Homilía del Papa a sacerdotes, religiosos, seminaristas y diáconos de Brasil

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APARECIDA, domingo, 13 mayo 2007 (ZENIT.org).- Publicamos la homilía que pronunció Benedicto XVI en la tarde de este sábado al rezar el rosario en el santuario de Nuestra Señora de la Concepción Aparecida junto a sacerdotes, religiosas, religiosos, seminaristas y diáconos de Brasil, reunidos junto a los delegados de la V Conferencia del Episcopado de América Latina y de los Caribes.




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Señores Cardenales, Venerados Hermanos en el Episcopado y Presbiterado, ¡Amados religiosos y todos vosotros que, impelidos por la voz de Jesucristo, lo seguisteis por amor!
¡Estimados seminaristas, que os estáis disponiendo para el ministerio sacerdotal! ¡Queridos representantes de los Movimientos eclesiales, y todos vosotros laicos que lleváis la fuerza del Evangelio al mundo del trabajo y de la cultura, en el seno de las familias, así como a vuestras parroquias!

1. Como los Apóstoles, juntamente con María, «subieron a la sala de encima» y allí «unidos por el mismo sentimiento, se entregaban asiduamente a la oración» (Hechos 1,13-14), así también hoy nos reunimos aquí en el Santuario de Nuestra Señora de la Concepción Aparecida, que es para nosotros en esta hora «la sala de encima», donde María, Madre del Señor, se encuentra en medio a nosotros. Hoy es Ella quien orienta nuestra meditación; Ella nos enseña a rezar. Es Ella que nos muestra el modo de abrir nuestras mentes y nuestros corazones al poder del Espíritu Santo, que viene para ser comunicado al mundo entero.

Acabamos de recitar el Rosario. A través de sus ciclos meditativos, el Divino Consolador quiere introducirnos en el conocimiento de un Cristo que brota de la fuente límpida del texto evangélico. Por su parte, la Iglesia del tercero milenio se propone dar a los cristianos la capacidad de «conocer - con palabras de San Pablo - el misterio de Dios, esto es Cristo, en el cual están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia» (Col 2,2-3). María Santísima, la Virgen Pura y sin Mancha es para nosotros escuela de fe destinada a conducirnos y a fortalecernos en el camino que lleva al encuentro con el Creador del Cielo y de la Tierra. El Papa vino a Aparecida con viva alegría para deciros en primer lugar: "Permaneced en la escuela de María". Inspiraos en sus enseñanzas. Procurad acoger y guardar dentro del corazón las luces que Ella, por mandato divino, os envía desde lo alto.

Como es bueno estar aquí reunidos en nombre de Cristo, en la fe, en la fraternidad, en la alegría, en la paz, "en la oración con María, la Madre de Jesús" (Hechos 1,14). Como es bueno, queridos Presbíteros, Diáconos, Consagrados y Consagradas, Seminaristas y Familias Cristianas, estar aquí en el Santuario Nacional de Nuestra Señora de la Concepción Aparecida, que es Morada de Dios, Casa de María y Casa de Hermanos y que en estos días se transforma también en Sede de la V Conferencia Episcopal Latinoamericana y del Caribe. Cómo es bueno estar aquí en esta Basílica Mariana hacia dónde, este tiempo, ¡convergen los miradas y las esperanzas del mundo cristiano, de modo especial de América Latina y del Caribe!

2. ¡Me siento muy feliz de estar aquí con vosotros, en medio de vosotros! ¡El Papa os ama! ¡El Papa os saluda afectuosamente! ¡Reza por vosotros! Y suplica al Señor las más preciosas bendiciones para los Movimientos, Asociaciones y las nuevas realidades eclesiales, ¡expresión viva de la perenne juventud de la Iglesia! ¡Qué seáis muy bendecidos! Va aquí mi saludo afectuoso a vosotras, Familias aquí congregadas y que representáis todas las queridísimas Familias Cristianas presentes en el mundo entero. Me alegro de modo especialísimo con vosotros y os envío mi abrazo de paz.

