Indonesia: el Islam moderado en el punto de mira de los integristas

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ROMA, lunes 21 de marzo de 2011 (ZENIT.org).- El fantasma del terrorismo islámico vuelve a agitar Indonesia. Las fuerzas de seguridad han interceptado en días pasados, cuatro paquetes bomba destinados a otras tantas figuras de renombre de la sociedad de Indonesia. Sólo uno de los paquetes explotó, cuando algunos policías trataron de desactivar la bomba. En la explosión, un oficial de policía perdió una mano.

La última bomba fue desactivada el pasado jueves 17 de marzo por los artificieros del grupo de fuerzas especiales “Gegana” de la policía indonesia, en las cercanías de la casa y del estudio de grabación del músico Ahmad Dhani, en Pondok Indah, un barrio de las afueras de la capital Yakarta.

La bomba enviada al productor estaba escondida dentro de un libro titulado “Yahudi Militan”, o sea “judío militante”. Como revela el Australian Associated Press (17 de marzo). El músico, que tiene un abuelo judío, se destaca por ser un defensor a ultranza de la libertad religiosa en el archipiélago.

También es destacable la elección de los destinatarios de los otros tres libros-bomba, expedidos el 15 de marzo. Uno de ellos es el general Gories Mere, ex dirigente del Densus 88 (servicios antiterroristas indonesios) y actual responsable de la a agencia antidroga de Yakarta. Los otros dos son Yapto Soerjosumarson, jefe del Pancasila Youth Movement y Ulil Abshar Abdhalla, presidente y co-fundador del Jaringan Islam Liberal (JIL o Liberal Islam Network), ambos destacados por su compromiso a favor de una sociedad abierta y tolerante en Indonesia.

El Pancasila Youth Movement tiene como objetivo difundir entre los jóvenes el pensamiento del llamado “Pancasila”, es decir cinco principios sobre los que se funda el Estado Indonesio post-colonial y el Partido Democrático (Partai Demokrat), del que forman parte el presidente Susilo Bambang Yudhoyono (conocido por las siglas SBY) y también Ulil. La ideología del Pancasila promueve por ejemplo la unidad, la justicia social y la tolerancia religiosa entre los varios componentes o estratos de la sociedad indonesia.

El Liberal Islam Network, que une a varios grupos moderados, trabaja -como se lee en su página web- por “la mayor difusión posible” de una “lectura liberal” del Islam en Indonesia. La “misión” del JIL es crear “espacios abiertos” para el diálogo con otras comunidades religiosas (incluso la secta musulmana de los ahmadiyya o Ahmadi) “promover la creación de una estructura social y política justa”.

Según los expertos indonesios, la técnica de esconder los explosivos en el libro -un “modus operandi” usado además el pasado noviembre por un grupo terrorista griego -indica un vínculo más que probable con la red terrorista de la Jemaah Islamiyah (JI), vecina a Al Qaeda, que en una serie de atentados en el 2006 en Poso, en el Sulawesi Central, recurrió a la misma táctica.

Según Taufik Andrie, director de investigación del Institute for International Peace Building, “hay casi 20 personas que pueden fabricar trampas explosivas como esta”. Durante el conflicto (en Poso), había centenares de estudiantes. Pudieron volver a casa habiendo enseñado estas técnicas”, declaró (The Jakarta Globe, 18 marzo). De la misma opinión es el actual jefe del departamento antiterrorista Ansyaad Mbai. “Esta es exactamente la misma bomba que fue usada en 2006 en Poso”, dijo a la emisora radiofónica Elshinta (AAP, 16 marzo).

Por su parte, el jefe espiritual de la JI, Abu Bakar Ba'asyir, cuyo movimiento pretende unir en un mismo estado islámico o califato a todas las regiones de mayoría islámica del sudeste asiático (incluso el sur de Filipinas y Thailandia), rechaza toda participación. Según el clérigo, actualmente procesado en Yakarta, los libros-bomba fueron "fabricados" con el propósito de incriminarle (The Jakarta Post, 17 marzo).

