Isabel de la Trinidad o la felicidad dentro de uno mismo

El 8 de noviembre se cumplen cien años de su muerte

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ÁVILA, martes, 31 octubre 2006 (ZENIT.org).- En un momento en qué abundan espiritualidades que buscan la felicidad a través de técnicas orientales no cristianas, reaparece con fuerza la figura de Isabel de la Trinidad (1880-1906).



Fallecida un 8 de noviembre de hace cien años, esta mujer trató de convencer a sus contemporáneos de que la felicidad no hay que buscarla fuera de uno mismo.

Zenit ha entrevistado al carmelita Francisco Javier Sancho Fermín, director del Centro Internacional Teresiano Sanjuanista de Ávila, coautor con Rómulo Cuartas de «Cien fichas sobre sor Isabel de la Trinidad», editado en Burgos por Montecarmelo.

También estos días la editorial Desclée de Brouwer ha publicado un libro del mismo autor, «El cielo en la tierra. El secreto de Isabel de la Trinidad», aparecido en la colección «Caminos» y destinado precisamente a ayudar a las personas a vivir en la dinámica de la espiritualidad de Isabel.

La beata Isabel de la Trinidad ha dejado, a pesar de su breve existencia, retiros, notas espirituales y cartas de gran densidad espiritual. Fue beatificada en 1984 por Juan Pablo II.

--¿Por qué es tan importante Isabel de la Trinidad?

--Sancho Fermín: Si algo tendría que destacar de esta joven carmelita que murió en 1906, a los 26 años de edad, sería la sencillez y la alegría con que fue capaz de vivir lo esencial del Evangelio: que el Reino de Dios está presente y que lo llevamos dentro de nuestro corazón.

Ella misma confiesa «haber encontrado el cielo en la tierra, porque el cielo es Dios y Dios está en mi alma».

--¿Qué es para esta beata la inhabitación en la Trinidad?

--Sancho Fermín: Desde ese descubrirse habitada en su interior Isabel ahonda en el misterio trinitario que descubre dentro de sí.

Se ve sumergida en el amor y en la vida de la Trinidad, y eso le lleva a vivir en una dinámica de alegría y entrega total.

Quiere participar de la vida trinitaria, no sólo en su interior, sino haciendo que su vida sea una manifestación de ese amor trinitario a todos los hombres. Por eso, sentirse inhabitada, es vivir en una dinámica nueva, es querer ser «alabanza de gloria».

--La madre de Isabel se oponía a su ingreso en el Carmelo. ¿Este disgusto materno hacia la vida religiosa de las hijas es una similitud con otra gran carmelita descalza, Edith Stein?

--Sancho Fermín: Si nos fijamos exclusivamente en la actitud externa podría parecer así. Pero de hecho se da una diferencia de fondo.

La actitud de la madre de Edith Stein se debe fundamentalmente a que ella es judía, y a la situación del nazismo. Le resulta muy difícil poder entender que su hija opte por un estilo de vida que suponía que ya no volvería nunca a la casa materna.

El caso de la madre de Isabel es fruto de un apego emocional y afectivo exagerado por parte de la madre, que no quería perder el control sobre su hija, y le resultaba muy duro darle esa libertad.

--Isabel quería conseguir que Dios pudiera «imprimirse» en las almas. ¿Cómo lo intentaba?

--Sancho Fermín: Con todos los medios que estaban al alcance de una carmelita: en los
encuentros en el locutorio, en la correspondencia, pero fundamentalmente en la oración.

Para Isabel la oración era el lugar de encuentro con toda la humanidad.

Ella descubre que sumergida en Dios desaparece el espacio y el tiempo, y eso posibilita el poder entrar en comunión con todos, los cercanos y lejanos.

--Isabel recordaba que la felicidad está en el interior. Hay mucha gente que busca en espiritualidades orientales esta noción cristiana. ¿Qué les puede decir Isabel?

--Sancho Fermín: Cuando algo no se conoce se busca donde sea... Ya Teresa de Jesús
evidenciaba la gran ignorancia respecto a la vida interior del hombre.

Isabel lo constata, y por eso su interés se centra en convencer a todos de que la felicidad no hay que buscarla fuera, que dentro de nosotros la llevamos.

Sólo tenemos que abrirnos a ese paraíso interior de nosotros mismos donde nos descubrimos habitados e infinitamente amados. ¿Qué más se puede desear?