Joven sacerdote jesuita será beatificado este domingo en Valladolid

Fue un gran difusor del Sagrado Corazón de Jesús en España

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VALLADOLID, jueves 15 de abril de 2010 (ZENIT.org).- El sacerdote español Bernardo Francisco de Hoyos (1711 – 1735) encontró en el Corazón de Jesús ese “tesoro escondido” al que se refiere la parábola que aparece en el evangelio de San Mateo 13, 44.

Los escasos 24 años que vivió y los pocos medios de comunicación de aquella época, le fueron suficientes para que el joven sacerdote pudiera trabajar por la difusión de esta devoción en su país.

El padre Bernardo, quien recibió este nombre en la pila bautismal en honor de San Bernardo de Claraval, será beatificado este domingo 18 de abril en un acto sin precedentes en Valladolid.

La misa se celebrará a las 10:30 a.m. en la Plaza de Colón y el Paseo de Recoletos de esta ciudad española. Será presidida por monseñor Angelo Amato, prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, como representante del Papa Benedicto XVI.

Por ello se está realizando esta semana en la facultad de derecho de la universidad católica de Valladolid el congreso del Corazón de Jesús denominado “Me mostró su corazón. Bernardo Hoyos, testigo de una promesa para nuestro mundo”, el cual culminará este sábado.

Espiritualidad ignaciana

Bernardo tenía sólo 10 años cuando ingresó al colegio Imperial de Madrid, de los padres jesuitas, donde conoció mejor la orden a la cual luego entró a formar parte. “¿por qué no ser algún día como ellos?”, se preguntaba mientras veía a los novicios.

Pese a que era su deseo de todo corazón, Bernardo no fue admitido inmediatamente. Primero, porque era muy pequeño, luego, porque carecía de la salud física adecuada para ello. Tras una larga batalla, el joven ingresó en el noviciado. Al concluir esta etapa se trasladó con sus compañeros a Villa del Campo, en la provincia de Cáceres en España.

Allí soportó muchas tentaciones y desalientos, tanto a nivel interior como exterior. El mismo año, una peste azotó la población donde vivía. Murió uno de sus compañeros y también uno de los padres formadores en el seminario. Pero nada de esto lo hizo sucumbir ante el camino de fe que había ya emprendido.

En 1731 se fue a estudiar teología a Valladolid. Le encantaba leer a los Santos Padres de la Iglesia. Decía siempre que más que “estudiar” teología, la “oraba”.

Sagrado Corazón

En el colegio de San Ambrosio, cuando Bernardo tenía 21 años de edad, encontró un libro en latín que cambiaría su vida: Se titulaba: De cultu sacratissimi Cordis Dei Iesu, del P. José de Gallifet, sobre el Corpus Christi y la devoción al Corazón de Jesús.

“Sentí en mi espíritu un extraordinario movimiento, fuerte, suave y nada arrebatado ni impetuoso, con el cual me fui luego al punto delante del Señor Sacramentado a ofrecerme a su Corazón, para cooperar cuanto pudiese, a lo menos con oraciones, a la extensión de su culto”, escribió Bernardo en su diario. Tenía apenas 21 años.

El joven vio que debería dar a conocer la obra de Santa María Margarita de Alacoque, una religiosa de clausura francesa a quien Dios le pidió trabajar por la institución de la Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús.

En 1733 mientras oraba, escuchó que Jesús le mostraba el misterio de su Corazón: “Reinaré en España y con más veneración que en otras muchas partes”. Por ello escribió el libro El tesoro escondido. El primero en ser publicado en España dedicado a esta devoción.

“El gran centro que el Señor quiere comunicar al padre Hoyos es que Dios tiene corazón y que a ese Dios que tiene corazón le afecta la vida de cada hombre”, aseguró el padre Ricardo Vargas, director del centro diocesano de espiritualidad del corazón de Jesús, en el documental denominado La gran promesa, producido por HM Televisión y la fundación Euk Marie, que narra la vida del padre Hoyos.

Bernardo buscó el respaldo de los jesuitas, publicó estampitas, propagó una novena, buscó el apoyo en los obispos españoles y también en la realeza para difundir esta devoción.

Ministerio sacerdotal

En diciembre de 1734 recibió el subdiaconado y el diaconado, y el 2 de enero del año siguiente fue ordenado sacerdote con otros dos compañeros suyos. Celebró su primera Misa el día de Reyes de 1735 en la iglesia del Colegio de San Ignacio, conocido hoy como la Parroquia de San Miguel.

Luego tuvo que dejar el colegio San Ambrosio para cursar la llamada “Tercera probación”, una especie de segundo noviciado para avivar el fervor y la entrega a Dios.

Su tiempo de sacerdocio no duró ni siquiera un año. Una altísima fiebre que se convirtió en Tifus. Tras 15 días de enfermedad murió el 15 de noviembre de 1735. Sus últimas palabras fueron: “Oh, qué bueno es habitar en el sagrado Corazón de Jesús!”.

Hoy, 275 años después de su muerte, su vida sigue haciendo eco entre la comunidad jesuita y la Iglesia en España: “Es muy providencial y muy importante para nuestros jóvenes de hoy ver que con 24 años es suficiente para ir al cielo si uno los aprovecha bien”, dijo el padre Vargas refiriéndose al futuro beato.

Por Carmen Elena Villa