Juan Pablo II: el racismo y el nacionalismo agresivo, pecado contra Dios

Palabras del pontífice en su encuentro dominical con los peregrinos

| 1453 hits

CASTEL GANDOLFO, 26 agosto 2001 (ZENIT.org).- «El racismo es un pecado que constituye una grave ofensa contra Dios». Estas fueron las palabras que pronunció Juan Pablo II este domingo, antes de rezar la oración mariana del «Angelus», en el patio de la residencia pontificia de Castel Gandolfo.



De este modo, el pontífice ha pedido la movilización de la comunidad internacional de cara a la Conferencia mundial de las Naciones Unidas contra la discriminación racial, que se celebrará del 31 de agosto al 7 de septiembre en Durban, Sudáfrica.

Ofrecemos a continuación las palabras que pronuncio el Santo Padre ante varios miles de fieles.


* * *



¡Queridos hermanos y hermanas!

1. «Yo vengo a reunir a todas las naciones y lenguas; vendrán y verán mi gloria» (Is. 66, 18). Estas palabras del profeta Isaías, que resuenan hoy en la liturgia, me recuerdan el importante encuentro internacional que se desarrollará en Durban (Sudáfrica), del viernes próximo, 31 de agosto, al 7 de septiembre. Se trata de la Conferencia mundial de las Naciones Unidas contra la discriminación racial. También en esa sede la Iglesia elevará con vigor su voz en defensa de los derechos fundamentales del hombre, arraigados en su dignidad de ser creado a imagen y semejanza de Dios.

Para presentar a los fieles y a la comunidad internacional el pensamiento de la Santa Sede sobre esta problemática, el Consejo Pontificio para la Justicia y la Paz ha elaborado una nueva edición con una específica actualización introductiva del documento publicado a petición mía en 1988, titulado «La Iglesia ante el racismo. Por una sociedad más fraterna».

2. En estas últimas décadas, caracterizadas por el desarrollo de la globalización y marcadas por el resurgimiento preocupante de nacionalismos agresivos, de violencia étnica e incluso de fenómenos de discriminación racial, con frecuencia la dignidad humana ha sido seriamente amenazada. Toda conciencia recta no puede dejar de condenar decididamente el racismo en todo corazón o sede en que se anide. Por desgracia, emerge con formas siempre nuevas e inesperadas, ofendiendo y degradando a la familia humana. El racismo es un pecado que constituye una grave ofensa contra Dios.

El Concilio Vaticano II recuerda que «no podemos invocar a Dios Padre de todos, si nos negamos a comportarnos como hermanos con algunos de los hombres que son creados a imagen de Dios... Por consiguiente, la Iglesia condena, como contraria a la voluntad de Cristo, todo tipo de discriminación entre los hombres o de persecución perpetrada por motivos de raza, de color o de condición social o de religión» («Nostra aetate», 5).

3. Hay que contraponer el racismo con una cultura de recíproca acogida, reconociendo en todo hombre y mujer a un hermano o hermana con quien hay que recorrer los caminos de la solidaridad y de la paz. Se requiere, por tanto, una amplia obra de educación en los valores que exaltan la dignidad de la persona y tutelan sus derechos fundamentales. La Iglesia pretende continuar con su esfuerzo en este ámbito y pide a todos los creyentes su propia contribución responsable de conversión del corazón, de sensibilización y de formación. Para alcanzar este objetivo, en primer lugar se necesita la oración.

Invoquemos, en particular, a María Santísima para que por doquier crezca la cultura del diálogo y de la acogida, junto a respeto por todo ser humano. Le confiamos la próxima Conferencia de Durban, en la que esperamos que se refuerce la voluntad común de construir un mundo más libre y solidario.

[Traducción del italiano realizada por Zenit]