana al seminario. En este sentido, diversas iniciativas pueden concretar esta solicitud:

Jueves vocacionales en las parroquias.

Grupos de oración por las vocaciones.

Introducir una petición vocacional en las preces parroquia­les cada domingo.

Cadena de oración por las vocaciones.

Actividades varias y encuentros de oración en el seminario abiertos a los alumnos de las escuelas católicas: Vísperas y exposición del Santísimo los domingos, etc.

Vigilias mensuales, semanas vocacionales, festival de la can­ción vocacional, promoción del mensaje del Santo Padre con ocasión de la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, convivencias, Día del Buen Pastor...

Palabra de Dios

En el marco de la pastoral vocacional, desde el diálogo con Dios, que ha tenido a bien revelarse por Cristo, Palabra hecha carne, resulta imprescindible el recurso frecuente a la Palabra de Dios, ya que «mediante la fuerza y la eficacia de la Palabra [Dios] genera un camino de esperanza hacia la plenitud de la vida [...]; puede trazar una senda que pasa por Jesús, “camino” y “puerta”, a través de su cruz, que es plenitud de amor»[89]. En este punto podría ser muy válido para la pastoral juvenil y vocacional la elaboración de materiales que presenten pasajes y personajes bí­blicos en clave vocacional.

En la exhortación apostólica Verbum Domini el Santo Padre destaca que Cristo, Palabra de Dios entre nosotros, «llama a cada uno personalmente, manifestando así que la vida misma es vo­cación en relación con Dios. Esto quiere decir que, cuanto más ahondemos en nuestra relación personal con el Señor Jesús, tanto más nos daremos cuenta de que Él nos llama a la santidad median­te opciones definitivas, con las cuales nuestra vida corresponde a su amor, asumiendo tareas y ministerios para edificar la Iglesia. En esta perspectiva, se entiende la invitación del Sínodo a todos los cristianos para que profundicen su relación con la Palabra de Dios en cuanto bautizados, pero también en cuanto llamados a vivir según los diversos estados de vida»[90].

Vida sacramental

La participación activa en la vida sacramental, como verda­dero baño de gracia que recibe el cristiano, es otro de los pilares para una adecuada pastoral juvenil y vocacional.

Los sacramentos alimentan la vida de fe en sus diferentes eta­pas, pues a través de ellos Cristo Salvador se hace presente de manera eficaz en todos los momentos y situaciones de nuestra vida. Los sacramentos fortalecen la fe, la esperanza y el amor, es­tán ordenados a la santificación de las personas y a la edificación de la Iglesia. Los siete sacramentos acompañan la vida humana desde el inicio hasta el tránsito final. En este camino, la Eucaristía es fuente y culminación de toda la vida cristiana y de toda la vida de la Iglesia.

Resulta significativo comprobar la importancia que tanto Juan Pablo II como Benedicto XVI han otorgado al sacramento de la Reconciliación entre los jóvenes. Lo plantean en estrecha co­nexión con la necesidad de la conversión, para renovar los cora­zones y las conciencias, si se quiere vivir la vida en Cristo. Esto implica la presencia de sacerdotes preparados y disponibles para esta tarea, como pedía Juan Pablo II: «Ante la pérdida tan exten­dida del sentido del pecado y la creciente mentalidad caracteriza­da por el relativismo y el subjetivismo en campo moral, es preciso que en cada comunidad eclesial se imparta una seria formación de las conciencias»[91].

Catequesis

Debemos subrayar la importancia de la catequesis y del cami­no de los mandamientos, para recibir el bien y seguir el impulso interior de la gracia[92]. En este punto se aprecia la necesaria cola­boración que debe existir entre la pastoral catequética, la pastoral infantil y juvenil y la pastoral vocacional. Es preciso introducir y desarrollar la cuestión de la vocación en los temarios de las cate­quesis de las distintas edades, particularmente en la catequesis de Confirmación. Podemos afirmar que, en cierto modo, la pastoral vocacional o es mistagógica o no es tal pastoral. Ha de tener la ca­pacidad de mostrar y ofrecer la «mística» que acompaña y alum­bra el vivir cotidiano de la fe, en ese dinamismo que es propio del verdadero camino de perfección.

Por otro lado, el ritmo de la catequesis sacramental ayuda a ma­durar en la relación con Cristo y a crecer en amistad con Él de acuerdo a la edad. Es preciso iniciar a los niños y adolescentes en la vida de oración, en la relación personal con el Señor, a través de elementos mistagógicos, con la pedagogía apropiada para cada edad. En el itinerario catequético es muy importante la presencia del sacerdote, el acompañamiento que ofrece en el proceso de ma­duración de la fe, su contacto con las familias y los niños, su testi­monio personal.

En el ámbito educativo, además de intensificar la pastoral vocacional, resulta conveniente definir cada vez mejor la pro­puesta formativa general, de modo que se garantice una prepa­ración humana, intelectual y espiritual que esté a la altura de los nuevos desafíos que la situación actual plantea a la Iglesia, en general, y a la respuesta de cada sujeto a la llamada de Dios, en particular[93]. Esta propuesta formativa ha de ser llevada a cabo desde la comunión eclesial y desde una efectiva coordinación que propicie en las personas y en los ambientes una nueva cul­tura vocacional.

