Juan Pablo II: El Señor no es indiferente a las lágrimas

Intervención en la audiencia general de este miércoles

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CIUDAD DEL VATICANO, 27 febrero 2002 (ZENIT.org).- Juan Pablo II constató en la audiencia general de este miércoles la fragilidad de la condición del hombre, peregrino sobre la tierra, pero al mismo tiempo, recordó que Dios escucha la oración del que sufre y del necesitado, secreto de la auténtica fuerza.



Ofrecemos a continuación las palabras que pronunció el Santo Padre.


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1. La Liturgia de las Horas en los diferentes Cánticos que compagina con los Salmos nos presenta también un himno de acción de gracias que lleva este título: «Angustias de un moribundo y alegría de la curación» (Isaías 38, 9). Se enmarca en una sección del libro del profeta Isaías de carácter histórico-narrativo (cf. Isaías 36-39), cuyos datos recalcan --con algunas variantes-- los presentados por el Segundo Libro de los Reyes (cf. capítulos 18-20).

Siguiendo la Liturgia de las Horas, hoy hemos escuchado y transformado en oración dos grandes estrofas de ese Cántico que describen los dos movimientos típicos de las oraciones de acción de gracias: por un lado, se evoca la pesadilla del sufrimiento del que el Señor ha liberado a su fiel; y, por otro, se canta con alegría la acción de gracias por la vida y por la salvación reconquistada.

El rey Ezequías, soberano justo y amigo del profeta Isaías, había sido tocado por una grave enfermedad, que el profeta Isaías había declarado mortal (cf. Isaías 38, 1). «Ezequías volvió su rostro a la pared y oró al Señor. Dijo: "¡Ah, Señor! Dígnate recordar que yo he andado en tu presencia con fidelidad y corazón perfecto haciendo lo recto a tus ojos". Y Ezequías lloró con abundantes lágrimas. Entonces le fue dirigida a Isaías la palabra del Señor, diciendo: "Vete y di a Ezequías: Así habla el Señor, Dios de tu padre David: He oído tu plegaria, he visto tus lágrimas y voy a curarte. Dentro de tres días subirás a la Casa del Señor. Añadiré quince años a tus días» (Isaías 38, 2-5).

2. En ese momento surge del corazón del rey el cántico de reconocimiento. Como decía, se dirige ante todo al pasado. Según la antigua concepción de Israel, la muerte conducía a un horizonte subterráneo, llamado en hebreo «seol», donde la luz se apagaba, la existencia se atenuaba, y se hacía casi espectral, el tiempo se detenía, la esperanza se extinguía, y sobre todo ya no se contaba con la posibilidad de invocar y encontrar a Dios en el culto.

Por esto, Ezequías recuerda ante todo las palabras llenas de amargura pronunciadas cuando su vida estaba resbalando hacia la frontera de la muerte: «No veré al Señor en la tierra de los vivos» (v. 11). El Salmista también rezaba así en la enfermedad: «En la muerte, nadie de ti se acuerda; en el seol, ¿quién te puede alabar?» (Sal 6, 6). Sin embargo, liberado del peligro de la muerte, Ezequías puede confirmar con fuerza y alegría: «Los vivos, los vivos son quienes te alaban: como yo ahora» (Isaías 38, 19).

3. Precisamente en este sentido el Cántico de Ezequías alcanza un nuevo tono si se lee a la luz de la Pascua. Ya en el Antiguo Testamento se abrían grandes espacios de luz en los Salmos, cuando el orante proclamaba la certeza de que «no me entregarás a la muerte, ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción. Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha» (Salmo 15, 10-11; cf. Salmo 48 e 72).

El autor del Libero de la Sabiduría, por su parte, no dudará en afirmar que la esperanza de los justos está «llena de inmortalidad» (Sabiduría 3, 4), pues está convencido de que la experiencia de comunión con Dios vivida durante la existencia terrena no será resquebrajada. Nosotros permaneceremos siempre, después de la muerte, apoyados y protegidos por el Dios eterno e infinito, pues «las almas de los justos están en las manos de Dios y no les alcanzará tormento alguno» (Sabiduría 3, 1).

En particular con la muerte y resurrección del Hijo de Dios, Jesucristo, se enterró y germinó una semilla de eternidad en nuestra caducidad mortal, por la que podemos repetir las palabras del apóstol, fundadas en el Antiguo Testamento: «Cuando este ser corruptible se revista de incorruptibilidad y este ser mortal se revista de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: "La muerte ha sido devorada en la victoria". ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?» (1Corintios 15, 54-55; cf. Isaías 25, 8; Oseas 13, 14).

