Humanismo abierto

La Jornada Mundial de la Paz según el cardenal Cipriani, arzobispo de Lima y primado de Perú

Lima, (Zenit.org) Juan Luis Cipriani Thorne | 1065 hits

En su “Mensaje por la Jornada Mundial de la Paz”, el Papa Benedicto XVI nos propone interesantes ideas para iluminar nuestros pensamientos y acciones. Empieza por plantear un “humanismo abierto a la trascendencia”, que supere antropologías y éticas basadas en presupuestos teóricos-prácticos puramente subjetivos y pragmáticos.

Para ello, nos dice: “Se debe desmantelar la dictadura del relativismo moral que presupone una moral totalmente autónoma, que cierra las puertas al reconocimiento de la imprescindible ley moral natural inscrita por Dios en la conciencia de cada hombre”. El mundo actual necesita del soporte de un “pensamiento nuevo”, de una nueva síntesis cultural, para superar tecnicismos y armonizar las múltiples tendencias con vistas al bien común.

Este camino del humanismo cristiano pasa, en primer lugar, por el respeto de la vida humana, desde su concepción, en su desarrollo y hasta su fin natural. Por ello es injusto y abusivo pretender codificar de manera indirecta falsos derechos o libertades que, basados en una visión reductiva y relativista del ser humano, y mediante el uso hábil de expresiones ambiguas, se encaminan a favorecer un pretendido derecho al aborto terapéutico, lo que amenaza el derecho fundamental a la vida.

Asimismo, se debe afirmar la estructura natural del matrimonio como la unión de un hombre y una mujer, frente a los intentos de equipararla desde un punto de vista jurídico con formas radicalmente distintas de unión que, en realidad, dañan y contribuyen a su desestabilización y oscurecen su carácter particular y su papel insustituible en la sociedad.

No se puede ignorar o minimizar el papel decisivo de la familia, célula base de la sociedad. Esta tiene como vocación natural promover la vida: acompaña a las personas en su crecimiento y las anima a potenciarse mutuamente mediante el cuidado recíproco. Es necesario tutelar el derecho de los padres y su papel primario en la educación de sus hijos, en primer lugar en el ámbito moral y religioso.

Estos principios no son verdades de fe, pero están inscritos en la misma naturaleza humana, se pueden conocer por la razón, y por tanto son comunes a toda la humanidad. La acción de la Iglesia al promoverlos no tiene un carácter confesional, sino que se dirige a todas las personas, prescindiendo de su afiliación religiosa.

Por otro lado, en sectores de la opinión pública, la ideología del liberalismo radical y de la tecnocracia insinúa la convicción de que el crecimiento económico se ha de conseguir a costa de erosionar la función social del Estado y de las redes de solidaridad de la sociedad civil, disminuyendo el valor de los derechos y deberes sociales. Ha prevalecido en los últimos tiempos, la tendencia a maximizar la utilidad y el consumo, en una óptica individualista y egoísta, dirigida a valorar a las personas solo por su capacidad de responder a las exigencias de la competitividad.

Es necesario enseñar a los hombres a vivir con benevolencia, más que son simple tolerancia. Es fundamental que se cree el convencimiento de que “hay que decir no a la venganza, hay que reconocer las propias culpas, aceptar las disculpas sin exigirlas y, en fin, personar”, de modo que los errores y las ofensas puedan ser en verdad reconocidos para avanzar juntos hacia la reconciliación. Esto supone la difusión de una pedagogía del perdón. El mal, en efecto, se vence con el bien. Promover el “humanismo abierto” es un trabajo lento, porque supone una evolución espiritual y una educación a promover los más altos valores. En síntesis, una visión trascendente de la historia humana.

Publicado en el diario El Comercio, p. A19, el lunes 31 de diciembre de 2012