Perspectiva de la pastoral con jóvenes: llamada a la santidad

La llamada a la santidad debe ser el punto de partida y el obje­tivo prioritario de toda pastoral con los jóvenes. Los jóvenes ne­cesitan un ideal de altura que comprometa toda su existencia. No hay que tener miedo a los planteamientos de exigencia en la vida espiritual, en la formación y en el compromiso. Con ese objetivo  se debe trabajar la oración personal, lugar donde se expresa con­tinuamente por parte de Dios esta llamada y su concreción en la vocación particular, la contemplación y el silencio. Sobre todo, se recomienda enseñar la forma común de oración de la Iglesia, es decir, la liturgia. Hemos de buscar que nuestras comunidades se conviertan en «escuelas de oración», con presencia y participación activa de los jóvenes.

En esta misma línea, destacamos la importancia de presentar el testimonio histórico de los santos como estímulo para identifi­carse con unos valores que no coinciden con los «héroes» ni los «triunfadores» de la cultura dominante. Los santos son un testi­monio real de que es posible vivir centrado solo en Cristo, y que Cristo es capaz de dar sentido y fundamento radical a nuestra vida.

Ellos son la verdadera interpretación de la Escritura, ya que han verificado, en la experiencia de la vida, la verdad del Evangelio.

Plantear la vida como vocación

La pastoral vocacional es un elemento unificador de la pastoral en general, en el sentido de que ayuda a cada persona a descubrir la llamada de Dios, a dar una respuesta, y, en consecuencia, a encontrar su lugar en la Iglesia y en el mundo. En consecuencia, debe estar en relación con todas las demás dimensiones de la pas­toral, sobre todo con la pastoral de la infancia y juventud y con la familiar. Por eso es necesaria una fecunda colaboración pastoral con el ámbito juvenil y con las familias, de tal manera que los padres sean los primeros educadores vocacionales[94]. Es necesario implicar a todas las realidades de la diócesis: parroquias, comuni­dades, delegaciones, grupos, movimientos y todos los miembros de la comunidad diocesana.

Para llevar a cabo todo este apasionante trabajo de sembrar en los jóvenes la pasión por la persona de Jesucristo y por los grandes ideales del Evangelio es de vital importancia la asis­tencia de sacerdotes que promuevan la formación espiritual y el apostolado entre los jóvenes. A la vez, es necesario que se acompañe personalmente y en grupos vocacionales a los niños y jóvenes que muestren brotes de vocación. Preseminarios que ofrezcan reflexión, formación, convivencia, que sean un espacio y un tiempo adecuado para el discernimiento.

Es necesario también trabajar a fondo el sentido de pertenen­cia cordial a la Iglesia y el amor a la Iglesia, que es la familia de Cristo. No pueden surgir vocaciones allí donde no se vive un espíritu auténticamente eclesial. De esta forma, se debe intentar integrar a los jóvenes en la parroquia, en los movimientos y en la vida de la diócesis, promoviendo todo tipo de actividades de apostolado juvenil y asociaciones de jóvenes.

Monaguillos

Una auténtica pastoral vocacional no puede prescindir del trabajo con los monaguillos. Por ello, en colaboración con el seminario, se recomienda la organización de encuentros y jor­nadas de convivencia en las que se vaya preparando el terreno para la posible respuesta vocacional. Los niños que se dedican al servicio del altar ya están mostrando de hecho una inclinación a las cosas sagradas y al servicio del templo. Es preciso ayudar­les a superar el peligro de caer en la rutina, en la superficialidad. Es importante ayudarles a entrar en el misterio, a familiarizarse con las cosas santas, a vivir las celebraciones con recogimiento y devoción, a avanzar por el camino de una auténtica amistad con el Señor.

El beato Juan Pablo II, en la carta a los sacerdotes con motivo del Jueves Santo del año 2004, ofrece unas recomendaciones que apuntan a lo esencial: «El grupo de acólitos, atendidos por voso­tros dentro de la comunidad parroquial, puede seguir un itinerario valioso de crecimiento cristiano, formando como una especie de pre-seminario (…). Vuestro testimonio cuenta más que cualquier otro medio o subsidio. En la regularidad de las celebraciones do­minicales y diarias, los acólitos se encuentran con vosotros, en vuestras manos ven “realizarse” la Eucaristía, en vuestro rostro leen el reflejo del Misterio, en vuestro corazón intuyen la llamada de un amor más grande. Sed para ellos padres, maestros y testigos de piedad eucarística y santidad de vida»[95].

Actividades lúdico-deportivas

La organización de actividades de orden lúdico-deportivas que estimulen las relaciones sanas, la convivencia, el respeto mutuo, el sacrificio, etc., en armonía con momentos de reflexión sobre las cuestiones de la fe y la vida espiritual, pueden dar origen a momentos propicios para la siembra vocacional.

En este mismo orden, pueden ser sugerentes aquellas activi­dades que a través del mundo de la cultura (cine-fórums, visitas a museos, conciertos de música, literatura, conferencias, etc…) buscan despertar la sensibilidad por la belleza y educan a no me­dir la realidad según criterios utilitaristas.

Delegación de pastoral vocacional

El primer responsable de la pastoral vocacional en la diócesis es el obispo, que habitualmente nombra un delegado para que atienda más directamente este ámbito pastoral. Ahora bien, si, como hemos visto, la pastoral vocacional es un elemento trans­versal de toda la pastoral, si viene a ser como un elemento uni­ficador de la misma[96], no puede quedar relegada a una tarea de interés menor, o en la que reparamos cuando somos acuciados por las urgencias del momento. Es preciso que se le otorgue la relevancia que le corresponde por sí misma, que se dediquen los recursos humanos y materiales necesarios, que impliquemos en ella a toda la comunidad diocesana, y sobre todo, que ocupe un lugar preferente de interés por parte de los Pastores.