4. Sin embargo, el canto del rey Ezequías nos invita también a reflexionar sobre nuestra fragilidad de criaturas. Las imágenes son sugerentes. La vida humana es descrita con el símbolo nómada de la tienda: nosotros somos siempre peregrinos, huéspedes sobre la tierra. Se recurre a la imagen del tejido, que es hilado y que puede quedar incompleto cuando se corta el hilo y se interrumpe el trabajo (cf. Isaías 38, 12). El Salmista experimenta la misma sensación: «Me concediste un palmo de vida, mis días son nada ante ti; el hombre no dura más que un soplo, el hombre pasa como una sombra, por un soplo se afana» (Salmo 38, 6-7). Es necesario recuperar la conciencia de nuestros límites, saber que «Aunque uno viva setenta años, y el más robusto hasta ochenta, la mayor parte son fatiga inútil, porque pasan aprisa y vuelan» (Salmo 89, 10).

5. En el momento de la enfermedad y del sufrimiento es justo de todos modos elevar a Dios su propio lamento, como nos enseña Ezequías quien, utilizando imágenes poéticas, describe su llanto como el chirriar de una golondrina o el zurear de una paloma (cf. Isaías 38, 14). Y si bien duda en confesar que siente a Dios como un adversario, casi como un león que tritura los huesos (cf. v. 13), no deja de invocarlo: «Señor, estoy oprimido; ¡protégeme!».

El Señor no se queda indiferente ante las lágrimas de quien sufre y, si bien por caminos que no siempre coinciden con nuestras expectativas, responde, consuela y salva. Es lo que confiesa Ezequías al final, al invitar a todos a esperar, a rezar y a tener confianza en la certeza de que Dios no abandona a sus criaturas: «El Señor se ha dignado en ayudarme; por eso tocaremos nuestras arpas todos nuestros días en la casa del Señor» (v. 20).

6. La tradición latina medieval conserva un comentario espiritual de este Cántico del rey Ezequías escrito por Bernardo de Claraval, uno de los místicos más representativos del monaquismo occidental. Se trata del tercero de sus Sermones varios, en el que Bernardo, aplicando a la vida de cada uno el drama vivido por el soberano de Judá, y asumiendo interiormente el contenido, escribe entre otras cosas: «Bendeciré al Señor en todo momento, es decir de la mañana a la noche, como he aprendido a hacer, y no como los que sólo te alaban cuando les haces cosas buenas, ni como los que creen durante un tiempo, pero después desfallecen en la hora de la tentación. Como los santos diré: si hemos acogido el bien de la mano de Dios, ¿por qué no deberíamos aceptar también el mal?... De este modo, ambos momentos del día serán un momento de ser vicio a Dios, pues en la noche quedará el llanto, y en la mañana la alegría. Me sumergiré en el dolor la noche para poder disfrutar del gozo de la mañana (Scriptorium Claravallense, Sermo III, n. 6, Milano 2000, pp. 59-60).

La súplica del rey, por tanto, es leída por san Bernardo como una representación del canto orante del cristiano, que tiene que resonar con la misma constancia y serenidad en las tinieblas de la noche y de la prueba, como luz del día y de la alegría.

[Traducción del original en italiano]

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Al final de la audiencia, el Papa hizo esta síntesis en castellano:

Queridos hermanos y hermanas:

El Cántico de Isaías, que acabamos de escuchar, nos invita a esperar, rezar y tener fe en el Señor que consuela, salva y no abandona a sus criaturas.

El rey Ezequías, aquejado de una enfermedad mortal, elevó a Dios su lamento: «¡Estoy oprimido, protégeme!» (Isaías 38, 14). El Señor escuchó su oración y prolongó su vida. Entonces del corazón del rey brotó un cántico de acción de gracias.

Este cántico, leído a la luz de la Pascua, adquiere una nueva tonalidad. Ya en el Antiguo Testamento el orante proclamaba su certeza de ser protegido por Dios, al afirmar que más allá de la muerte «no dejará a su siervo conocer la corrupción». Con Jesucristo, «la muerte es absorbida por la victoria» y lo mortal se reviste de inmortalidad (cf. 1 Cor 15,54-55).

Doy mi cordial bienvenida a todos los peregrinos venidos de España y de América Latina, de modo particular al segundo grupo de Obispos argentinos en visita Ad limina. Saludo también a la Comunidad del Pontificio Colegio Internacional «Maria Mater Ecclesiae» de Roma; a los alumnos del colegio «Mater Salvatoris» de Madrid y a los niños del grupo un «gol por la vida» de Colombia.

Que la lectura y meditación de este Cántico sea motivo constante de alabanza al Señor, tanto en los momentos de alegría como en los de dificultad. ¡Que Dios os bendiga!