Juan Pablo II: Humildad, requisito para humanizar la vida social y familiar

Palabras del pontífice en su encuentro dominical con los peregrinos

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CASTEL GANDOLFO, 2 septiembre 2001 (ZENIT.org).- «La superficialidad, el arribismo, aunque obtengan algún éxito inmediato, no constituyen sin embargo el auténtico bien del hombre y de la sociedad». Este es el consejo que ofreció Juan Pablo II este domingo a los peregrinos que rezaron con la oración mariana del «Angelus» en la residencia pontificia del Castel Gandolfo.



Ofrecemos a continuación las palabras del Santo Padre.


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¡Queridos hermanos y hermanas!

1. Con el inicio de septiembre, la vida social retoma sus ritmos ordinarios. Después de la pausa del verano, vuelven a comenzar las diferentes actividades y el nuevo año escolar se encuentra ya a las puertas.

En este contexto, suena particularmente significativa una expresión bíblica tomada del Libro del Eclesiástico, que escuchamos en la liturgia de hoy: «Haz, hijo, tus obras con modestia, así serás amado por el acepto a Dios. Cuanto más grande seas, más debes humillarte, y ante el Señor hallarás gracia» (Eclesiástico 3, 17-18).

Se trata de una palabra claramente contra corriente. La mentalidad del mundo, de hecho, lleva a emerger, a abrirse camino quizá con picardía y sin escrúpulos, afirmándose a sí mismos y los propios intereses. En el Reino de Dios se premia la modestia y la humildad. Por el contrario, en los negocios terrenos, con frecuencia vencen el arribismo y la prepotencia; las consecuencias están ante los ojos de todos: rivalidades, abusos, frustraciones.

2. La Palabra del Señor ayuda a mirar las cosas en su justa medida, la de la eternidad. En el Evangelio de este domingo, Cristo afirma: «Todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado» (Lucas 14, 11). Él mismo, el Hijo de Dios hecho hombre, ha recorrido con coherencia el camino de la humildad, transcurriendo la mayor parte de su existencia terrena en el escondrijo de Nazaret, junto a la Virgen María y san José, realizando el trabajo de carpintero.

Jesús ha realizado la exhortación del antiguo sabio: «Haz, hijo, tus obras con modestia... Cuanto más grande seas, más debes humillarte». De este modo, quiso decir a los hombres de todos los tiempos que la superficialidad, el arribismo, aunque obtengan algún éxito inmediato, no constituyen sin embargo el auténtico bien del hombre y de la sociedad. El Reino de Dios, de hecho, ha sido preparado eficazmente por las personas que desempeñan seria y honestamente su actividad, que no aspiran a cosas demasiado elevadas, sino que se pliegan con fidelidad cotidiana en las humildes (cf. Romanos 12, 16).

3. Para realizar este designio universal de salvación, Dios «ha puesto los ojos en la humildad de su esclava» (Lucas 1, 48), la Virgen Santísima. Mientras nos preparamos para celebrar, dentro de unos días, la fiesta de la Natividad de María, la invocamos con confianza para que toda actividad profesional o en el hogar pueda desempeñarse en un clima de auténtica humanidad, gracias a la humilde y concreta contribución de cada uno.

[Traducción del italiano realizada por Zenit]