Hoy estarás conmigo en el paraíso

Mensaje del papa a los participantes en el vía Crucis en la Cárcel de Rebibbia

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ROMA, lunes 2 abril 2012 (ZENIT.org).- “Hoy estarás conmigo en el paraíso” ha sido el tema elegido para el Vía Crucis celebrado en la cárcel de Rebibbia de Roma el pasado viernes. El papa dirigió un mensaje a los participantes.

La celebración fue presidida por el cardenal vicario de Roma Agostino Vallini, con asistencia del director de la prisión Carmelo Cantone, del director de Caritas diocesana de Roma, monseñor Enrico Feroci y de más de trescientos fieles provenientes de diversas parroquias de la capital. Entre ellos, también voluntarios de Caritas y los seminaristas que cada día prestan su servicio en la cárcel.

“Como eco de la visita del santo padre a Rebibbia, han sido muchas las adhesiones de este año”, dijo don Sandro Spriano, capellán de la cárcel. “La nuestra será una meditación sobre el paraíso y en la celebración participarán cerca de trescientos detenidos”, anticipó el sacerdote.

La cercanía del papa con los detenidos nunca ha disminuido después de la histórica visita antes de la pasada Navidad y para confirmar tal lazo, el papa Benedicto XVI envió su mensaje este viernes.

Ofrecemos el texto mensaje del papa.

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¡Queridos hermanos!

Me he sentido feliz al saber que, en preparación a la Pascua, daréis vida, en la Casa Circundarial de Rebibbia, a un Via Crucis que será presidido por mi vicario para Roma, el cardenal Agostino Vallini, con la participación de los detenidos, agentes penitenciarios y grupos de fieles de varias parroquias de la ciudad. Me siento particularmente cercano a esta iniciativa, porque está siempre vivo en mi ánimo el recuerdo de la visita que hice a la cárcel de Rebibbia poco antes de la pasada Navidad; recuerdo los rostros que encontré y las palabras que escuché, y que dejaron en mí una marca profunda. Por ello, me uno espiritualmente a vuestra oración, y así puedo dar continuidad a mi presencia en medio de vosotros, y por esto doy las gracias en especial a vuestros capellanes.

Sé que este Via Crucis quiere ser también un signo de reconciliación. En efecto, como dijo uno de los detenidos durante nuestro encuentro, la cárcel sirve para volverse a levantar tras haber caído, para reconciliarse con sí mismos, con los demás y con Dios, y poder luego reentrar de nuevo en la sociedad. Cuando, en el Via Crucis, vemos a Jesús que cae en tierra –una, dos, tres veces- comprendemos que El ha compartido nuestra condición humana, el peso de nuestros pecados le ha hecho caer; pero por tres veces Jesús se ha vuelto a levantar y la proseguido el camino hacia el Calvario; y así, con su ayuda, también nosotros podemos volvernos a levantar de nuestras caídas, y quizá ayudar a otro, un hermano, a volverse a levantar.

Pero ¿qué era lo que daba a Jesús la fuerza para seguir adelante? Era la certeza de que el Padre estaba con El. Aunque en el corazón había toda la amargura del abandono, Jesús sabía que el Padre lo amaba, y precisamente por este amor inmenso, esta misericordia infinita del Padre celeste lo consolaba y era más grande que las violencias y los ultrajes que lo rodeaban. Aunque todos lo despreciaban y lo trataban ya no como un hombre, Jesús, en su corazón, tenía la firme certeza de ser siempre hijo, el Hijo amado de Dios Padre.

Este, queridos amigos, es el gran don que Jesús nos ha hecho con su Via Crucis: nos ha revelado que Dios es amor infinito, es misericordia, y lleva hasta el final el peso de nuestros pecados, para que nosotros podamos volvernos a levantar y reconciliarnos y reencontrar la paz. También nosotros, entonces, no tenemos miedo de recorrer nuestro “via crucis”, de llevar nuestra cruz junto con Jesús. El está con nosotros. Está con nosotros también María, su y nuestra madre. Ella permanece fiel incluso a los pies de nuestra cruz, y reza por nuestra resurrección, porque cree firmemente que, incluso en la noche más oscura, la última palabra es la luz del amor de Dios.

Con esta esperanza, basada en la fe, auguro a todos vosotros vivir la próxima Pascua en la paz y en la alegría de Cristo que nos ha comprado con su sangre, y con gran afecto os imparto la bendición apostólica, extendiéndola de corazón a vuestros familiares y a las personas queridas”.