Juan Pablo II: El diálogo entre las religiones tiene que continuar

Mensaje al encuentro «Hombres y religiones» celebrado en Lisboa

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CIUDAD DEL VATICANO, 26 sep (ZENIT.org).- El diálogo entre los creyentes de las diferentes religiones «constituye un don providencial para nuestro tiempo». Lo afirma con claridad Juan Pablo II en un mensaje enviado al encuentro «Hombres y religiones» celebrado en Lisboa del 24 al 26 de septiembre.



En su mensaje a los más de mil líderes religiosos, culturales y políticos reunidos en la capital portuguesa, el Papa recuerda el encuentro de líderes de todas las religiones por la paz, que él mismo convocó en Asís, en 1986, y que constituye el origen de estos encuentros «Hombres y Religiones» organizados cada año desde entonces por la Comunidad de San Egidio (cf. «Lisboa capital mundial del diálogo interreligioso por una semana»). «Aquel acontecimiento no podía quedar aislado --explica el pontífice--. De hecho, tenía una fuerza arrolladora: era como un manantial del que comenzaban a manar nuevas energías de paz. Por eso, he deseado que el "espíritu de Asís" no se extinga, sino que pueda expandirse por el mundo suscitando en todos los sitios nuevos testimonios de paz y de diálogo».

Diálogo ecuménico
El Santo Padre, en particular, recuerda el encuentro de estas características que organizó la Comunidad de San Egidio en Rumanía, en 1998, y que abrió por primera vez las puertas de un país ortodoxo a un obispo de Roma. Un año después, en Bucarest, el Papa gritó en rumano: «¡Unitate! ¡Unitate!». Y en el mensaje de hoy, afirma: «Aquella unidad sigue siendo para nosotros un compromiso prioritario. Miramos con esperanza al siglo que ha comenzado porque --como escribía en la «Ut unum sint»-- la larga historia de los cristianos, marcada por numerosas fragmentaciones, parece recomponerse, tendiendo hacia aquella fuente de su unidad que es Jesucristo».

Continuar con el «espíritu de Asís»
«Estoy convencido de que el "espíritu de Asís" constituye un don providencial para nuestro tiempo --continúa confesando--. En la diversidad de las religiones, lealmente reconocidas como tales, el hecho de estar unos junto a los otros constituye una manifestación incluso visible de la aspiración a la unidad de la familia humana. Todos tenemos que caminar hacia esta única meta».

Diálogo interreligioso
El obispo de Roma constata a continuación que el diálogo entre las religiones hoy día no es sólo «un deseo»; sino que se «ha convertido en una realidad, aunque todavía es muy largo el camino que tenemos delante». Agradece así a Dios los indudables pasos adelante que se han dado en las relaciones entre la Iglesia católica y el judaísmo, que tuvo un momento particularmente importante en la reciente peregrinación del pontífice Tierra Santa. «Frutos significativos» constata también en «el camino de encuentro con el Islam, con las religiones orientales, y con las grandes culturas del mundo contemporáneo». «Al inicio del nuevo milenio --añade-- no tenemos que detener nuestros pasos, en todo caso, es necesario acelerar el paso en este prometedor camino».

«El diálogo no ignora las diferencias»
Juan Pablo II explica a los líderes reunidos en Portugal que «el diálogo no ignora las diferencias reales, ni cancela la común condición de peregrinos hacia nuevas tierras y nuevos cielos. El diálogo invita a todos a robustecer esa amistad que no separa y no confunde. Tenemos que ser todos audaces en este camino, para que los hombres y las mujeres de nuestro mundo, independientemente del pueblo o religión a que pertenezcan, puedan reconocerse como hijos del único Dios y hermanos y hermanas entre sí».

«Son muchos los problemas que se condensan en el horizonte del mundo --concluye Juan Pablo II--. Pero la humanidad se encuentra en búsqueda de nuevos equilibrios de paz. Por tanto, es necesario y urgente volver a encontrar el gusto y la voluntad para caminar juntos, para construir un mundo más solidario, superando intereses particulares de grupo, de etnia, o de nación. ¡Qué papel tan importante pueden desempeñar en este sentido las religiones! Si bien son pobres en medios humanos, tienen la gran riqueza de esa aspiración universal que encuentra sus raíces en la relación sincera con Dios».