A la delegación de pastoral vocacional le corresponde promo­ver la oración personal y comunitaria por las vocaciones, con­cienciar a todos los fieles y comunidades, potenciar las acciones pastorales, formar agentes de pastoral vocacional, elaborar mate­riales formativos, coordinarse con otras delegaciones diocesanas, así como con los responsables de la pastoral vocacional de los Institutos de vida religiosa, consagrada y misionera, presentes en la diócesis. También ha de promover la dimensión vocacional y la cultura vocacional en las familias, parroquias y comunidades, movimientos y asociaciones de Iglesia, a través de encuentros, retiros, y todo tipo de actividades[97]. Todo ello desde la vivencia de una profunda comunión eclesial.

Plan Diocesano de pastoral vocacional

En cada diócesis se debe elaborar y aplicar un Plan Diocesa­no de pastoral vocacional (PDPV) que promueva las vocaciones sacerdotales y religiosas a todos los niveles: en la diócesis, en la parroquia, en la familia, en las escuelas católicas y demás orga­nizaciones de la Iglesia, como pueden ser las universidades cató­licas y otros centros formativos. No se trata únicamente de que cada creyente descubra y asuma su propia responsabilidad en la Iglesia, sino también de que hay algunos que dedican su vida a la Iglesia. En efecto, dicho PDVD deberá mostrar a las familias y a las comunidades cristianas la belleza de una vida totalmente dedicada a Cristo y a la Iglesia.

El PDPV ha de reflejar la realidad sociocultural de cada mo­mento y los desafíos que presenta; los principios de la teología de la vocación como marco y fundamento doctrinal; los campos de acción, las acciones pastorales, la organización, los objetivos y los medios para alcanzarlos, las líneas de acción y la estrategia. Por otra parte, ha de definir con claridad quiénes son los agentes de animación vocacional y sus cometidos, así como los itinera­rios formativos y el acompañamiento necesario de los candidatos. También ha de servir para difundir la cultura de la vocación y para la organización de eventos vocacionales y la participación en eventos de otros ámbitos pastorales.

Centro Diocesano de pastoral vocacional

El Centro Diocesano de pastoral vocacional (CDPV) es el es­pacio propio de dinamización de la pastoral vocacional en cada diócesis, integrado normalmente en la delegación diocesana de pastoral vocacional. Anima, coordina y promueve las activida­des de orientación vocacional bajo la guía y responsabilidad del obispo. Ha de ser un organismo de comunión y coordinación, y en consecuencia, alberga en su interior todas las especificidades vocacionales: ministerios ordenados, vida consagrada, laicado, laicos consagrados y nuevas formas de vida religiosa. Asimis­mo, en su estructura y funcionamiento es conveniente que in­tegre una representación de los diferentes ámbitos diocesanos territoriales y sectoriales y que mantenga con ellos una fluida colaboración.

Entre sus principales objetivos cabe señalar: la orientación vocacional en general, que consta de acogida de los candidatos, acompañamiento en los procesos y discernimiento para la elec­ción; también debe ofrecer encuentros de oración, de reflexión y de formación; por otra parte, ha de trabajar para que la pastoral vocacional vaya convirtiéndose en la perspectiva unitaria de la pastoral en general; del mismo modo, le corresponde fomentar la cultura vocacional y difundirla a través de publicaciones y de los diferentes medios posibles; finalmente, debe atender la formación de los agentes de pastoral vocacional, proveerlos de los conve­nientes instrumentos de trabajo y coordinar su tarea.

Centro Nacional de pastoral vocacional

Es muy importante y conveniente la creación de un Centro Na­cional de pastoral vocacional, un lugar específico de servicio de la Conferencia Episcopal Española a la animación de la pastoral de las vocaciones sacerdotales y de especial consagración. Podría llegar a ser un lugar privilegiado de estudio y reflexión sobre la teología de la vocación, sobre los documentos específicos del Magiste­rio y las aplicaciones pastorales correspondientes. También sería un espacio de reflexión sobre la situación sociocultural de cada momento y sobre los «signos de los tiempos», de forma que se convirtiera en un auténtico «laboratorio de la vocación» en que se pusieran en común las aportaciones y experiencias más fructífe­ras de las distintas diócesis y ámbitos. A la vez, sería el organismo principal para coordinar los centros diocesanos vocacionales, y otras organizaciones vocacionales, ya sean de las congregaciones religiosas, institutos seculares y misioneros, u otras instituciones eclesiales.

3.3. La fuerza del testimonio

Jesús resucitado encargó a los Apóstoles «predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos» (Hch 10, 42). Los Apóstoles aparecen en el libro de los Hechos como los testigos de la vida, Pasión, muerte y Resurrección de Jesucristo. Este anuncio, realizado por testigos, consiste en proclamar la salvación de Dios, que penetra y renueva el corazón, que transforma la historia personal y la historia de la humanidad. Una proclamación que se lleva a cabo a través de un testimonio de palabra y de vida.

Importancia del testimonio en el anuncio del Evangelio

El siervo de Dios Pablo VI destacará con rotundidad la impor­tancia del testimonio de vida en la evangelización: «Para la Igle­sia el primer medio de evangelización consiste en un testimonio de vida auténticamente cristiana, entregada a Dios en una comu­nión que nada debe interrumpir y a la vez consagrada igualmente al prójimo con un celo sin límites»[98]. En la Audiencia General del miércoles dos de octubre de 1974 ya avanzó una idea que mantiene toda su vigencia: «El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los testigos que a los maestros; o si escucha a los maestros, es por lo que tienen de testigos»[99].

