Juan Pablo II concluye los ejercicios espirituales

La paradójica red de la Iglesia: «¡quien es apresado queda liberado!»

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CIUDAD DEL VATICANO, 11 mar 2001 (ZENIT.org).- Una red que libera en vez de capturar. Con esta expresión paradójica Juan Pablo II quiso subrayar ayer, sábado, la libertad que nace de la conversión, tema fundamental en los ejercicios espirituales que este año ha predicado en el Vaticano el cardenal Francis Eugene George.



En esa semana consagrada por el pontífice y sus colaboradores a la meditación, el arzobispo de Chicago se sumergió en el Evangelio de Lucas para profundizar en los «grandes temas de la conversión, de la libertad y de la comunión», en la coyuntura del cristianismo a inicios de milenio: «Una fe para todos los pueblos».

Al concluir los ejercicios espirituales de este año el Papa quiso agradecer al predicador su «estilo personal y sobrio» con el que ha puesto de manifiesto la eficacia de la «Palabra evangélica». Al mismo tiempo, indicó cómo el cardenal estadounidense ha sabido crear un clima apostólico en sus meditaciones a través de referencias a los documentos elaborados tras los sínodos de los obispos por continentes que precedieron al Jubileo del año 2000.

El Papa recordó la invitación de Jesús a sus discípulos de remar mar adentro y echar las redes, invitación que el mismo obispo de Roma renovó al final de ese año santo en su carta apostólica «Novo Millennio Ineunte».

«Confiando en la eficacia de la palabra de Cristo --dijo el Papa al concluir los ejercicios espirituales--, la Iglesia echa las redes en el gran océano del nuevo milenio que acaba de comenzar. Es una red singular: ¡quien es apresado queda liberado!»

«En efecto, la fe en Cristo es libertad que nace de la conversión personal y que abre a la comunión con todos los hombres». De este modo, con una sola frase, el pontífice sintetizó las más de veinte meditaciones predicadas por George.

Antes de las palabras del Papa, el purpurado estadounidense había pronunciado su última predicación reflexionando como conclusión en el «Magnificat» de María y en particular en esa alegría que impregna el himno.

No es una alegría superficial que olvida las dificultades --dijo--: es una alegría que, liberada del pasado y de los esquemas del futuro, vive el presente como «el tiempo y el lugar en el que habita Dios».

«La alegría no puede ser nunca el resultado único de nuestros esfuerzos personales. Se nos dona como le fue donada a María, como una gracia gratuita», concluyó el cardenal George.