Juan Pablo II: El derecho sin valores es peligroso

Encuentro del Papa con la Unión Internacional de Juristas Católicos

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CIUDAD DEL VATICANO, 23 nov (ZENIT.org).- El derecho, si no tiene principios y valores objetivos, es peligroso. Así se podría resumir la interesante alocución que dirigió esta mañana Juan Pablo II al dirigirse a legisladores y magistrados católicos de todo el mundo.



Al encontrarse con los miembros de la Unión Internacional de Juristas Católicos (UJIC), que se encuentran en Roma para celebrar su asamblea plenaria con motivo de su propio Jubileo por categoría, el Papa invitó les invitó a no olvidar nunca los valores morales trascendentes, pues el derecho positivo no tiene en sí mismo su propio fundamento.

«Un derecho que se separa de los fundamentos antropológicos y morales lleva consigo numerosos peligros --aclaró--, pues somete las decisiones al puro arbitrio de las personas que lo emanan, sin tener en cuenta la dignidad insigne del prójimo».

Esto explica, por qué «para un muchos de nuestros contemporáneos --dijo Juan Pablo II a los juristas católicos, cuyo presidente es el profesor Joël-Benoît d´Onorio-- el derecho a la vida, derecho primordial y absoluto que no depende del derecho positivo, sino del derecho natural y de la dignidad de toda persona, es desconocido o subestimado, como si se tratara de un derecho disponible y no esencial».

«Basta pensar --continuó-- en el reconocimiento jurídico del aborto, que suprime a un ser humano frágil en su vida prenatal en nombre de la autonomía de decisión del más fuerte sobre el más débil; o en la insistencia con la que algunos tratan de hacer reconocer un pretendido derecho a la eutanasia, un derecho de vida y de muerte, para sí mismo y para el prójimo».

Ahora bien, estas exigencias, no son más que exigencias de los principios morales que fundamentan el derecho. ¿Cuál debe ser entonces la contribución específica de los juristas católicos?

Juan Pablo II respondió diciendo que «los católicos no son depositarios de una forma particular de saber».

«Lo que tienen los juristas católicos y los que comparten su misma fe --dijo-- es la conciencia de que su trabajo apasionado a favor de la justicia, de la equidad y del bien común se enmarca en el proyecto de Dios, que invita a todos los hombres a reconocerse como hermanos, como hijos de un único Padre misericordioso, que da a los hombres la misión de defender a todo individuo, en particular a los más débiles, y de construir la sociedad terrestre, en conformidad con las exigencias evangélicas».