Juan Pablo II: El grito de los niños debe interpelar las conciencias

Invita a los niños a salir en ayuda de sus coetáneos

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CIUDAD DEL VATICANO, 15 junio 2003 (ZENIT.org).- El «desgarrador» grito de los niños que mueren de hambre y enfermedades debe interpelar a todos, aseguró este sábado Juan Pablo II al encontrarse con unos 8.000 niños en el Vaticano.



Los pequeños, acompañados por el cardenal Crescenzio Sepe, prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, forman parte de la Pontificia Obra de la Infancia Misionera, que este año cumple 160 años de vida.

«El grito de millones de niños, en el sur del planeta, condenados a morir de hambre y enfermedades ligadas a la pobreza se ha hecho más desgarrador e interpela a todos», afirmó el Santo Padre.

Recordando que la Infancia Misionera tiene precisamente por lema «Los niños ayudan a los niños», el pontífice hizo un análisis de los profundos cambios que ha experimentado la humanidad en el siglo y medio de vida de esta institución.

«En el así llamado norte del mundo --explicó--, las condiciones de vida de la infancia han mejorado, pero el desarrollo económico y social no ha sido acompañado siempre por el humano en sentido pleno».

«Se ha registrado una pérdida de valores y el precio más elevado lo han pagado precisamente los más pequeños, sin olvidar que también en las naciones desarrolladas permanecen áreas de gran pobreza», añadió.

Ante esta realidad, el Papa invitó a los pequeños que le escuchaban a formar «una cadena de solidaridad a través de los cinco continentes» y a ofrecer «la posibilidad también a los más pobres de dar y a los ricos de recibir dando».

Esta es la labor que realiza la Infancia Misionera, fundada por monseñor Charles de Forbin Janson, obispo de Nancy (Francia), con el objetivo --en un primer momento-- de ayudar a los niños necesitados de China.

El prelado invitaba a los muchachos a rezar un Avemaría al día y a ofrecer una moneda al mes para ayudar a sus coetáneos del país asiático.

Hoy son millones los «pequeños misioneros», distribuidos en parroquias, en las escuelas y en los movimientos de los cinco continentes.

El Papa invitó por su parte a los pequeños a rezar el Rosario cotidianamente, como lo hacían Jacinta y Francisco, los beatos pastorcillos de Fátima.