Haití, la situación religiosa cuatro años después del terremoto

Entrevista a Mons. Dumás, obispo de la diócesis de Anse-a-Veau et Miragoane

Roma, (Zenit.org) H. Sergio Mora | 904 hits

El martes 12 de enero de 2010 pocos minutos ante las cinco de la tarde, un terremoto desoló Haití provocando al menos 230 mil víctimas mortales y afectó a más de tres millones de personas en una población de 9 millones.

Mons. Pierre André Dumás, obispo de Anse-a-Veau et Miragoane estuvo hacia finales del 2013 en Roma en un viaje de pocos días, invitado por la Comunidad de San Egidio para presidir una de las 32 mesas redondas sobre 'La defensa de la vida débil'. Interrogado por ZENIT sobre cuál es la situación de la fe, después de una catástrofe como la que se ha vivido, Mons. Dumás indicó que tras un primer momento de gran apertura, con el pasar de las semanas se volvió a una 'normalidad' dentro de una situación de gran deterioro, normalidad que se vuelve resignación, pasividad, pesimismo y fatalismo. A pesar de ello la Iglesia local entendió que era una prueba y que desprendida de las construcciones y edificios que dan dignidad, había que centrarse más en el mensaje evangélico. 

La situación aún es dramática, con casi 200 mil personas viviendo en carpas, pero con un aumento notable de vocaciones y de parroquias, en donde la fe se vive de una manera más genuina y con espíritu de gran solidaridad. Hoy la fuerza del pueblo de Haití es su fe en Dios, que ayuda a la gente a ponerse en pié y a mirar al futuro con esperanza. La descripción de este panorama tan difícil nos permitirá entender mejor el país en dónde trabaja el obispo de Les Cayes, Chibly Langlois, apenas nombrado cardenal por el papa Francisco.

¿Cuál es la situación de Haiti después del terremoto?

-Mons. Dumas: El 12 enero se cumplen cuatro años del terremoto en Haití, en el cual murieron casi 300 mil personas, que vio casi 1,2 millones viviendo en carpas en un país que no llega a los 10 millones de habitantes, provocando que tantas familias hayan quedado en situación de gran fragilidad. Además de los desplazamientos entre provincias, los que perdieron todo y las reunificaciones de restos de familias con viudas y huérfanos que pasaron a más de diez miembros. Y con un Estado que es débil y ayuda poco.  

¿Y hoy en día?

-Mons. Dumas: Hoy en Haití se verifica un lento crecimiento, con algunos pequeños síntomas de mejora de la vida, algunas personas dejaron las carpas pero aún hay mucho que hacer, baste pensar que al menos unas 200 mil personas aún viven en ellas. “Las carpas van bien para una semana de camping, pero no para tanto tiempo”.

¿Cómo la gente ve a la Iglesia?

-Mons. Dumas: Hoy la fuerza del pueblo de Haití es su fe en Dios, que le ayuda a la gente a ponerse en pié y a mirar al futuro con esperanza. Además de las acciones concretas como las de la Cáritas local, y la animación que la Iglesia propone a los más débiles. En ese sentido podemos decir que la presencia de la Iglesia en Haití es una bendición para el pueblo. Existe además una gran confianza en la Iglesia de Haití, aumentada por la crisis política. 

Cuando se vino todo abajo, la Iglesia fue prácticamente lo único que quedó. ¿Verdad?

-Mons. Dumas: La Iglesia perdió todo a nivel de edificios, pero se quedó en pié porque es más que un edificio, porque la llevamos adentro. La 'ecclesia' que vive a través de la comunidad y que encontró mayor rigor desde el momento que no tiene nada de material, incluso aquellos edificios y bienes que dan dignidad. Nos encontramos sólo con lo esencial, como lo predica el papa Francisco. Lo único que nos quedó fue la fuerza de la fe. 

Antes de esta tragedia y después, ¿qué diferencia ve en la vida del fe de la población? 

-Mons. Dumas: En Haití no hubo nunca gran bienestar. Después el terremoto se llevó todo. En seguida después delante de la amplitud de los hechos muchos pensaron que todos habrían entendido la catástrofe  como un mensaje de Dios para retomar la fe. De hecho los primeros días se vio que todos eran muy solidarios, virtuosos, generosos, uno al lado del otro. Pero el hombre es hombre, y la persona de antes regresa y se vuelve después de algunas semanas a la normalidad dentro de la catástrofe. 

O sea que vivir a la 'normalidad' en una situación de catástrofe es peor que la normalidad anterior?

-Mons. Dumas: Sí y allí es necesario volver a los valores evangélicos. Porque es una normalidad que se vuelve resignación, pasividad, pesimismo y fatalismo. Allí llega el mensaje de la Iglesia, que hace entender que no fue un castigo, sino que es un fenómeno natural es una prueba para crecer. Y además debemos discernir que mensaje positivo puede haber. 

