Juan Pablo II: Cristo cambia la vida

Intervención del Papa en la audiencia general del miércoles

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CIUDAD DEL VATICANO, 6 septiembre (ZENIT.org).- «La cruz, signo de amor y de entrega total es el emblema del discípulo llamado a configurarse con el Cristo glorioso». Con estas líneas, sintetizó Juan Pablo II en la audiencia general de este miércoles el seguimiento de Jesús al que está llamado todo cristiano. Sus palabras se adentraron en los aspectos esenciales de la vida cristiana. Ofrecemos el texto íntegro pronunciado por el obispo de Roma.




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El encuentro con Cristo cambia radicalmente la vida de una persona, la lleva a la «metánoia» o conversión profunda de la mente y del corazón y establece una comunión de vida que se convierte en seguimiento. En los Evangelios, el seguimiento se expresa con dos actitudes: la primera consiste en «hacer camino» con Cristo («akoloutheîn»); la segunda, en «caminar detrás» de él, auténtico guía, siguiendo sus huellas y dirección («érchesthai opíso»). Nace así la figura del discípulo que se vive de diferentes maneras. Hay quien le sigue de una manera todavía genérica y con frecuencia superficial, como la muchedumbre (cf. Marcos 3, 7; 5, 24; Mt 8, 1.10; 14, 13; 19, 2; 20, 29); están también los pecadores (cf. Marcos 2, 14-15); se habla en varias ocasiones de las mujeres que apoyan con su servicio concreto la misión de Jesús (cf. Lucas 8, 2-3; Marcos 15, 41). Algunos reciben una llamada específica por parte de Cristo y, entre ellos, una posición particular es reservada a los doce.

De todas las condiciones sociales
De modo que la tipología de los llamados es muy variada: gente dedicada a la pesca y cobradores de impuestos, honestos y pecadores, casados y personas solas, pobres y bien situados, como José de Arimatea (cf. Juan 19, 38), hombres y mujeres. Se da incluso el caso del Simón el Zelotes (cf. Lucas 6, 15), miembro de la oposición revolucionaria contra los romanos. No falta tampoco quien rechaza la invitación, como el joven rico, que ante las palabras exigentes de Cristo, se entristece y se va acongojado, «pues tenía muchos bienes» (Marcos, 10, 22).

Condiciones para seguir a Cristo
2. Las condiciones para recorrer el mismo camino de Jesús son pocas pero fundamentales. Como hemos escuchado en el pasaje evangélico que acabamos de leer, es necesario dejar detrás de sí el pasado, borrón y cuenta nueva, una «metánoia» en el sentido profundo del término: un cambio de mente y de vida. El camino que propone Cristo es estrecho, exige sacrificio y entrega total de uno mismo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (Marcos 8, 34). Es un camino que conoce las espinas de las pruebas y las persecuciones: «Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros» (Juan 15, 20). Es un camino que hace misioneros y testigos de la palabra de Cristo, pero que exige que los apóstoles no tomen «nada para el camino, fuera de un bastón: ni pan, ni alforja, ni calderilla en la faja» (Marcos 6, 8; cf. Mateo 10,9-10).

Las tentaciones
3. El seguimiento no es, por tanto, un viaje agradable en un camino llano. En ocasiones, puede encontrar momentos de desaliento hasta el punto de que, en una circunstancia, «muchos de sus discípulos se volvieron atrás y ya no andaban con él» (Juan 6, 66), es decir, con Jesús, quien se vio obligado a interpelar a los doce con una pregunta muy concreta: «¿También vosotros queréis marcharos?» (Juan 6, 67). En otra circunstancia, el mismo Pedro fue reprendido bruscamente, cuando se rebela ante la perspectiva de la cruz, con una palabra que, según un detalle del texto original, podría ser una invitación a ponerse «detrás» de Jesús, después de haber tratado de rechazar la meta de la cruz: «¡Quítate de mi vista, Satanás! porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres» (Marcos 8, 33).

El riesgo de la traición permanecerá al acecho para Pedro que, sin embargo, al final seguirá a su Maestro y Señor con el amor más generoso. De hecho, en las orillas del lago de Tiberíades, Pedro hará su profesión de amor: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero». Y Jesús le anunciará «la muerte con que iba a glorificar a Dios», añadiendo dos veces: «¡Sígueme!» (Juan 21, 17. 19.22).

El seguimiento se expresa de manera especial en el discípulo amado, que entra en la intimidad con Cristo, recibe el don de la Madre y lo reconoce en la resurrección (cf. Juan 13, 23-26; 18, 15-16; 19, 26-27; 20, 2-8; 21, 2.7.20-24).

La meta
4. La meta última del seguimiento es la gloria. El camino es el de la «imitación de Cristo», vivido en el amor y muerto por amor en la cruz. El discípulo, «debe, por decirlo así, entrar en Él con todo su ser, debe "apropiarse" y asimilar toda la realidad de la Encarnación y de la Redención para encontrarse a sí mismo» («Redemptor hominis», n. 10). Cristo debe entrar en su yo para liberarle de su egoísmo y del orgullo, como dice san Ambrosio: «Que pueda entrar en tu alma, Cristo, que tenga mi morada en tus pensamientos, Jesús, para cerrar todo espacio al pecado en la sagrada tienda de la virtud» (Comentario al Salmo CXVIII, carta «daleth», 26).

5. La cruz, signo de amor y de entrega total es, por tanto, el emblema del discípulo llamado a configurarse con el Cristo glorioso. Un Padre de la Iglesia de Oriente, que también es un poeta inspirado, Romano el Melode, interpela así al discípulo: «Tú posees la cruz como bastón, apoya en ella tu juventud. Llévala en tu oración, llévala a la mesa común, llévala en tu lecho y por doquier como tu título de gloria... Dile a tu esposo que se acaba de unir contigo: me echo a tus pies. Dona, en tu gran misericordia, la paz a tu universo, tu ayuda a tus Iglesias, la atención a los pastores, la concordia al grey para que siempre cantemos nuestra resurrección» (Himno 52 «A los nuevos bautizados», estrofas 19 y 22).

Traducción realizada por Zenit.