Agradezco la acogida y la hospitalidad del Pueblo brasileño. ¡desde que llegué aquí fui recibido con mucho cariño! Las varias manifestaciones de aprecio y saludo demuestran cuánto queréis bien, estimáis y respetáis el Sucesor del Apóstol Pedro. Mi predecesor, el Siervo de Dios Papa Juan Pablo II se refirió varias veces a vuestra simpatía y espíritu de acogida fraterna. ¡Él tenía toda la razón!

3. Saludo a los estimados padres aquí presentes, pienso y oro por todos los sacerdotes diseminados por el mundo entero, de modo particular por los de América Latina y del Caribe, incluyendo entre ellos a los que son fidei donum. Cuántos desafíos, cuántas situaciones difíciles enfrentáis, ¡cuánta generosidad, cuánta donación, sacrificios y renuncias! La fidelidad en el ejercicio del ministerio y en la vida de oración, la búsqueda de la santidad, la entrega total a Dios al servicio de los hermanos y hermanas, gastando vuestras vidas y energías, promoviendo la justicia, la fraternidad, la solidaridad, el compartir, - todo eso le habla fuertemente a mi corazón de pastor. El testimonio de un sacerdocio bien vivido dignifica a la Iglesia, suscita admiración en los fieles, es fuente de bendición para la Comunidad, es la mejor promoción vocacional, es la más auténtica invitación para que otros jóvenes también respondan positivamente a los llamados del Señor. ¡Es la verdadera colaboración para la construcción del Reino de Dios!

Os agradezco sinceramente y os exhorto a que continuéis viviendo de modo digno la vocación que recibisteis. Qué el fervor misionero, que la vibración por una evangelización siempre más actualizada, ¡que el espíritu apostólico auténtico y el celo por las almas estén presentes en vuestras vidas! Mi afecto, oraciones y agradecimientos van también a los sacerdotes de edad y enfermos. ¡Vuestra conformación al Cristo Sufridor y Resucitado es el más fecundo apostolado! ¡Muchas gracias!

4. Queridos Diáconos y Seminaristas, a vosotros también que ocupáis un lugar especial en el corazón del Papa, un saludo muy fraternal y cordial. La jovialidad, el entusiasmo, el idealismo, el ánimo para enfrentar con audacia los nuevos desafíos, renuevan la disponibilidad del Pueblo de Dios, vuelven a los fieles más dinámicos y hacen crecer a la Comunidad Cristiana, progresar, ser más confiados, felices y optimistas. Agradezco el testimonio que ofrecéis, colaborando con vuestros Obispos en los trabajos pastorales de las diócesis. Tened siempre delante de los ojos la figura de Jesús, el Buen Pastor, que "vino no para ser servido, pero para servir y dar su vida para rescatar a la multitud" (Mt 20,28). Sed como los primeros diáconos de la Iglesia: hombres de buena reputación, llenos del Espíritu Santo, de sabiduría y de fe (cf. Hechos 6, 3-5). Y vosotros, Seminaristas dad gracias a Dios por el llamado que Él os hace. Recordaos que el Seminario es la "¡cuna de vuestra vocación y escena de la primera experiencia de comunión" (Directorio para el Ministerio y vida de los Presbíteros, 32). Rezo para que seáis, si Dios quiere, sacerdotes santos, fieles y felices en servir a la Iglesia!

5. Detengo mirada y atención ahora sobre vosotros, estimados consagrados y consagradas, aquí reunidos en el Santuario de la Madre, Reina y Patrona del Pueblo Brasileño, y también diseminados por todas partes del mundo.

Vosotros, religiosos y religiosas, sois una dádiva, un regalo, un don divino que la Iglesia recibió de su Señor. Agradezco a Dios vuestra vida y el testimonio que dais al mundo de un amor fiel a Dios y a los hermanos. Ese amor sin reservas, total, definitivo, incondicional y apasionado se expresa en el silencio, en la contemplación, en la oración y en las actividades más diversas que realizáis, en vuestras familias religiosas, en favor de la humanidad y principalmente de los más pobres y abandonados. Eso todo suscita en el corazón de los jóvenes el deseo de seguir más de cerca y radicalmente a Cristo el Señor y ofrecer la vida para dar testimonio a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, que Dios es Amor y que vale la pena dejarse cautivar y fascinar para dedicarse exclusivamente a Él (cf. Exort. ap. «Vita Consecrata», 15).