Podemos volvernos coprotagonistas de nuestra historia con Dios, si tenemos una mirada de fe delante de los eventos que vivimos. La Iglesia de Haití hizo una operación, proceso de catarsis de purificación, para no aferrarse a la hermosa catedral de Puerto Prince o a los bellos edificios, sino aferrarse a Cristo y a su mensaje, a los valores del evangelio, a la finalidad de la vida y las cosas últimas. Y sobre esto, con humildad la Iglesia de Haití quizás tendrá también algo que aportar a toda la Iglesia unviersal. Como dijo Alfred de Vigner, 'nadie se conoce si no ha sufrido' el gran sufrimiento de un pueblo mártir, claramente no el único en el mundo, otros pueblos también viven esta situación de Cristo crucificado. 

¿La gente se ha vuelto más abierta a la predicación o no necesariamente?

-Mons. Dumas: En los primeros tiempos del terremoto, algunos pensaban que con esta catástrofe el pueblo se habría vuelto más abierto al mensaje cristiano. Y de hecho en un primer momento lo fue, pero a medida que el tiempo fue pasando, aquella forma de apertura fue desapareciendo. 

Por ello hemos puesto el acento en la misión continental de América Latina, en la pastoral de proximidad, en la conversión pastoral sea de los pastores y de las estructuras que lo ayudan a encontrar a Cristo, y en la conversión individual espiritual y la comunitaria social. 

En estos casos existen también los profetas de desventuras.

-Mons. Dumas: Había quedado en pié solamente una emisora de radio, e hice kilómetros para ir y explicar al pueblo que no era un castigo de Dios, que era un fenómeno del que podíamos crecer dentro de nosotros y para que crezca nuestra fe. Y de no escuchar a los profetas de desventuras que digan que ustedes son más pecadores que los otros. Y recordé cuando Jesús habló de aquella torre de Galilea. Y les pedí que manifiesten la solidaridad. Y pedí a los voluntarios de Cáritas que nos reuniéramos al día siguiente en la sede para coordinar la ayuda. 

En el último sínodo se habló de la parroquia no solamente como un lugar de oración...

-Mons. Dumas: Sí, una comunidad viva, de vida, en la que se celebra, en donde la gente se encuentra, en donde se está en comunidad. Donde se celebran nuestros sufrimientos y alegrías, la pasión, muerte y resurrección del Señor. Tener la idea que no es el edificio el que hace la Iglesia, aunque los templos sirvan y fueron construidos no porque tenían dinero sino porque eran expresión de la fe.

¿La Caritas cómo ha actuado?

-Mons. Dumas: En el primer momento, fueron los haitianos y la Iglesia la que inició una solidaridad local, y esto fue espontáneo para sostener a los afectados. Lo he vivido de cerca al ser presidente de la Cáritas de Haití. Tuvieron un papel increíble, las primeras en llegar fueron las latinoamericanas, después llegó el cardenal Maradiaga que era el nuevo presidente de la Cáritas internacional y nos ayudó a entender el sentido de esta intervención de la Iglesia, haciendo ver que la Iglesia debía sostener la esperanza del pueblo y al mismo tiempo aunar esfuerzos para llegar al pueblo. Y realmente le agradecemos a la red Cáritas por su capacidad de intervenir con voluntarios que vinieron de México, Italia, España, e incluso de países de África en dificultad. 

¿Qué se puede hacer por Haití además de no olvidarla?

-Mons. Dumas: Hay que mantener siempre la solidaridad. En una familia cuando hay un hermano que sufre no es posible abandonarlo. Y Haití tiene una larga historia de sufrimiento, iniciando por la esclavitud. Una solidaridad permanente respetando la subsidariedad. Sea a nivel local que de ayuda internacional. 

¿Y las vocaciones?

-Mons. Dumas: Es una gracia de Dios, en mi diócesis, la nueva diócesis de Anse-a-Veau en Miragoane ahora tenemos casi 35 seminarista y muchas solicitudes. Eramos 18 sacerdotes y ahora somos 40 y veo mucha armonía a nivel del clero.

En el 2010 teníamos 13 parroquias, hoy son 28 parroquias. Hemos entendido que la llamada de una Iglesia más cercana a la gente puede correr el riesgo de enviar un sacerdote en donde vive la gente sin la necesidad de tantas estructuras. Después si Dios las manda bien vengan. El punto es que si falta la espiritualidad, ni siquiera hay humanidad.

¿Qué le ofrece la Iglesia de Haití hoy a su pueblo?

Por eso hoy la Iglesia dice al pueblo de Haití crucificado en su tragedia histórica:" No tengo ni oro ni plata pero lo que tengo te lo ofrezco; en nombre de Jesus: ¡Levántate y camina!