Todos concuerdan en que los paquetes bomba enviados a exponentes moderados constituyen una señal preocupante. El título del “libro” (del único que explotó) enviado a Ulil deja pocas dudas sobre las verdaderas intenciones de los terroristas. “Deben ser asesinados por sus pecados contar el Islam y los musulmanes”, dice el título traducido del indonesio, palabras que no son absolutamente subestimadas. Como recuerda el  Jakarta Post (17 marzo), ya en 2003 los extremistas islámicos declararon la sangre de Ulil como “halal”, indicando que podía ser asesinado de esta forma.

“Esta no es sólo una amenaza contra el Liberal Islam Network. Esta es una amenaza contra nuestra sociedad pluralista”. Dijo sobre los sucedido otro co-fundador del JIL, Luthfi Assyaukanie (The Jakarta Post, 17 marzo). La campaña fue condenada por Azyumardi Azra, de la Syarif Hidayatullah State Islamic University (la primera universidad islámica de Indonesia). “Las amenazas de bomba no frenarán al desarrollo del pensamiento islámico”, declaró a su vez el estudioso. Defendiendo la misión de los liberales estaba también otro exponente moderado, Mohamad Guntur Romli, ex miembro del JIL. “nosotros defendemos los derechos de las minorías, incluso de los ahmadiyya. Y condenamos sólo a un grupo: los que comenten violencia”.

Mientras algunos sostienen que la campaña terrorista está “motivada políticamente”, entre los que destacar al mismo Ulil y también al director de la ONG Imparsial, Poengky Indarti (The Jakarta Post, 18 marzo), también hay que tener en cuenta que esto sucede en un trasfondo de creciente intolerancia religiosa en el país musulmán más pobñado del mundo. Mientras que el pasado 18 de febrero una turba enfurecida de musulmanes destruyó, en Temanggung (provincia de Java Central), varios objetivos cristianos, el principal objetivo de la violencia sectaria es la minoría musulmana de los ahmadiyya, considerados “apóstatas” y “herejes” (para los Ahmadi, Mahoma no fue el último profeta). El pasado 6 de febrero, casi 1.500 personas armadas con barras de hierro y machetes asaltaron la casa de un jefe de este grupo en el pueblo de Cikeusik (en la provincia de Banten, extremo oeste de Java), asesinando a tres personas (ZENIT, 8 febrero).

En las últimas semanas, varias regiones indonesias han prohibido a los ahmadiyya, Samarinda (provincia de Borneo Oriental) y Bogor (provincia de Java Occidental) (AsiaNews, 5 marzo). Ya en 1980 y después en 2008, el Consejo Indonesio de los Ulema (MUI) emitió una “fatwa” contra la minoría y exponentes considerados moderados como Hajj Hasyim Muzadi, pidieron recientemente la “tolerancia cero” contra ellos. “Si son reacios a cambiar su doctrina, mejor que sean expulsados del Islam y declarados una nueva secta que no tenga nada que ver con el Islam”, dijo (AsiaNews, 2 marzo).

Indonesia, por otra parte, no es el único país musulmán del mundo donde las voces moderadas arriesgan la vida. Militantes del grupo fundamentalista Boko Haram (significa “la educación occidental es ilícita [haram]”), asesinaron el domingo 13 de marzo en la capital del Estado de Borno (Nigeria Nordoriental), Maiduguri (o Yerwa), al imán Ibrahim Ahmed Abdullahi. En muchas ocasiones el clérigo islámico había denunciado el extremismo y la violencia sectaria en su país. Como recuerda el Washington Post (13 marzo), en 2009 Abdullahi había pedido a las autoridades que pusieran fin a las actividades del grupo, conocido como los “talibanes de Nigeria”. Según el International Crisis Group (ICG, con sede en Bruselas), los enfrentamientos de carácter étnico-religioso han provocado desde 1999 a 2009 más de 14.000 víctimas en el país africano más poblado.

Por Paul De Maeyer. Traducción del italiano por Carmen Álvarez