El beato Juan Pablo II reforzará la misma idea al señalar que el testimonio es la primera forma de evangelización. La vida misma del evangelizador, del sacerdote, del consagrado, de la familia cristiana, de la comunidad cristiana, a través de la sencillez, de la coherencia, de la caridad con los que sufren, con los más pobres y necesitados, desde el seguimiento y la imitación de Cristo, se convierte en la mayor acción evangelizadora y en el mensaje más directo. Porque el hombre de hoy cree mucho más en los hechos de vida que en las teorías, y entiende mejor las experiencias que las doctrinas[100].

La pastoral vocacional es responsabilidad de todos y todos nos hemos de aplicar en el descubrimiento de los lugares y ambientes propicios para la llamada, así como en la eficacia de las propues­tas y en la creatividad para abrir nuevos caminos. Ahora bien, es preciso subrayar la importancia de la figura del sacerdote como un elemento transversal en este trabajo vocacional. No en vano el Santo Padre Benedicto XVI quiso dedicar elMensaje para la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones del año 2010 al tema del testimonio, en el marco de la celebración del Año Sacer­dotal y subrayando que la fecundidad de la pastoral vocacional depende fundamentalmente de la gracia de Dios, pero también es de gran valor el testimonio de vida de los sacerdotes[101].

El valor del testimonio en el evangelio de la vocación

Para llevar a cabo una renovada pastoral de las vocaciones sacerdotales es fundamental que los sacerdotes vivan con radi­calidad su ministerio, ofreciendo un testimonio que exprese las actitudes profundas de quien vive configurado con Cristo y que también se haga visible a través de aquellos signos que manifies­tan su identidad. De esta manera podrán suscitar en los jóvenes el deseo de entregar su vida al Señor y a los hermanos[102].

1. Sacerdotes enamorados de Jesucristo, que viven la confi­guración con él como el centro que unifica todo su ministerio y toda su existencia. Hombres de Dios, oyentes de la Palabra, que se entregan a la oración y que son maestros de oración. Que viven la centralidad de la Eucaristía en su vida y en su acción pastoral. Que en la celebración eucarística expresan su unión con Cristo e intensifican dicha unión, ofrecen su vida al Padre y reci­ben la gracia para renovar e impulsar su ministerio, se encuentran con los hermanos y alimentan su caridad pastoral para entregarse a todos, especialmente a los más pobres y pequeños, a los más desfavorecidos.

2. Sacerdotes fieles a su misión. Conscientes de la predilección que el Señor ha mostrado con ellos. Que han respondido genero­samente a su llamada, han seguido su voz y han empeñado su vida en el sagrado ministerio, en ser prolongadores de la misión que Cristo recibió del Padre y de la cual les ha hecho partícipes[103]. Sa­cerdotes que son un «grano de trigo», que renuncian a sí mismos para hacer la voluntad del Padre, que saben vivir ocultos entre el clamor y el ruido, que renuncian a la búsqueda de aquella visibili­dad y grandeza de imagen que a menudo se convierten en criterio e incluso en objetivo de vida de tantas personas del mundo de hoy y que fascinan a muchos jóvenes[104].

3. Sacerdotes que hacen de su existencia una ofrenda agrada­ble al Padre, un don total de sí mismos a Dios y a los hermanos, siguiendo el ejemplo de Jesús, que cumple la voluntad del Padre dando su vida en la cruz para la salvación del mundo, que «no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por la multitud» (Mc 10, 45). Los sacerdotes viven en medio de la sociedad haciendo del servicio a Dios y a los demás el eje central de su existencia, viven la actitud de servicio aceptando la voluntad de Dios, ofreciendo su vida en totalidad, gastándose y desgastándose por los hermanos, especialmente por los más pobres y pequeños.

4. Sacerdotes que sean verdaderos hombres de comunión, que vivan el misterio de la unión con Dios y con los hermanos como un don divino, fruto del misterio pascual, desde la diver­sidad de carismas que supone un enriquecimiento y una com­plementariedad dentro de una unidad en la que todos los dones del Espíritu son importantes para la vitalidad de la Iglesia; pero asimismo desde el convencimiento de que la unidad es la condi­ción indispensable para ser creíbles en la presentación del men­saje cristiano, en el anuncio del Evangelio de Jesucristo. Por eso procuran curar las heridas, tender puentes de diálogo, promover el perdón en las relaciones humanas, hacer de cada parroquia, de cada comunidad cristiana, una casa y escuela de comunión.

5. Sacerdotes llenos de celo por la evangelización del mundo. Celo por la gloria de Dios y por la salvación de las personas que les han sido encomendadas, que impregne toda su existencia has­ta llegar a olvidarse de sí mismos. Que estrenan cada día el don de su sacerdocio y fundamentan su trabajo pastoral en la fe y en la esperanza como único planteamiento valido y realista de verdad, más allá de las dificultades constatadas o de la cruda realidad. Que vivan una actitud de insatisfacción sincera, de inconformis­mo esperanzado, que no se abandonan jamás a la inercia o a la rutina, convencidos de que la sacudida de la gracia es capaz de transformar la existencia de sus coetáneos.

6. Sacerdotes que vivan en radicalidad evangélica, como apóstoles de Cristo y servidores de los hombres y enrelación amorosa con el tiempo, el lugar y las personas a las que han sido enviados. Conscientes de que es preciso vivir el momento presente, sin nostalgias de pasado o de futuro, porque Dios da en cada tiempo la gracia para superar las dificultades y para poder cumplir la misión encomendada. Conscientes asimismo de que están llamados a dar un fruto abundante y duradero desde una vida configurada a la cruz del Señor[105].

