Iglesia, prevención del sida y preservativo, según el cardenal Lozano Barragán

Habla el presidente del Consejo Pontificio para la Salud

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CIUDAD DEL VATICANO, viernes, 4 febrero 2005 (ZENIT.org).- El mensaje central de la Iglesia no es si se puede o no se puede utilizar el preservativo, aclara el cardenal Javier Lozano Barragán, presidente del Consejo Pontificio para la Salud, en respuesta a la impresión que ha dado el debate de la opinión pública en días recientes.



En esta entrevista concedida a Zenit, el purpurado mexicano, a quien Juan Pablo II le ha encomendado el testimonio cristiano en medio de los enfermos, en particular de los afectados por el virus VIH, enmarca la propuesta pastoral de la Iglesia para prevenir y combatir el sida, desde toda la amplitud de su perspectiva.

--Da la impresión de que para los medios de comunicación el único mensaje que puede ofrecer la Iglesia hoy es si se puede utilizar o no el preservativo. ¿Es así?

--Cardenal Lozano: Vamos abriendo el tema. Nosotros, especialmente en este Consejo Pontificio, tenemos la obligación de luchar contra el sida, porque el Papa nos puso para hacer frente pastoralmente a las enfermedades emergentes. ¿Cómo podemos hacer frente desde este Dicasterio a la pastoral del sida?

La respuesta es con los Mandamientos. En particular, este desafío afecta a dos mandamientos específicos: uno es el quinto, «No matarás», que es un desdoblar los dos primeros: amar a Dios y amar al prójimo. El otro mandamiento es el sexto, «No cometerás adulterio».

Por el mandamiento «No matarás» estamos obligados a no matar a nadie, pero al mismo tiempo a no dejarnos matar, es decir, a proteger nuestra vida. Tanto es así, que es doctrina tradicional de la Iglesia, que nunca ha cambiado, que para defender la propia vida inocente se puede llegar incluso a matar el agresor. Si el agresor tiene el virus Ébola, gripe o sida y me quiere matar, yo me tengo que defender. Si me quiere matar con el sida, me tengo que defender del sida. ¿Cómo me defiendo? Con el medio más apropiado. El que yo considere: ¿que es un garrote?, con un garrote. ¿Si es una pistola?, con una pistola. ¿Con un preservativo? Si es eficaz para defenderme, sí, en este caso de injusta agresión.

--¿Qué sugieren ustedes para la prevención del sida?

--Cardenal Lozano: Hay que ver cuáles son las maneras de contraer el sida. Son tres: la sangre, la transmisión maternofilial y el sexo.

Por lo que se refiere a la sangre, decimos, «¡cuidado con las transfusiones! ¡Cuidado con las jeringuillas de la droga!».

Por lo que se refiere a la transmisión materno-filial, decimos: «mamás, ¡cuidado con la transmisión a los niños!». Gracias a Dios ya hay pastillas muy eficaces. «¡Cuidado en el mismo parto! ¡Cuidado a la hora de amamantar a los hijos, pues puede ser muy peligroso!».

En tercer lugar está el sexo, para el que el remedio es la abstinencia y la fidelidad. ¿Por qué? Porque el sexo es la expresión más sublime del amor que Dios nos ha dado. Y significa el amor vital y la vida es la donación total. Lo que quiere decir que el sexo exige entre el hombre y la mujer, que no queda nada sobrante para un tercero. Por tanto, el sexo realmente para vivirse sólo puede vivirse en el matrimonio único y permanente durante toda la vida. Para defender la preciosidad del sexo, Dios puso un mandamiento absoluto, enunciando en forma negativa: «No cometerás adulterio». No dijo «No tengas relaciones sexuales». Las relaciones sexuales son precisamente la expresión más grande del amor humano, que se lleva a cabo en el matrimonio. El celibato es todavía mayor, pero se trata de un amor divino.

Siguiendo estos dos mandamientos, «no matarás» y «no cometerás adulterio», se protege la vida. ¿Cómo nos defendemos del sida? Protegiendo la vida, en su excelsitud sexual y en su agresión maliciosa. Si nos oponemos a su agresión maliciosa, si no rompemos la preciosidad de ese cristal finísimo que es el sexo, no contraemos el sida.

--De manera que la Iglesia no ofrece recetas, sino que anuncia los diez mandamientos.

--Cardenal Lozano: Entendamos que en ese sentido, estamos hablando del centro del cristianismo, pues se trata de amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. Lo que cuenta es la abstinencia, la fidelidad y «no matarás».