Juan Pablo II: Contemplación y entrega: requisitos de todo misionero

Mensaje a la Confederación de Canónigos Regulares de San Agustín

| 612 hits

CIUDAD DEL VATICANO, 6 septiembre 2001 (ZENIT.org).- Espíritu contemplativo e intensa actividad apostólica: estas fueron las dos consignas que dejó Juan Pablo II en el discurso que dirigió este jueves a los participantes en el Congreso internacional de la Confederación de Canónigos Regulares de San Agustín, a quienes recibió en audiencia en la residencia pontificia de Castel Gandolfo.



En el encuentro, exponentes de los 770 religiosos de esta Orden, que hunde sus raíces en el siglo IV, se preguntan cómo puede tener lugar «La participación de los laicos en nuestro carisma», que procede del mismo san Agustín.

La respuesta que les dejó el pontífice se resume precisamente en la fórmula del obispo de Hipona: «transmitir a los demás lo que se ha contemplado» (la famosa sentencia latina «contemplata aliis tradere»).

De este modo, aseguró el pontífice «vosotros sois continuadores de una espiritualidad capaz de hablar a la mente y al corazón de los hombres de hoy en búsqueda de modelos espirituales en los que puedan inspirarse validamente».

En este sentido, añadió el pontífice, la misma Regla agustiniana «sigue siendo actual pues presenta el carisma comunitario ligado a principios evangélicos sin ocaso, como la caridad, la unidad, la libertad» y, sobre todo, porque está centrada en Cristo, «sublime Maestro interior».

En ella, recordó, «todo invita al redescubrimiento de una ascesis que se caracteriza como obediencia y fidelidad al Espíritu».

Al invitar a todo cristiano a hacer esta experiencia y a transmitirla a los demás, añadió el Papa los Agustinos hacen que los laicos se conviertan «en misioneros en el complejo mundo moderno».

«Vosotros representáis una experiencia de comunidad --concluyó el Papa--, en la que los laicos asumen con participación responsable su específico papel eclesial, reforzados por la gracia que proviene de una profunda espiritualidad litúrgica».

La Orden, comenzó a organizarse en congregaciones canonicales a partir del siglo XI. La Confederación de las mismas tuvo lugar en 1959.