Jesucristo, Rey y testigo de la verdad

Comentario al evangelio de la solemnidad de Cristo Rey/B

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ROMA, jueves 22 noviembre 2012 (ZENIT.org).-Ofrecemos el comentario al evangelio del próximo domingo, solemnidad de Cristo Rey, de nuestro colaborador el padre Jesús Álvarez, paulino.

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Por Jesús Álvarez SSP

Pilato volvió a entrar en el palacio, llamó a Jesús y le preguntó: "¿Eres tú el Rey de los judíos?" Jesús le contestó: "¿Viene de ti esta pregunta o repites lo que te han dicho otros de mí?" Pilato respondió: "¿Acaso soy yo judío? Tu pueblo y los jefes de los sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?" Jesús contestó: "Mi realeza no procede de este mundo. Si fuera rey como los de este mundo, mis guardias habrían luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reinado no es de acá". Pilato le preguntó: "Entonces, ¿tú eres rey?" Jesús respondió: "Tú lo has dicho: yo soy Rey. Yo doy testimonio de la verdad, y para esto he nacido y he venido al mundo. Todo el que está del lado de la verdad escucha mi voz". (Jn 18,33-37)

Ante Pilato, Jesús identifica su dignidad real con la de testigo de la verdad. Para Jesús el ser testigo de la verdad consiste en dar a conocer el amor de Dios hacia los hombres y llevar a los hombres al reino temporal y eterno de Dios. Esa es la verdad real que testimonia Cristo Rey, y con Él todos sus verdaderos súbditos, discípulos, cristianos auténticos.

Jesús es el único Rey verdadero, principio, conductor y “fin de la historia..., centro de la humanidad, gozo del corazón humano y plenitud total de sus aspiraciones” (Gaudium et Spes 45). Es Rey de todo lo creado visible e invisible, pues todo es obra suya.

Es Rey de amor, de sufrimiento y de gloria. Rey de la vida y la verdad, de la justicia y la paz, del amor y la libertad, de la dignidad humana y la fraternidad universal... Rey crucificado y resucitado, presente y actuante en la historia de la humanidad y de cada persona humana.

Los reyes y gobernantes de este mundo se apoyan en los ejércitos, en las armas, en el dinero, en el poder, en la mentira, en la injusticia, en la represión, en la corrupción, en la esclavitud, en la violencia, en el odio. Y a menudo edifican el bienestar propio y el de sus pueblos ricos sobre la explotación y muerte de pueblos pobres.

Y no pueden escuchar la palabra de Jesús ni comprender su poder fundado en el amor, en el servicio, en la cruz y en la resurrección. Eso para ellos equivale a fracaso total.

Por otra parte Jesús, Rey crucificado, desestima la lucha por el poder y las riquezas entre los hombres religiosos al amparo de la religión. El “INRI” (Jesús Nazareno Rey de los Judíos) sobre la cabeza de Jesús es la mejor vacuna contra la ambición de poder y riqueza; ambición que se filtra fácilmente en la Iglesia y en todo cristiano, como les sucedió ya a los primeros discípulos de Cristo.

El reino de Jesús no es monopolio de la Iglesia católica ni de las demás Iglesias. En él tienen cabida todos “los que adoran a Dios en espíritu y en verdad”, todas las personas de buena voluntad, los que buscan y promueven lealmente todo lo bueno, lo verdadero, lo noble y lo justo, los valores del reino de Cristo.

Este reino crece incesante e imperceptiblemente en medio de grandes dificultades y persecuciones, pero no puede ser destruido por los poderes de este mundo, como lo intentan una y otra vez, sin éxito, desde hace siglos. Solamente los humildes, mansos y sufridos, unidos a su Rey, pueden sostenerlo, hacerlo crecer y llevarlo al éxito triunfal y eterno.

Para seguir de verdad a Cristo Rey, necesitamos una apertura acogedora y amorosa a la vida, al hombre y a los valores de su Reino, indispensables para una existencia digna en la tierra, que nos garantice la vida eterna en el paraíso, el Reino de los cielos.

El reino de Dios --que es la verdad última del hombre--, se juega en el corazón de cada ser humano. ¿Cómo podríamos jugar a ganar o perder nuestro Reino eterno? “El Reino de Dios requiere esfuerzo para conquistarlo, y solamente los esforzados pueden alcanzarlo” (Mt 11, 12). Por algo san Pablo nos urge: “Trabajen con temor y seriedad por su salvación”. (Flp. 2, 12). Y se puede añadir: y por la salvación de los otros, para así garantizar en parte la nuestra.