Incorporados al santoral alemán 76 mártires del siglo XX

Acaba de publicarse la quinta edición del Martirologio alemán

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BONN, jueves 23 de septiembre de 2010 (ZENIT.org).- El Martirologio alemán Zeugen für Christus (Testigos de Cristo) fue publicado este mes en su quinta edición. La obra de dos volúmenes, publicados en nombre de la Conferencia Episcopal Alemana, se compuso después del llamamiento del Papa Juan Pablo II a “mantener viva la memoria de los mártires del siglo XX”.

La quinta edición del martirologio contiene 76 nuevos nombres de mártires del pasado siglo. El representante de la Conferencia Episcopal Alemana del martirologio, el prelado Helmut Moll, ofrece una investigación detallada sobre doce ministros y 14 laicos de la época del nacionalsocialismo, de ocho sacerdotes y 14 laicos bajo el comunismo, así como de monjas víctimas de la violencia en los Sudetes.

El proyecto global, puesto en marcha en 1994, es una colaboración de 160 especialistas con las diócesis y comunidades religiosas, con el que se han reunido alrededor de 900 perfiles de mártires católicos.

Durante la presentación del libro, el arzobispo de Colonia, cardenal Joachim Meisner, presidente de la Comisión de Liturgia de la Conferencia Episcopal Alemana, afirmó que sigue siendo sorprendente cómo muchos cristianos mantuvieron su fidelidad al Evangelio en Alemania, bajo el sistema ateo del nacionalsocialismo y del comunismo.

“La generación actual debería conservar la memoria de nuestros testigos de la fe antes de imponer una dictadura sobre la fe olvidada en la presencia de la Iglesia. La veneración de estos grandes modelos de fe reafirma la prioridad espiritual de la Iglesia”, dijo el cardenal Meisner.

Entre los mártires cuyas vidas se describen detalladamente en esta nueva edición, está el misionero del Verbo Divino Gerhard Prinz. Tenía 35 años cuando fue asesinado por el ejército japonés.

Los misioneros en la isla de Nueva Guinea, donde se encontraba Prinz, estuvieron en la mira de los invasores japoneses, ya que se sospechaba de ellos de que informaban sobre violaciones de los derechos humanos, o de que espiaban para los australianos.

El Pacífico fue el segundo gran teatro bélico durante la Segunda Guerra Mundial, en el que el conflicto militar se inició en julio de 1937, con la segunda guerra chino-japonesa.

En 1942 el Ejército Imperial Japonés logró subyugar a gran parte del sudeste de Asia y el Pacífico, con una población de alrededor de 450 millones de personas. El 23 de enero de 1942, con su victoria en Rabaul, los japoneses conquistaron Nueva Bretaña, al este de Nueva Guinea.

Como resultado, sus tropas ocuparon gran parte de Nueva Guinea y el archipiélago de Bismarck, donde aún trabajaban misioneros cristianos alemanes, que habían fundado sus comunidades durante el período colonial.

El padre Gerhard Prinz estaba entre ellos desde la Navidad de 1937. Las penurias inimaginables, que llevaron a los misioneros a los límites de sus facultades físicas y mentales, no pudo disuadirlo de su entusiasmo ardiente de llevar el mensaje de Jesucristo a las zonas más remotas.

Tres meses después de su llegada a casa desde Colonia, Prinz ya había hecho un viaje peligroso por el calor y los mosquitos subiendo la corriente del río Sepik. El barco con él y sus compañeros nativos podían volcar fácilmente, por ejemplo después de una colisión con uno de los muchos troncos de árboles sumergidos. Pero los cocodrilos acecharon en vano a la tripulación.

La tierra a la que a menudo se dirigían era de barro y pasto bajo un sol abrasador. Los misioneros dormían en simples chozas de madera con ventanas de malla de alambre. La infección con enfermedades tropicales era inevitable. Durante mucho tiempo Prinz sufrió de fiebres, aunque lo aceptó de buena gana. De sus escritos se desprende claramente su voluntad de martirio.

Un día el padre Gerhard Prinz desapareció. Varios testigos informaron de que más tarde, el 17 de marzo de 1943 se encontraba a bordo de un buque de guerra japonés en el que unos 62 civiles fueron ahorcados uno tras otro, y sus cuerpos fueron arrojados al mar.


Por Michaela Koller, traducción del alemán por el equipo de ZENIT