Juan Pablo II: El secreto para comenzar el día con serenidad

Comenta el Salmo 5 de la oración de la mañana

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CIUDAD DEL VATICANO, 30 mayo 2001 (ZENIT.org).- El secreto para comenzar el día con serenidad está en poner los miedos y pesadillas en las manos de Dios en la oración. Un gesto que, como explicó Juan Pablo II este miércoles, el cristiano puede hacer inspirándose en el estupendo Salmo 5 de la Biblia.



En la oración de la mañana, explicó el Papa, «el fiel recibe la carga interior para afrontar un mundo con frecuencia hostil. El Señor mismo le tomará de su mano y le guiará por las calles de la ciudad, es más, le "allanará el camino"» como dice ese Salmo, aclaró el pontífice.

La intervención del Papa ante unos 12 mil peregrinos de todos los continentes, congregados esta mañana en una soleada plaza de San Pedro del Vaticano, continuaba la serie de reflexiones que está realizando sobre los salmos, composiciones inspiradas del pueblo de Israel que marcan el ritmo cotidiano de la oración de sacerdotes, religiosos y laicos en la Iglesia católica.

El Salmo elegido en esta ocasión por el obispo de Roma, preñado de fuerza plástica y poética, tiene tres protagonistas: el «Tú», el «Yo», y el «Ellos».

«Tú», Dios
Ante todo apare la persona a la que se dirige el creyente, el «Tú» por excelencia, que representa a Dios. «Ante las pesadillas de la jornada agotadora y quizá peligrosa --explicó el pontífice--, emerge una certeza: el Señor es un Dios coherente, riguroso con la injusticia, ajeno a todo compromiso con el mal».

«El fiel, entonces, no se siente solo y abandonado cuando afronta la ciudad, penetrando en la sociedad y en la madeja de las vicisitudes cotidianas», añadió.

«Yo», el creyente
El segundo protagonista del salmo es el «Yo», el mismo «orante», cuya «persona está dedicada a Dios y a su "gran misericordia"». El creyente se recoge de este modo en la oración de la mañana «para experimentar la seguridad de la protección divina, mientras afuera el mal se enfurece y celebra sus triunfos aparentes y efímeros».

«Ellos», los enemigos
Por último, aparece la «figura oscura» del tercer protagonista, a quien el Salmo denomina con la expresión «Ellos», los enemigos: «una masa hostil, símbolo del mal en el mundo». En él están encarnados los ataques, la perversidad, las dificultades que el creyente tendrá que afrontar durante la jornada.

Pero, al llegar a este momento, el Salmo concluye con un rayo de luz y de paz. «La jornada que ahora se abre ante el creyente, aunque esté marcada por el cansancio y el ansia, tendrá ante sí el sol de la bendición divina», dijo Juan Pablo II, pues como concluye el mismo Salmo: «Tú, Señor, bendices al justo, y como un escudo lo rodea tu favor».