Indicaciones pastorales para los próximas elecciones administrativas

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Por monseñor Giampaolo Crepaldi*

ROMA, viernes 13 de mayo de 2011 (ZENIT.org).- Las elecciones, sea las políticas que las administrativas, son siempre un momento importante para una comunidad. Son de hecho, la ocasión para pensar en sí misma y en el propio futuro. Es verdad que en nuestra sociedad los momentos decisivos de la política se multiplican y, se podría decir, que salen de sus edificios tradicionales. Hay, actualmente, una política “difundida” en nuestra sociedad y en el territorio. No obstante, el momento electoral conserva una indudable importancia, porque el ciudadano reflexiona, no sólo en sus propias necesidades e intereses, sino en “nuestro” bien, el bien de todos, el bien de la comunidad percibida como un todo. Es así también para la comunidad de Trieste. Y también para las próximas elecciones administrativas.

Mi deber, como obispo de la Iglesia, es el de confirmar que la comunidad y la fe cristianas no son ajenas a estos momentos importantes de la vida de la comunidad, al contrario, dado que éstas toman en serio al hombre "camino de la Iglesia", como escribía en su primera encíclica, la Redemptor hominis, el Beato Juan Pablo II, no pueden considerarse ajenos a los momentos en los que el hombre decide por sí mismo y por su futuro. No porque la fe cristiana provea recetas políticas o administrativas, sino porque considera que tiene algo que decir -es de fundamental importancia- sobre el sentido comunitario de la vida humana y sobre nuestro destino. Es propiamente aquí, en el tema del hombre y de su destino -su “qué es” y su “qué debe ser”- que la fe cristiana baja a la plaza pública y hace su propuesta a todos los hombres que buscan la verdad.

Creo que no es correcto interpretar la frase evangélica “dad a César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”, como si la política tuviese que proveer a las necesidades “materiales” de la persona y la fe a las “espirituales”. Sea la política, sea la fe cristiana consideran a la persona toda entera. La persona no recibe dos llamadas distintas: una material y otra espiritual; no persigue dos destinos distintos: uno terreno y el otro eterno; no responde a dos necesidades diversas: el bienestar aquí y la salvación allí. La persona es un todo y simplemente busca ser, crecer, madurar en todas sus dimensiones; siente que cualquier dimensión individual le está estrecha y trata de respirar al máximo, con los pulmones y con el alma. La política, incluida la administrativa, no tiene que ver sólo con un aspecto de la persona, porque en la persona ningún aspecto es plenamente comprensible si está separada de los demás. La política tiene que ver, por tanto, con toda la persona, como también la fe tiene que ver con toda la persona: la ven desde ángulos diversos pero no contrapuestos.

Puede resultar extraña mi afirmación. La política en las administraciones locales -se dice a veces- está relacionada con la organización práctica de la vida en comunidad: el trabajo, el tráfico, la ocupación, el tiempo libre...; la fe, sin embargo, está relacionada con otras cosas: la oración, los sacramentos, el espíritu... Ciertamente esta visión tiene muchos aspectos de verdad, pero si en la persona se ve -como enseña la fe cristiana- la criatura del Padre, la imagen de Dios, un hermano en Jesucristo, una realidad única y eminente que no tiene igual en la creación, también la organización del trabajo, del tráfico, de la ocupación, del tiempo libre... encontrará otras motivaciones superiores y orientaciones operativas. No pensemos que estén a un lado las cuestiones prácticas y al otro las morales y las espirituales. El hombre es un todo y la vida es siempre una síntesis. Cuando nosotros realizamos cualquier acción, ponemos en juego toda nuestra realidad de personas humanas.

Y por esto las elecciones administrativas no deben ser consideradas como ajenas a los valores humanos, que la fe cristiana nos ha enseñado y continúa enseñándonos. La administración de una ciudad es independiente del plano eclesiástico de la religión, pero no lo es del de la ética, es decir de los principios morales ligados al bien de la persona y de la comunidad y que la fe cristiana ha contribuido a descubrir y contribuye hoy a conservar, a defender y le ayuda a respirar... Los grandes valores de la persona son por ejemplo, el derecho a la vida, la integridad de la familia fundad sobre el matrimonio entre un hombre y una mujer, la libertad de las familias de educar a sus propios hijos según su responsabilidad, la ayuda solidaria a los pobres realizada de modo subsidiario, es decir evitando derroches y asistencialismo, y favoreciendo, sin embargo, la creatividad y la asunción de la responsabilidad de personas y entidades intermedias.

Ante la papeleta electoral, el elector sabe bien que deberá decidir no sólo en el plano urbanístico o de la viabilidad, sino también sobre estos grandes valores. Y por esto, la Iglesia siempre nos ha enseñado que no es lícito al cristiano apoyar partidos que “sobre cuestiones éticas fundamentales ha expresado posiciones contrarias a la enseñanza moral y social de la Iglesia” (Nota de la Congregación de la Doctrina de la Fe de 2002) Ya sea esto, por un deber de coherencia que porque, haciendo lo contrario se haría un daño a la persona y a la sociedad. Hay, de hecho, cuestiones que pueden ser afrontadas y resueltas de muchos modos, y otras, sin embargo, son seguramente erróneas y contrarias al bien humano.

Actualmente, los entes territoriales tiene cada vez más mayores competencias incluso sobre cuestiones de fundamental importancia. Estos pueden dañar o ayudar a la familia, pueden o no, abrir el reconocimiento público a “nuevas formas de familia”, pueden o no conceder ayudas concretas contra el aborto, pueden o no promover formas de publicidad ofensiva del derecho a la vida, pueden sofocar la libertad de educación de las familias o bien realizar pasos concretos para permitir su ejercicio, pueden combatir sistemáticamente la presencia pública del cristianismo o abrirse a una colaboración en el respeto recíproco. Y todo esto se ampliará ulteriormente en el futuro, porque las autonomías se están difundiendo y las mismas competencias legislativas de las entidades locales aumentan.

También con ocasión de elecciones administrativas, el cristiano que quiera ser fiel a las enseñanzas de la Iglesia, distinguirá en los programas, las cuestiones sobre las que son lícitas muchas opiniones de las que, sin embargo, obligan a su conciencia. Y no dará su apoyo a partidos que las proporcionan. Buscará la honestidad personal de los candidatos, pero no sólo esto. Tratará también la aceptabilidad de sus programas desde el punto de vista de los valores fundamentales que he mencionado antes, y valorará la historia y los antecedentes culturales de los partidos donde los candidatos actúan.

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*Monseñor Giampaolo Crepaldi, arzobispo de Trieste.