Injerencia humanitaria, pros y contras

Clara en la teoría, espinosa en la práctica

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ROMA, sábado, 9 octubre 2004 (ZENIT.org).- El Vaticano está a favor de añadir un nuevo principio de injerencia humanitaria en la Carta de Naciones Unidas. Ése es el punto de vista expresado por el Secretario de Estado vaticano, el cardenal Angelo Sodano, en una entrevista publicada el 22 de septiembre en el periódico italiano La Stampa.



Las crisis de los últimos años en lugares como Somalia, Ruanda y los Balcanes han dado lugar a un debate sobre cómo tratar las emergencias humanitarias. Una colección de ensayos, «Humanitarian Intervention: Ethical, Legal and Political Dilemmas», reunía algunas de las últimas discusiones académicas sobre el tema. Un par de catedráticos de la Universidad Duke, J. L. Holzgrefe y Robert Keohane, han editado este libro en el 2003.

En su ensayo, Holzgrefe observa que la Carta de Naciones Unidas prohíbe la injerencia en los asuntos domésticos de un estado. Añade, sin embargo, que algunos expertos legales internacionales sostienen que, incluso dentro de la Carta, se permite la injerencia en determinadas circunstancias. Éste sería el caso cuando, por ejemplo, hay abusos masivos de los derechos humanos, o una amenaza a la paz de los estados vecinos, debido a un éxodo masivo de refugiados que huyen de la persecución.

De hecho, en años recientes el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas ha sancionado la injerencia humanitaria basándose en tales argumentos, en Haití, por ejemplo. No obstante, justificar tal injerencia requiere una autorización específica de las Naciones Unidas para no actuar fuera de las disposiciones de la Carta que prohíben la agresión militar, sostiene Holzgrefe.

También precisa que la injerencia humanitaria no es un tema fácil de resolver. Implica una compleja mezcla de argumentos morales y legales. Además, las razones empíricas sobre las que se puede basar una intervención suelen difíciles de establecer con certeza.

Colapso de la soberanía
Fernando Tesón, profesor de derecho en la Universidad Estatal de Florida, en su ensayo defiende que la injerencia humanitaria puede justificarse sobre la base del argumento de que la soberanía estatal es un valor instrumental no intrínseco. «La tiranía y la anarquía provocan el colapso moral de la soberanía», escribe.

Al defender lo que denomina «el argumento liberal» a favor de la injerencia, Tesón observaba que la utilización de la fuerza para fines humanitarios conduce a objeciones basadas en el rechazo de la guerra. Algunas personas comprometidas con los derechos humanos se oponen a la injerencia humanitaria porque consideran que la guerra es un crimen, incluso cuando se lleva a cabo con nobles fines.

Pero Tesón defendía que algunas veces es moralmente permisible luchar y que, «ocasionalmente, luchar es incluso obligatorio». Justificar la agresión para defender los derechos humanos puede hacerse según el principio moral del doble efecto, mantenía Tesón. Así, el daño causado por la intervención puede excusarse moralmente cuando tal daño no es querido y el fin buscado es normativamente obligado.

Al final, Tesón apunta, «rescatar a los demás será siempre oneroso, pero si negamos el deber moral y el derecho legal de hacerlo, negamos no sólo la centralidad de la justicia en los asuntos políticos, sino también la humanidad común que nos une a todos».

Cambiar los puntos de vista
La injerencia humanitaria constituye un cambio en las teorías realistas y neoliberales de política internacional, observa Martha Finnemore, profesora asociada en la Universidad George Washington. Esta intervención no se lleva a cabo normalmente para ocuparse de los intereses económicos y políticos de un estado. Un ejemplo de esto es la intervención de Estados Unidos en Somalia, donde no se tenía un interés geopolítico importante.

En su libro de 2003, «The Purpose of Intervention: Changing Beliefs About the Use of Force», Finnemore explicaba que en el pasado ya se dieron acciones humanitarias de algunos estados. Entre los casos que cita está la supresión del comercio de esclavos en el siglo XIX. Los británicos en particular usaron la fuerza militar para erradicar esta práctica, aunque la acción se limitara a las acciones comerciales, y no a la erradicación forzada de la esclavitud misma.

