Juan Pablo II: Dios, esperanza en las tinieblas de la tragedia

Su presencia impide «rendirse ante la prepotencia del mal», aclara

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CIUDAD DEL VATICANO, 19 septiembre 2001 (ZENIT.org).- En medio del temor que se cierne sobre millones de corazones, Juan Pablo II presentó este miércoles, la presencia de Dios como la esperanza capaz de iluminar las tinieblas más trágicas.



«Es una noche tenebrosa, en la que se perciben alrededor bestias feroces. El orante está en espera de que surja la aurora, para que la luz triunfe sobre la oscuridad y el miedo». Estas palabras con las que el pontífice comenzó su tradicional audiencia general, inspirada en el Salmo 56, parecían describir el ánimo de tantas personas tras la ofensiva terrorista que golpeó la semana pasada Estados Unidos.

El Papa, en su tradicional encuentro con miles de peregrinos en la plaza de San Pedro, continuó así con la serie de meditaciones que viene realizando este año sobre los Salmos. En esta ocasión, el cántico bíblico parecía compuesto para describir la actualidad mundial.

Verso a verso, el Salmo describe al enemigo con plásticas metáforas: primero se presenta como una manada de leones listos para lanzarse al ataque; después la imagen se transforma en un símbolo bélico, delineado con lanzas, flechas, espadas. El creyente se siente, por último, asaltado por una especie de escuadrón de la muerte.

Sin embargo, en la composición bíblica, el temor se disuelve pronto ante la intervención de Dios, que responde a las súplicas de quien parecía una víctima abandonada a su suerte, haciendo tropezar a los asaltantes en sus mismas trampas.

«Esta confianza en la justicia divina», constató el Papa, «impide desalentarse y rendirse ante la prepotencia del mal. Antes o después, Dios se pone de la parte del fiel, trastocando las maniobras de los impíos, haciéndoles tropezar en sus mismos proyectos malvados».

Surge así la esperanza: el miedo se transforma en «el canto del despertar a la luz», algo que para el cristiano se sintetiza en «la alegría pascual», «cancelando el miedo a la muerte y abriendo el horizonte de la gloria celeste».

Con esta esperanza, Juan Pablo II se dirigió, hablando en inglés, a los miles de peregrinos para pedirles que «recen en estos días para que Dios todopoderoso guíe los corazones y las mentes de los líderes del mundo para que prevalezcan los caminos de la justicia y de la paz».