Juan Pablo II: El sufrimiento, camino de «liberación interior»

Meditación en el Salmo 40, «oración de un enfermo»

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CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 2 junio 2004 (ZENIT.org).- Publicamos la intervención de Juan Pablo II en la audiencia general de este miércoles dedicada a comentar el Salmo 40, «oración de un enfermo».



Dichoso el que cuida del pobre y desvalido;
en el día aciago lo pondrá a salvo el Señor.

El Señor lo guarda y lo conserva en vida,
para que sea dichoso en la tierra,
y no lo entrega a la saña de sus enemigos.

El Señor lo sostendrá en el lecho del dolor,
calmará los dolores de su enfermedad.

Yo dije: «Señor, ten misericordia,
sáname, porque he pecado contra ti».

Mis enemigos me desean lo peor:
«a ver si se muere, y se acaba su apellido».

El que viene a verme habla con fingimiento,
disimula su mala intención,
y, cuando sale afuera, la dice.

Mis adversarios se reúnen a murmurar contra mí,
hacen cálculos siniestros:
«Padece un mal sin remedio,
se acostó para no levantarse».

Incluso mi amigo, de quien yo me fiaba,
que compartía mi pan,
es el primero en traicionarme.

Pero tú, Señor, apiádate de mí,
haz que pueda levantarme,
para que yo les dé su merecido.

En esto conozco que me amas:
en que mi enemigo no triunfa de mí.

A mí, en cambio, me conservas la salud,
me mantienes siempre en tu presencia.
Bendito el Señor, Dios de Israel,
ahora y por siempre. Amén, amén.




1. Uno de los motivos que nos lleva a comprender y a amar el Salmo 40, que acabamos de escuchar, es el hecho de que el mismo Jesús lo citó: «No me refiero a todos vosotros; yo conozco a los que he elegido; pero tiene que cumplirse la Escritura: El que come mi pan ha alzado contra mí su talón» (Juan 13, 18).

Es la última noche de su vida terrena y Jesús, en el Cenáculo, está a punto de ofrecer el bocado del huésped a Judas, el traidor. Su pensamiento se dirige a esta frase del Salmo, que en realidad es la súplica de un hombre enfermo abandonado por sus amigos. En aquella antigua oración, Cristo encuentra sentimientos y palabras para expresar su profunda tristeza.

Trataremos de seguir e iluminar ahora toda la trabazón este Salmo, puesto en los labios de una persona que ciertamente sufre por su enfermedad, pero que sobre todo sufre por la cruel ironía de sus «enemigos» (Cf. Salmo 40, 6-9) e incluso por la traición de un «amigo» (Cf. versículo 10).

2. El Salmo 40 comienza con una bienaventuranza. Tiene por destinatario al auténtico amigo, «el que cuida del pobre y desvalido»: será recompensado por el Señor en el día del sufrimiento, cuando sea él quien se encuentre «en el lecho del dolor» (Cf. versículos 2-4).

Sin embargo, el corazón de la súplica se encuentra en el pasaje sucesivo, donde toma la palabra el enfermo (Cf. versículos 5-10). Comienza su discurso pidiendo perdón a Dios, según la tradicional concepción del Antiguo Testamento que a todo dolor hacía corresponder una culpa: «Señor, ten misericordia, sáname, porque he pecado contra ti» (versículo 5; Cf. Salmo 37). Para el antiguo judío la enfermedad era una llamada a la conciencia para emprender una conversión.

Si bien se trata de una visión superada por Cristo, Revelador definitivo (Cf. Juan 9, 1-3), el sufrimiento en sí mismo puede esconder un valor secreto y convertirse en un camino de purificación, de liberación interior, de enriquecimiento del alma. Invita a vencer la superficialidad, la vanidad, el egoísmo y el pecado, y a ponerse más intensamente en manos de Dios y de su voluntad salvadora.

3. En ese momento, entran en la escena los malvados, quienes no han venido a visitar el enfermo para consolarle, sino para atacarle (Cf. versículos 6-9). Sus palabras son duras y golpean el corazón de quien ora, que experimenta una maldad que no conoce piedad. Realizarán la misma experiencia muchos pobres humillados, condenados a estar solos y a sentirse un peso para sus mismos familiares. Y si en ocasiones reciben una palabra de consuelo, perciben inmediatamente un tono falso e hipócrita.