7. Sacerdotes que contemplen con temor y temblor y a la vez experimenten confiadamente la grandeza y labelleza del ministe­rio sacerdotal. Conscientes de que no detentan un oficio más, sino que, a pesar de ser vasijas de barro, son portadores del ministerio más grande: cambiar la situación de la vida de las personas pro­nunciando en nombre de Cristo las palabras de la absolución; ha­cer presente al Señor mismo al pronunciar sus palabras de acción de gracias sobre las ofrendas del pan y el vino; imitar al Señor en su amor para con todos hasta el extremo, desde la verdad y el bien, en disponibilidad, austeridad y obediencia, como la expre­sión más grande del amor a Jesucristo, como la forma más bella de realizar la vida humana[106].

8. Sacerdotes que sean hombres de alegría y esperanza, que transmiten el gozo de una vida plena, la felicidad del ser­vicio a Dios y a los hermanos. La historia de cada vocación suele ir unida al testimonio de un sacerdote que vive con ale­gría su vocación y es capaz con su palabra y su ejemplo de despertar interrogantes y suscitar decisiones que se convertirán en compromisos definitivos[107]. Un sacerdocio que ocupa las veinticuatro horas del día, que llena todos los espacios vitales, y que desde la profunda vivencia interior se manifiesta también externamente a través de los signos que la Iglesia propone. Así lo vivieron el santo Cura de Ars y san Juan de Ávila, y tantos otros sacerdotes santos que cambiaron el corazón de la gente no tanto por sus dotes humanas, ni por una estrategia de su volun­tad, sino por el contagio, por la comunicación, por el testimonio de su amistad con Cristo, de un amor apasionado que llenaba totalmente sus vidas.

Final: una llamada a la esperanza

Jesús llamó a los Doce «para que estuvieran con él y para en­viarlos a predicar» (Mc 3, 14-15). A lo largo de la historia sigue llamando a hombres concretos para que participen de su sagrada misión. Él es el Señor de la mies y el Señor de las vocaciones. En la tarea de pastoral vocacional será preciso reavivar el don del sa­cerdocio que hemos recibido, renovar la gracia de la llamada del Señor, la fascinación por su palabra, por sus gestos, por su per­sona. Nuestra aspiración será colaborar con Jesús en la difusión del Reino de Dios, llevar al mundo el mensaje del Evangelio, ad­ministrar los misterios de la salvación como humildes servidores que buscan el bien del Pueblo de Dios[108].

Nos hallamos en un tiempo apasionante para vivir el sacerdo­cio y para trabajar en la promoción de las vocaciones sacerdota­les. Para ello es necesario mantener clara y manifiesta la identidad sacerdotal y ofrecer a nuestros contemporáneos el testimonio de que somos hombres de Dios, amigos del Señor Jesús, que aman a la Iglesia, que se entregan hasta dar la vida por la salvación de los hombres. Maestros de oración que dan respuesta a los inte­rrogantes del hombre de hoy, aspirando siempre a la santidad y ofreciendo un testimonio de una alegría incesante.

Constatamos que en buena parte de nuestra sociedad se ha perdido el sentido de Dios y tiene lugar una especie de sequía vocacional progresiva y aparentemente irremediable. Pero más allá de las apariencias tenemos una certeza clara: la iniciativa es de Dios, que continúa llamando, y la Iglesia tiene capacidad de suscitar, acompañar y ayudar a discernir en la respuesta. En nuestras Iglesias locales, «especialmente en nuestro tiempo en el que la voz del Señor parece ahogada por “otras voces” y la propuesta de seguirlo, entregando la propia vida, puede pare­cer demasiado difícil, toda comunidad cristiana, todo fiel, debe­ría de asumir conscientemente el compromiso de promover las vocaciones»[109].

Para ello hay que salir al encuentro de los niños y de los jó­venes, responder a sus expectativas, a sus problemas e inseguri­dades, dialogar con ellos proponiéndoles un ideal de altura que comprometa toda la existencia, una elección que comprometa toda su vida. Nuestra tarea consistirá en sembrar, en anunciar el evangelio de la vocación. Una siembra oportuna y confiada, abo­nada con la oración personal y con la oración de toda la Iglesia. Después vendrá el acompañamiento lleno de paciencia y de res­peto. Por último, ayudar a discernir, a descubrir la voluntad de Dios en la vida de la persona concreta, de tal manera que dé una respuesta positiva a la llamada de Dios.

Es la hora de la fe, la hora de la confianza en el Señor que nos envía mar adentro a seguir echando las redes en la tarea ineludible de la pastoral vocacional. Pidamos que los jóvenes estén abiertos al proyecto que Dios tiene para ellos y sean receptivos a su llama­da. María, Madre de gracia, de amor y de misericordia, Madre de los sacerdotes, nos guiará en el camino. Ella será siempre consue­lo, esperanza y causa de nuestra alegría. A su intercesión maternal nos acogemos.

