Juan Pablo II: El secreto de la santidad, la humildad

En el día de los Santos, recuerda el aniversario del dogma de la Asunción

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CIUDAD DEL VATICANO, 1 nov (ZENIT.org).- La fiesta de Todos los Santos de este Jubileo ha deparado sorpresas: rompiendo todas las previsiones, un río humano de peregrinos inundó la plaza de San Pedro del Vaticano. Los presentes superaban, sin duda, los 80 mil.



La Iglesia católica recordaba, además, la proclamación del dogma de la Asunción de la Virgen a los Cielos, definido por el Papa Pío XII hace exactamente cincuenta años. El día era realmente veraniego con un sol espléndido. Quizá también este factor explicaba la cantidad de gente, pues más de algún romano se echó a las calles para participar en la misa del Papa.

La columnata de Bernini se encontraba adornada por 600 estandartes, que componían una especie de historia del cristianismo en imágenes: el estandarte de la Virgen precedía una larga serie de esos santos que recordaban en este día los cristianos.

Entre los fieles, además, destacaban otros cien estandartes de María procedentes de 50 países diferentes, entre los que se encontraba representada incluso China. Su realización es un ejemplo de arte sagrado contemporáneo, que une el bordado con la oración. La idea de traer a Roma todos estos pendones en este día es de una asociación francesa surgida en 1996, con motivo de la visita del Papa a Rennes.

La homilía del Papa se convirtió en un himno de acción de gracias a Dios por la belleza de María y esa «multitud inmensa» de «santos anónimos, que sólo Él conoce».

«Madres y padres de familia, que en la entrega cotidiana a los hijos han contribuido eficazmente al crecimiento de la Iglesia y a la edificación de la sociedad --explicó--; sacerdotes, religiosas y laicos que, como velas encendidas ante el altar del Señor, se han consumido en el servicio del prójimo necesitado de ayuda material y espiritual; misioneros y misioneras que han dejado todo para llevar el anuncio del evangelio a todos los rincones del mundo. Y la lista podría continuar».

El pontífice aclaró que Jesús dejó muy claro en el Evangelio cuál es el camino que lleva a la santidad: las bienaventuranzas. Trazó así una original y actual descripción de los «pobres de espíritu», de los «afligidos», de los «puros de corazón», de los que «tienen hambre y sed de justicia», de «los misericordiosos», de los que «traen la paz».

Esta última, dijo, es la «síntesis de los bienes mesiánicos». «En un mundo --añadió--, que presenta tremendos antagonismos y exclusiones, es necesario promover una convivencia fraterna inspirada por el amor y por la capacidad de compartir, superando enemistades y contrastes».

María, en cierto sentido, sintetizó con su vida estas bienaventuranzas («¡Bienaventurada la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!, le dijo Isabel».

¿El secreto de esta santidad? Según el Papa hay que buscarlo en «la profunda humildad». Humildad que impregna sus palabras: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra».

«María, la primera de los redimidos --indicó el Papa explicando el dogma de la Asunción-- brilla ante nosotros como lámpara que guía el camino de toda la humanidad, recordándonos el fin último al que está llamada la persona: la santidad y la vida eterna».

Dos objetivos que, que no pueden ser alcanzados sin entregarse por la justicia y por la paz en esta tierra, dijo el Papa antes de despedirse de los fieles. Como la que busca, en Oriente Medio, la Tierra Santa. A la gente de esas tierras y a su «dramática situación» el pontífice dedicó su último pensamiento en la mañana de este domingo del Jubileo.