No obstante, con una atención cada vez más creciente a la democracia y a los derechos humanos, el número de injerencias humanitarias se ha elevado mucho en la pasada década. Tras el aumento de peso dado a los factores humanitarios hay un cierto número de factores.

Primero, ha cambiado la noción de quién puede demandar protección. En el siglo XIX, los estados poderosos estaban preocupados principalmente por la protección de sus propios ciudadanos. Hoy, se presta más atención a las poblaciones no blancas y no cristianas, y sus problemas tienen un peso mayor.

En segundo lugar, para que se acepte una intervención como legítima ya no es aceptable que sea iniciativa de un único país. Por el contrario, se requiere una acción multilateral, autorizada normalmente por las Naciones Unidas, sostiene Finnemore. El fin de la Guerra Fría hizo más factible obtener el consenso necesario para las operaciones multilaterales, explicándose así el notable aumento de tales acciones en los últimos años, añade Finnemore.

Tercero, los fines han pasado del mero derrocamiento de un gobierno, a la necesidad de instalar un régimen democrático que dé como resultado líderes humanos y justos.

Pero las consideraciones humanitarias son todavía sólo uno de los factores que actúan en la determinación de la política internacional. La ausencia de intervención para parar la matanza en Ruanda, en 1994, «muestra que las exigencias humanitarias compiten con otros intereses de los estados cuando sopesan la decisión de utilizar la fuerza», escribe Finnemore.

Otro factor que puede complicar el tema de la injerencia humanitaria es el requisito de que sea multilateral, observa Finnemore. Aunque tiene la ventaja de compartir costes y responsabilidades, hace también difícil la coordinación. Además, la experiencia de algunas operaciones de Naciones Unidas en los últimos años muestra que compartir las decisiones puede debilitar seriamente la efectividad de las acciones militares.

Cuando los derechos humanos son pisoteados
David Kennedy, profesor de Derecho en la Universidad de Harvard, planteaba otras advertencias sobre la injerencia humanitaria. En su reciente libro, «The Dark Sides of Virtue: Reassessing International Humanitarism», Kennedy observa que quienes proponen la injerencia «encuentran más fácil responsabilizarse de las entradas que de las retiradas, de los éxitos que de los fracasos». Además, advertía de que es necesario prestar mayor atención a las consecuencias negativas de la intervención.

Kennedy también advierte que el vocabulario de los derechos humanos y el marco institucional de los derechos humanos «están llenos de contradicciones que no podrían resistir un escrutinio lógico ni un minuto».

Parte del libro refleja cómo la creciente tendencia a las intervenciones humanitarias ha cambiado la relación entre los activistas humanitarios y los militares. El humanitarismo ya no es algo necesariamente puesto en contra de los estrategas militares. Por el contrario se ha creado una nueva cooperación. «Los humanitaristas han entrado en el mundo del hacer política», observa. Y con esto hay una tendencia hacia un mayor pragmatismo y atención a los factores mundiales.

No obstante, este cambio no ha sido aceptado por todos los humanitaristas. Algunos activistas interpretan la ley humanitaria de una forma estricta, excluyendo cualquier uso de la fuerza. «Hay algo aparentemente escandaloso en un portaaviones navegando hacia la guerra como realización del humanitarismo internacional», comenta Kennedy.

Y la combinación de humanitarismo con estrategia militar y política no es un asunto fácil, añade. Sigue habiendo diferencias entre la más amplia visión humanitaria y el modo en las fuerzas militares juzgan los temas. Por ejemplo, las muertes civiles serán más sentidas por los humanitaristas. El estratega militar puede preguntar cuántas muertes civiles se pueden aceptar para proteger a un soldado. «En este punto, el humanitarista es posible que se retire», siendo más conciente de la necesidad de defender la norma de que no se mata a civiles.

En su entrevista en el periódico, el cardenal Sodano indicaba que la injerencia humanitaria debería limitarse a situaciones donde resulte evidente que los derechos humanos están siendo pisoteados en una nación. Decidir cuándo y dónde se presentan estas situaciones no resulta fácil, como muestra el debate académico.