Intervención vaticana en la conferencia sobre bombas de racimo

Discurso del arzobispo Silvano Maria Tomasi

| 849 hits

DUBLÍN, viernes, 6 junio 2008 (ZENIT.org).- Publicamos el discurso pronunciado por el arzobispo Silvano Maria Tomasi, observador permanente ante las Naciones Unidas y las Organizaciones Internacionales en Ginebra, al comenzar la Conferencia diplomática sobre bombas de racimo, el 19 de mayo. El prelado intervino posteriormente en otras dos ocasiones durante el desarrollo de la cumbre, concluida el 30 de mayo.







* * *

Señor Presidente,

1. La Delegación de la Santa Sede se siente especialmente honrada por intervenir al comienzo de esta Conferencia Diplomática. Expresa su alegría por ver los esfuerzos de un gran número de actores para dar una conclusión positiva a un proceso que busca mayor seguridad y protección. Necesitamos ir más allá de una visión reductora y estrecha que diera la ilusión de que la protección sólo viene a través de las armas, en especial, a través de aquellas que intentamos prohibir.

En primer lugar, la Delegación de la Santa Sede querría expresar su satisfacción por verle presidir, Señor Embajador, la marcha de este encuentro y por facilitar las negociaciones hacia un acuerdo sólido y operativo.

La Santa Sede ofrece a Irlanda su apoyo y su disponibilidad para unir fuerzas en la construcción de un mundo más humano, más seguro y más cooperativo.

Señor Presidente,

2. Esta Conferencia de Dublín es el resultado de la toma de conciencia de que se necesita una actuación concreta, creíble y eficaz para responder a un problema que ha durado demasiado. Durante años, las ONGs, ICRC, y diversos países, han planteado sin éxito al principio el tema de las bombas de racimo. Nuestra satisfacción ahora es grande. Hoy nadie niega la existencia de los problemas humanitarios ligados a las bombas de racimo, la urgencia de una acción colectiva, y el esfuerzo indispensable de trasladar estas preocupaciones a un desarrollo del derecho humanitario internacional.

Los diferentes socios del Proceso de Oslo y los estados miembros de la Convención sobre Ciertas Armas Convencionales (CCW) están de acuerdo en esta urgencia. No hay duda de que todavía existen diferencias importantes sobre la respuesta apropiada.

La Santa Sede, sin embargo, no puede dejar de insistir en la prioridad de la dignidad humana, del interés de las víctimas, en la prioridad de la prevención y de la estabilidad, y en el concepto de seguridad basado en un menor nivel de armamento. La paz trasciende con mucho el marco de las consideraciones militares. La paz no es sólo la ausencia de guerra.

Los derechos humanos, el desarrollo, la participación social y política, la justicia, la cooperación, estos y otros conceptos similares, tienen un papel crítico en la definición moderna de la paz auténtica.

Confiar la seguridad sólo a las armas y a la fuerza es algo efímero y una ilusión. Las bombas de racimo ilustran a la perfección este punto. Incluso las así llamadas victorias demuestran ser derrotas duraderas para la población civil, para el desarrollo, para la pacificación, para la estabilidad. Décadas después de la utilización de bombas de racimo, la paz conserva un amargo sabor con miles de víctimas, con el desarrollo socio-económico estancado, con considerables recursos humanos y económicos perdidos.

3. Aquí y ahora se nos da la oportunidad de tomar una decisión. En un mundo globalizado y cada vez más interdependiente, los problemas de algunos son los problemas de todos: de los países ricos y pobres; de los países desarrollados y en desarrollo; de los países productores y exportadores de bombas de racimo y de los países que las importan; países consumidores  y no consumidores. Lo que hoy no se haga, tendrá que hacerse mañana con un añadido de sufrimiento, de costes económicos, y de heridas más profundas que curar.

4. Es comprensible que algunos países tengan que hacer frente a dificultades para cumplir los compromisos que se deriven del futuro instrumento. Pero no incurramos en error. Los países afectados y las víctimas son quienes están pagando y continúan pagando el precio más desorbitado. Tendrán que hacer algunos esfuerzos quienes tengan que renunciar a este tipo de armas, quienes tengan que dejar de exportarlas, quienes se obliguen a destruir sus almacenes, quienes se comprometan en actividades de desminado y descontaminación, quienes inviertan recursos para las víctimas, todas las personas implicadas en las diversas actividades humanitarias. Los líderes políticos y militares deberían considerar todos estos esfuerzos, al igual que la población de sus países, como algo necesario pero absolutamente valioso para la construcción de un mundo más pacífico y más seguro, en el que todos gocen de mayor seguridad.

5. En este como en otros contextos, la cooperación y la labor conjunta son esenciales para el éxito. La labor conjunta entre Estados, Naciones Unidas, Organizaciones Internacionales, el Comité de la Cruz Roja y las ONGs, es el secreto de un éxito común y un elemento indispensable para lograr el objetivo del futuro instrumento. Las víctimas deberían ocupar un lugar privilegiado en este plan, deberían tener un papel activo desde el principio al fin. En las negociaciones entabladas, cada parte debería encontrar su propio lugar, de forma que el apoyo a la Convención que se adopte resulte completo, sólido y operativo. Todo el mundo es necesario en la puesta en práctica de este proyecto. Trabajemos hombro con hombro como socios para afrontar hoy el desafío de la adopción de medidas y mañana el de su puesta en práctica.

Señor Presidente,

6. Es verdad que los Estados tienen el derecho a defender la paz, la seguridad y la estabilidad de la población bajo su responsabilidad. Pero esto se puede lograr mejor sin el recurso a la carrera de armamentos y a la guerra. En su discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1965, el Papa Pablo VI recordaba a la Comunidad de Naciones el desafío de la paz sin el recurso a las armas: "No es posible amar con armas ofensivas en las manos. Las armas, sobre todo las terribles armas que os ha dado la ciencia moderna antes aún de causar víctimas y ruinas engendran malos sueños, alimentan malos sentimientos, crean pesadillas, desafíos, negras resoluciones, exigen enormes gastos, detienen los proyectos de solidaridad y de trabajo útil, alertan la psicología de los pueblos. Mientras el hombre siga siendo el ser débil, cambiante y hasta malo, que demuestra ser con frecuencia, las armas defensivas serán, desgraciadamente, necesarias. Pero a vosotros, vuestro coraje y vuestro valor os impulsan a estudiar los medios de garantizar la seguridad de la vida internacional sin recurrir a las armas. He aquí una finalidad digna de vuestros esfuerzos. He aquí lo que los pueblos aguardan de vosotros".

Señor Presidente,

7. Como recordaba ayer el Papa Benedicto XVI al mundo, los ojos de los pueblos, de las víctimas, de los países afectados, se centran en esta Conferencia Diplomática, y todos esperan de nosotros una decisión valiente. El mundo espera un acto de fe en la persona humana y en sus más altas aspiraciones a vivir en paz y en seguridad, un compromiso que haga de la solidaridad la expresión más espléndida de la unidad de la familia humana y de su destino común.

Estoy convencido, Señor Presidente, que, al concluir esta Conferencia, todos los participantes quedarán como ganadores y satisfechos de haber hecho la elección correcta.

Gracias, Señor Presidente.

[Traducción del original inglés realizada por Justo Amado]