Índice

Sumario

Introducción

1. El encuentro con Cristo

1.1. Contexto sociocultural actual
       Nuevas oportunidades

1.2. Llamados al encuentro con Cristo
       El comienzo de la vida cristiana

1.3. Alentar la esperanza en los jóvenes
       El ser humano, en busca de esperanza

1.4. Educar a los jóvenes en la fe
       Fundamentos de la educación en la fe

2. La llamada al sacerdocio
 

2.1. La llamada a la vida en Cristo
       Dimensión eclesial y comunitaria
2.2. La vocación sacerdotal
2.3. El camino de las mediaciones
      El discernimiento vocacional

3. Lugares de llamada y propuestas para la acción pastoral

 3.1. Lugares y ambientes propicios para la llamada
       3.1.1. Parroquia y comunidades cristianas
       3.1.2. La familia
       3.1.3. Instituciones de educación y ámbitos formativos
       3.1.4. Eventos diocesanos, nacionales e internacionales

 3.2. Algunas propuestas pastorales
      Oración
      Palabra de Dios
      Vida sacramental
      Catequesis
      Perspectiva de la pastoral con jóvenes: llamada a la santidad
      Plantear la vida como vocación
      Monaguillos
      Actividades lúdico-deportivas
      Delegación de pastoral vocacional
      Plan Diocesano de pastoral vocacional
      Centro Diocesano de pastoral vocacional
      Centro Nacional de pastoral vocacional
 

3.3. La fuerza del testimonio
      Importancia del testimonio en el anuncio del Evangelio
      El valor del testimonio en el evangelio de la vocación
      Final: una llamada a la esperanza

[1] Benedicto XVI, Discurso del Santo Padre a los voluntarios de la XXVI JMJ, Pabellón 9 de la Feria de Madrid-IFEMA; Madrid, 21 de agosto de 2011.

[2] Benedicto XVI, Discurso del Santo Padre a los jóvenes en la Vigilia de Oración, aeródromo de Cuatro Vientos; Madrid, 20 de agosto de 2011.

[3] Así lo había indicado el Santo Padre Benedicto XVI en el discurso que pronunció a la Plenaria de la Congregación para la Educación Católica el 7 de febrero de 2011.

[4] Congregación para la Educación Católica, Orientaciones pastorales para la pro­moción de las vocaciones al ministerio sacerdotal, Ciudad del Vaticano, 25 de marzo de 2012.

[5] Convocado por el Santo Padre Benedicto XVI con ocasión del CL aniversario de la muerte del santo Cura de Ars y celebrado del 19 de junio de 2009 al 11 de junio de 2010.

[6] Benedicto XVI, Discurso a los participantes en el Convenio Europeo sobre la pastoral vocacional con el tema: “Sembradores del evangelio de la vocación: una Palabra que llama y envía”, Roma, 4 de julio de 2009.

[7] Cf. Benedicto XVI, Mensaje del Santo Padre Benedicto XVI para la XXVI Jornada Mundial de la Juventud 2011, n. 3; Juan Pablo II,Pastores dabo vobis, n. 37.

[8] Conferencia Episcopal Española, La familia, santuario de la vida, n. 25.

[9] Cf. ibíd., nn. 22, 26.

[10] Cf. Benedicto XVI, Luz del mundo, Barcelona 2010, p. 75; cf. Conferencia Episcopal Española, Jóvenes en la Iglesia, cristianos en el mundo en el tercer milenio (Proyecto Marco de Pastoral de Juventud), Madrid 2007, pp. 34-35.

[11] Benedicto XVI, Discurso del Santo Padre en la visita a la Fundación Instituto San José; Madrid, 20 de agosto de 2011.

[12] Cf. Carta Apostólica del papa Juan Pablo II a los jóvenes y a las jóvenes del mundo con ocasión del Año Internacional de la Juventud, n. 3; 31 de marzo de 1985.

[13] Cf. Carta Apostólica del papa Juan Pablo II a los jóvenes y a las jóvenes del mundo con ocasión del Año Internacional de la Juventud, n. 13.

[14] Benedicto XVI, encíclica Deus caritas est, n. 30.

[15] Concilio Vaticano II, constitución pastoral Gaudium et spes, n. 19a.

[16] Cf. Benedicto XVI, Discurso del Santo Padre a los jóvenes en la Vigilia de Oración, aeródromo de Cuatro Vientos; Madrid, 20 de agosto de 2011.

[17] San Agustín, Confesiones I, 1.

[18] Cf. Juan Pablo II, encíclica Redemptor hominis, Roma 1979, n. 11.

[19] Benedicto XVI, Deus caritas est, n. 1.

[20] Cf. Conferencia Episcopal Española, Orientaciones sobre Pastoral de Juventud, nn. 28-32; Jóvenes en la Iglesia, cristianos en el mundo en el tercer milenio (Proyecto Marco de Pastoral de Juventud), Madrid 2007, pp. 37-44.

[21] Benedicto XVI, carta encíclica Spe salvi, 30 de noviembre del 2007.

[22] Cf. Benedicto XVI, Mensaje a los jóvenes del mundo con ocasión de la XXIV Jornada Mundial de la Juventud 2009, 22 de febrero de 2009.

[23] Cf. Benedicto XVI, Mensaje a los jóvenes del mundo con ocasión de la XXIV Jornada Mundial de la Juventud 2009, 22 de febrero de 2009.

[24] Cf. Benedicto XVI, Mensaje a los jóvenes del mundo con ocasión de la XXIV Jornada Mundial de la Juventud 2009, 22 de febrero de 2009.

[25] Cf. Benedicto XVI, Spe salvi, nn. 32-40.

[26] Benedicto XVI, Discurso en la Vigilia de Oración con los jóvenes, aeródromo de Cuatro Vientos; Madrid, 20 de agosto de 2011.

[27] Cf. Benedicto XVI, Discurso en la Fiesta de acogida de los jóvenes, Madrid, 18 de agosto de 2011; Discurso en ocasión del encuentro con los jóvenes en Génova, 18 de mayo de 2008.