Es más, como decíamos, el que ora experimenta la indiferencia y la dureza incluso por parte de los amigos (Cf. versículo10), que se transforman en figuras hostiles y odiosas. El salmista les aplica el gesto de «alzar el talón», acto amenazador de quien está a punto de pisotear al adversario.

La amargura es profunda cuando quien nos golpea es el «amigo» en quien se confiaba, llamado literalmente en hebreo «el hombre de la paz». Recuerda a los amigos de Job que de compañeros de vida se convierten en presencias indiferentes y hostiles (Cf. Job 19, 1-6). En nuestro orante resuena la voz de una muchedumbre de personas olvidadas y humilladas en su enfermedad y debilidad, incluso por parte de quienes hubieran debido apoyarlas.

4. La oración del Salmo 40 no se concluye, sin embargo, con este sombrío final. El orante está convencido de que Dios se asomará a su horizonte, revelando una vez más su amor. Le ofrecerá el apoyo y tomará entre sus brazos al enfermo, quien volverá a estar en la «presencia» de su Señor (versículo 13), es decir, siguiendo el lenguaje bíblico, volverá a revivir la experiencia de la liturgia en el templo.

El Salmo, marcado por el dolor, concluye, por tanto, con un rayo de luz y de esperanza. En esta perspectiva, se comprende el comentario de san Ambrosio a la bienaventuranza inicial (Cf. versículo 2), en el que percibe proféticamente una invitación a meditar en la pasión salvadora de Cristo, que lleva a la resurrección. El padre de la Iglesia recomienda la lectura del Salmo: «Bienaventurado quien piensa en la miseria y en la pobreza de Cristo que, siendo rico, si hizo pobre por nosotros. Rico en su Reino, pobre en la carne, pues cargó sobre sí esta carne de pobres... No padeció, por tanto, en su riqueza, sino en nuestra pobreza. Y por ello, no padeció la plenitud de la divinidad..., sino la carne... ¡Trata de profundizar, por tanto, en el sentido de la pobreza de Cristo, si quieres ser rico! ¡Trata de profundizar en el sentido de su debilidad, si quieres alcanzar la salvación! ¡Trata de penetrar en el sentido de su cruz, si no quieres avergonzarte de ella; en el sentido de su herida, si quieres sanar las tuyas; en el sentido de su muerte, si quieres alcanzar la vida eterna; en el sentido de su sepultura, si quieres encontrar resurrección» («Comentario a los doce salmos« --«Commento a dodici salmi»: Saemo, VIII, Milán-Roma 1980, páginas 39-41).

[Traducción del original italiano realizada por Zenit. Al final de la audiencia, uno de los colaboradores del Papa leyó esta síntesis de la catequesis.]

Queridos hermanos y hermanas:

Las palabras del Salmo que acabamos de proclamar, «el que come conmigo el pan, es el primero en traicionarme», pronunciadas también por Cristo durante la Última Cena, evocan sus sentimientos de profunda tristeza.

Expresan asimismo la amargura de un hombre enfermo abandonado por el amigo en quien confiaba. En su súplica resuenan las voces de tantas personas olvidadas y humilladas en sus enfermedades, de los pobres, de los débiles, de los condenados a estar solos y a sentirse, incluso, una carga para sus mismos familiares.

Pero Dios se revela siempre con su amor. Con Cristo, el sufrimiento puede llegar a ser camino de purificación, de liberación interior y de enriquecimiento del alma, pues es una invitación a superar la vanidad y el egoísmo y a confiar solamente en Dios y en su voluntad salvadora.

[A continuación, el Santo Padre dirigió su saludo a los peregrinos de lengua castellana]

Saludo cordialmente a los peregrinos de España y de América Latina. Como expresa el Salmo meditado hoy, recordad siempre la bienaventuranza prometida a los que atienden a los pobres y cuidan a los enfermos, porque el Señor será su recompensa.