Inaugurado un monasterio de clarisas en la isla griega de Syros

Un testimonio de diálogo con los cristianos ortodoxos

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ROMA, 26 nov (ZENIT.org).- Una comunidad de clarisas capuchinas ha desembarcado en la isla griega de Syros para pronunciar continuamente con su presencia una oración: «¡Que sean uno!».



Estamos hablando del monasterio Ano Syros, cuyo nombre está dedicado a la oración que Jesús dirige al Padre y que el Papa ha elegido como título para su encíclica ecuménica, corazón del diálogo entre católicos y ortodoxos en esas latitudes del mar Egeo.

Tiene una misión providencial en estos momentos en que la Iglesia ortodoxa griega ve con recelo la expansión del catolicismo en el oriente de Europa y particularmente el renacimiento de las comunidades greco-católicos. El Comité del Sínodo Ortodoxo, de hecho, todavía no ha decidido si invitará al Papa a visitar Atenas con motivo de su peregrinación tras las huellas de san Pablo.

La historia del monasterio coincide con el trienio de preparación al Jubileo. La semilla del compromiso ecuménico fue lanzada en la comunidad de la Resurrección de San Giovanni Rotondo (Italia), de donde provienen las monjas, por el obispo de Syros, Franghiskos Papamanolis, también él franciscano.

Un año después, el pastor invitaba a las monjas a llevar a tierra griega la fuerza de su testimonio silencioso. Recibida la bendición de su obispo, las clarisas atravesaron por primera vez el Adriático en 1997. Desde entonces, la semilla ha dado fruto y en agosto pasado la nueva comunidad de cinco monjas se ha instalado en el monasterio reestructurado que había pertenecido a los jesuitas.

«Estamos aquí --afirma la abadesa, sor Maurizia de la Santísima Trinidad-- para que nuestra presencia silenciosa y orante se convierta en signo de unidad para hermanos que creen y aman al mismo Dios, aún en su diversidad».

«La disponibilidad a vivir como peregrinas --dicen las religiosas-- nos ha permitido recibir el don de conocer el rostro de la Iglesia que está en Syros, a través de la maravillosa acogida y generosidad de muchos hermanos, tanto católicos como ortodoxos, que encontrábamos cuando vamos cada mañana a pie para trabajar en la reconstrucción en el monasterio, en las parroquias a donde íbamos para la misa cotidiana y en las visitas a las iglesias ortodoxas».

Un episodio resume el sentido de su presencia: «Al ir a visitar una iglesia ortodoxa, el sacerdote, acogiéndonos con alegría, nos preguntó: "¿Creemos en el mismo Cristo?" y, como respondimos «sí», exclamó: "Entonces tenemos un único Padre"».