La vida religiosa en Brasil siempre ha sido significativa y ha tenido un papel destacado en la obra de la evangelización, desde los inicios de la colonización. Ayer aún, tuve la grande satisfacción de presidir la Celebración Eucarística en la cual fue canonizado San Antonio de Santa Ana Galvão, presbítero y religioso franciscano, primer Santo nacido en Brasil. A su lado, otro testimonio admirable de consagrada es Santa Paulina, fundadora de las Hermanitas de la Inmaculada Concepción. Tendría muchos otros ejemplos para citar. Que todos ellos os sirvan de estímulo para vivir una consagración total. ¡Dios os bendiga!

6. Hoy, en vísperas de la apertura de la V Conferencia General de los Obispos de América Latina y del Caribe, que tendré el gusto de presidir, siento el deseo de deciros a todos vosotros cuán importante es el sentido de nuestra pertenencia a la Iglesia, que hace a los cristianos crecer y madurar como hermanos, hijos de un mismo Dios y Padre. Queridos hombres y mujeres de América Latina sé que tenéis una gran sed de Dios. Sé que seguís a Aquel Jesús, que dijo “Nadie va al Padre sino por mí” (Jn 14,6). Por eso el Papa quiere deciros a todos: ¡La Iglesia es nuestra Casa! ¡Esta es nuestra Casa! ¡En la Iglesia Católica tenemos todo lo que es bueno, todo lo que es motivo de seguridad y de consuelo! ¡Quien acepta a Cristo: “Camino, Verdad y Vida”, en su totalidad, tiene garantizada la paz y la felicidad, en esta y en la otra vida! Por eso, el Papa vino aquí para rezar y confesar con todos vosotros: ¡vale la pena ser fieles, vale la pena perseverar en la propia fe! Pero la coherencia en la fe necesita también una sólida formación doctrinal y espiritual, contribuyendo así a la construcción de una sociedad más justa, más humana y cristiana. El Catecismo de la Iglesia Católica, incluso en su versión más reducida, publicada con el título de Compendio, ayudará a tener nociones claras sobre nuestra fe. Vamos a pedir, ya desde ahora, que la venida del Espíritu Santo sea para todos como un nuevo Pentecostés, a fin de iluminar con la luz de lo Alto nuestros corazones y nuestra fe.


7. Es con gran esperanza que me dirijo a todos vosotros, que os encontráis dentro de esta majestuosa Basílica, o que participaron del Santo Rosario desde fuera, para invitarlos a volverse profundamente misioneros y para llevar la Buena Nueva del Evangelio por todos los puntos cardenales de América Latina y del mundo.

Vamos a pedir a la Madre de Dios, Nuestra Señora de la Concepción Aparecida, que cuide la vida de todos los cristianos. Ella, que es la Estrella de la Evangelización, guíe nuestros pasos en el camino al Reino celestial:

“¡Madre nuestra, protege la familia brasileña y latinoamericana!
Ampara, bajo tu manto protector a los hijos de esta Patria querida que nos acoge,
Tú que eres la Abogada junto a tu Hijo Jesús, dale al Pueblo brasileño paz constante y prosperidad completa,
Concede a nuestros hermanos de toda la geografía latinoamericana un verdadero fervor misionero irradiador de fe y de esperanza,
Haz que tu clamor de Fátima por la conversión de los pecadores, sea realidad, y transforme la vida de nuestra sociedad,
Y tú, que desde el Santuario de Guadalupe, intercedes por el pueblo del Continente de la esperanza, bendice sus tierras y sus hogares.


Amén

[Traducción distribuida por el Consejo Episcopal Latinoamericano
© Copyright 2007 - Libreria Editrice Vaticana]