[28] Cf. Benedicto XVI, Spes salvi, n. 27.

[29] Cf. Benedicto XVI, Discurso a la diócesis de Roma durante la entrega de la Carta sobre la tarea urgente de la educación, Roma, 23 de febrero de 2008.

[30] Cf. Conferencia Episcopal Española, Orientaciones sobre Pastoral de Juventud, n. 25; Jóvenes en la Iglesia, cristianos en el mundo en el tercer milenio (Proyecto Marco de Pastoral de Juventud), Madrid 2007, pp. 60-62.

[31] Cf. Benedicto XVI, Mensaje del Santo Padre Benedicto XVI para la XXVI Jornada Mundial de la Juventud 2011, n. 3; Discurso a los participantes en la Asamblea Eclesial de la Diócesis de Roma, Roma, 5 de junio de 2006.

[32] Cf. Benedicto XVI, Discurso del Santo Padre Benedicto XVI en la Fiesta de Acogida de los Jóvenes, Madrid, 18 de agosto de 2011.

[33] Juan Pablo II, Fides et ratio, preámbulo.

[34] Cf. Benedicto XVI, Discurso durante el encuentro con los jóvenes ante la basílica de Santa María de los Ángeles, Asís, 17 de junio de 2007.

[35] Cf. Benedicto XVI, Discurso a los participantes en la Asamblea eclesial de la dióce­sis de Roma, Roma, 5 de junio de 2006.

[36] Cf. Benedicto XVI, Mensaje a los jóvenes del mundo con ocasión de la XXI Jornada Mundial de la Juventud 2006, 22 de febrero de 2006.

[37] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1324-1385.

[38] Cf. Benedicto XVI, Porta fidei, nn. 7.9.15, Roma, 11 de octubre de 2011.

[39] Cf. Juan Pablo II, Christifideles laici, nn. 57-58.

[40] Concilio Vaticano II, constitución dogmática Lumen gentium, n. 4.

[41] Ibíd., n. 40.

[42] Juan Pablo II, Christifideles laici, n. 16.

[43] Ibíd., n. 17.

[44] Ibíd., n. 13.

[45] Concilio Vaticano II, Lumen gentium, n. 11.

[46] Cf. Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, n. 52.

[47] Cf. ibíd., n. 9; Ad gentes, n. 2.

[48] Cf. Concilio Vaticano II, Lumen gentium, n. 2.

[49] Cf. Benedicto XVI, Mensaje del Santo Padre Benedicto XVI para la XLIII Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, 7 de mayo de 2006.

[50] Cf. Juan Pablo II, Mensaje del Santo Padre Juan Pablo II para la XXXII Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, 18 de octubre de 1994.

[51] Cf. Juan Pablo II, Mensaje del Santo Padre Juan Pablo II para la XXXIII Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones 15 de agosto de 1995.

[52] Juan Pablo II, Pastores dabo vobis, n. 41.

[53] Benedicto XVI, Mensaje a los participantes en el II Congreso Latinoamericano sobre Vocaciones, 1 de febrero de 2011.

[54] Cf. Concilio Vaticano II, Decreto Apostolicam actuositatem n. 3; Juan Pablo II,  Pastores dabo vobis, nn. 34-35.

[55] Cf. Juan Pablo II, Pastores dabo vobis, n. 36.

[56] Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, Madrid 2007, p. 208.

[57] Cf. Juan Pablo II, Pastores dabo vobis, n. 36.

[58] Cf. Juan Pablo II, Pastores dabo vobis, nn. 36-37.

[59] Cf. Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, n. 16; Juan Pablo II, Pastores dabo vobis, n. 38.

[60] Cf. Juan Pablo II, Pastores dabo vobis, n. 38.

[61] Cf. Concilio Vaticano II, Decreto Optatam totius n. 2; Juan Pablo II, Pastores dabo vobis, n. 41.

[62] Cf. Concilio Vaticano II, Lumen gentium, n. 11 y Decreto Optatam Totius, n. 2; Comisión Episcopal de Seminarios y Universidades de la Conferencia Episcopal Española, “Habla, Señor”, Valor actual del Seminario Menor, Madrid 1998, pp. 33-35; Juan Pablo II,Pastores dabo vobis, Roma 1992, n. 41.

[63] Cf. Concilio Vaticano II, Decreto Presbyterorum Ordinis n. 11; Pablo VI, Alocución en la Audiencia General, 5 de mayo de 1965.

[64] Benedicto XVI, Homilía en la Vigilia de Oración, Roma, 10 de junio de 2010.

[65] Cf. Concilio Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, n. 10; Juan Pablo II, Pastores dabo vobis, n. 38. Ver también, Pontificia Obra para las Vocaciones Eclesiásticas, Nuevas vocaciones para una nueva Europa, Roma 1997, n. 27.

[66] Juan Pablo II, Pastores dabo vobis, n. 38.

[67] Cf. Congregación para la Educación Católica, Orientaciones pastorales para la promoción de las vocaciones al ministerio sacerdotal, Ciudad del Vaticano 2012, nn. 11.17.

[68] Cf. Juan Pablo II, Pastores dabo vobis, n. 39. Ver también, Pontificia Obra para las Vocaciones Eclesiásticas, op. cit., pp. 103-105.

[69] Benedicto XVI, Carta a los seminaristas, Roma, 18 de octubre de 2010, n. 7.

[70] Ibíd.

[71] Juan Pablo II, Pastores dabo vobis, n. 41.

[72] Ibíd., n. 68.

[73] Cf. Juan Pablo II, Pastores dabo vobis, n. 68.

[74] Cf. ibíd, n. 40.

[75] J. B. Montini, carta pastoral Sobre el sentido moral, 1961.

[76] Cf. Benedicto XVI, Discurso a la Comunidad de la Facultad Teológica Pontificia Teresianum, 19 de mayo de 2011.

[77] Benedicto XVI, Ángelus, 30 de agosto de 2009.

[78] Cf. concilio Vaticano II, Decreto Optatam totius n. 2; Juan Pablo II, Mensaje para la XXXI Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, Roma, 26 de diciembre de 1993.

[79] Cf. concilio Vaticano II, Decreto Optatam totius nn. 4-7; Juan Pablo II, Pastores dabo vobis, nn. 42. 60-61.

[80] Cf. Mensaje de los Padres sinodales al Pueblo de Dios (28 octubre 1990), III: L´Osservatore Romano, 29-30 octubre 1990.

[81] Cf. Congregación para la Educación Católica, Orientaciones pastorales para la promoción de las vocaciones al ministerio sacerdotal, Ciudad del Vaticano 2012, n. 15.

[82] Cf. Juan Pablo II, Pastores dabo vobis, n. 63.

[83] Cf. Congregación para la Educación Católica, Ratio fundamentalis institutionis sa­cerdotalis, n. 12; Comisión Episcopal de Seminarios y Universidades de la Conferencia Episcopal Española, “Habla, Señor”, Valor actual del Seminario Menor, Madrid 1998, n. IV, 7.

[84] Concilio Vaticano II, Decreto Optatam totius, n. 3.

[85] Cf. Juan Pablo II, Pastores dabo vobis, n. 64.

[86] Juan Pablo II, Carta autógrafa por la que se instituye el Consejo Pontificio de la Cultura, de 20 de mayo de 1982: Acta Apostolicae Sedis 74 (1982), 685. L’Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, 9-7-1982.

[87] Benedicto XVI, Discurso en el Encuentro con profesores universitarios jóvenes, El Escorial, 19 de agosto de 2011.

[88] Cf. Benedicto XVI, Vigilia con los sacerdotes, Clausura del Año Sacerdotal, 10 de junio de 2010.

[89] Benedicto XVI, Discurso a los participantes en el Congreso Europeo de Pastoral Vocacional, 4 de julio de 2009.

[90] Benedicto XVI, Verbum Domini, n. 77.

[91] Juan Pablo II, Ecclesia in Europa, n. 76.

[92] Cf. Benedicto XVI, Discurso durante el encuentro con los jóvenes en Pacaembu, 2007.

[93] Cf. Benedicto XVI, Mensaje a los obispos italianos reunidos en Asís para celebrar su 55.ª Asamblea General, 10 de noviembre de 2005. También los fieles son llamados a colaborar al florecimiento de las vocaciones mediante sus oraciones al Dueño de la mies (cf.ibíd.).

[94] Cf. Pontificia Obra para las Vocaciones Eclesiásticas, Nuevas vocaciones para una nueva Europa, n. 26.

[95] Juan Pablo II, Carta a los sacerdotes con motivo del Jueves Santo, 2004, n. 6.

[96] Cf. Pontificia Obra para las Vocaciones Eclesiásticas, Nuevas vocaciones para una nueva Europa, n. 26.

[97] Cf. Conferencia Episcopal Española, Pastoral vocacional de la Iglesia en España. Instrumento de trabajo, Madrid 1988, pp. 25-26.

[98] Pablo VI, Evangelii nuntiandi, n. 41, 8 de diciembre de 1975.

[99] Pablo VI, Discurso en la Audiencia General, 2 de octubre de 1974.

[100] Cf. Juan Pablo II, Redemptoris missio, n. 42, 7 de diciembre de 1990.

[101] Cf. Benedicto XVI, Mensaje para la Jornada Mundial de Oración por las Vocacio­nes, Roma, 13 de noviembre de 2009.

[102] Cf. Cf. Congregación para la Educación Católica, Orientaciones pastorales para la promoción de las vocaciones al ministerio sacerdotal, Ciudad del Vaticano 2012, n. 3.

[103] Cf. Benedicto XVI, Homilía en la santa Misa con los seminaristas en la catedral de Santa María la Real de la Almudena, Madrid, 20 de agosto de 2011.

[104] Cf. Benedicto XVI, Discurso a los participantes en el Convenio Europeo sobre pas­toral vocacional, 4 de julio de 2009.

[105] Cf. Benedicto XVI, Homilía en la santa Misa con los seminaristas en la catedral de Santa María la Real de la Almudena, Madrid, 20 de agosto de 2011.

[106] Cf. Benedicto XVI, Homilía en la santa Misa con los seminaristas en la catedral de Santa María la Real de la Almudena, Madrid, 20 de agosto de 2011; Homilía de la santa Misa de clausura del Año Sacerdotal, Roma, 11 de junio de 2010.

[107] Cf. Juan Pablo II, Pastores dabo vobis, n. 39.

[108] Cf. Benedicto XVI, Homilía en la celebración de las Vísperas por el inicio del Año Académico de las Pontificias Universidades Romanas, Roma, 4 de noviembre de 2011. En esta celebración participaron los asistentes al Congreso por el 70º aniversario de Pontificia Obra por las Vocaciones Sacerdotales.

[109] Benedicto XVI, Mensaje para la XLVIII Jornada Mundial de Oración por las Voca­ciones, 15 de mayo de 2011.